Por

José Martínez Zuviría

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Capítulo 15: La canción de Ian

Y en el mismo momento allá abajo, en el submundo, los Trholls tomaban todo el Valle
Florido, lugar preferido de los gnomos, ponían el Corazón de la Tierra en el centro de
una vasija de cristal y bailaban una danza acostumbrada, con nuevos ritos de gloria.
¡Éste era el día que ellos tanto habían esperado! Años enteros cavando hacia el centro de
la Tierra con la ilusión puesta en el mayor de los objetivos de un Throll: la destrucción,
que solo a través del poder total se podía lograr. Por esto Tuzal, tomó la vasija hacia
arriba, y como invocando al dios de sí mismo, clamó...
- ¡Late!, ¡late, corazón!, ¡late más fuerte aún!, que cada uno de tus latidos nos nutre de
fuerza y vigor, para hacer de esta tierra, nuestra tierra...si... ¡nuestra tierra!- chillaba, y el
eco acompañaba redundante …Tierra…tierra… tierra por todos los confines
subterráneos del planeta. Por la montaña de piedra que rodeaba el valle, se alzaban, cual
público de anfiteatro, miles y miles de espectadores Throlls, que ante cada palabra de su
nuevo Dios, levantaban los brazos en son de victoria. Y terminado el rito, comenzaron el
festejo, que consistía en luchas entre sí mismos, pegándose hasta el cansancio para
demostrar su fuerza. Golpes de puños, patadas voladoras, saltos de gran altura, y
pisoteadas brutales, eran las principales armas de esta lucha. Ésta era su mayor
satisfacción, y les provocaba gran felicidad terminar la disputa diciendo-...¡Acabé con
él!...-¡Así de brutos eran! En cada lucha, los perdedores sucumbían y desaparecían a su
entorno habitual, allá en el Valle lacrimoso, lo que hizo que la fiesta de la obtención de
la piedra azul, reduzca la cantidad de Trholls a la mitad. Sin embargo esto no les
importaba, porque eran cientos y cientos los que se encontraban allí.
Los gnomos observaban esto con espanto, y no podían entender que semejantes bestias
tuvieran algo tan preciado como el Corazón de la Tierra. Estaban atados unos a otros de
una larguísima raíz que los sujetaba de a veinte gnomos de la pierna izquierda, y si se
movía uno, se movían todos. Cualquier sublevación de uno de ellos, terminaba
lastimando a toda la hilera. Y los azotes de los monstruos a los gnomos, iban y venían
según el humor de cada Throll. La tierra misma se estremecía al escuchar los latigazos
que los enanos aguantaban sin chistar, pero que sufrían en carne propia. ¡Cuánto dolor y
cuánta injusticia sometida a gusto de unos bestias sin bondad!...Y tantos golpes y tanto
grito, acabaron por despertar a Ian, que desde el otro lado de la muralla, en la caldera,
vivía otra dura realidad. Y como pudo, se arrastró para alejarse de la pared, que a raíz
de las aguas calientes emitía un calor insoportable. Ian consiguió levantarse con un
esfuerzo enorme, pero luego de caminar dos pasos hacia delante, las piernas se le
aflojaron otra vez, hasta el punto de caer torpemente al suelo sobre una piedra. Le dolió
tanto el golpe, que agarró la piedra debajo de su espalda con las pocas fuerzas que le
quedaban, para correrla a un lado. Pero para su enorme sorpresa, ¡la piedra estaba
helada! Y cuánto más la apretaba con su puño, más fría se mantenía. Entre la
desesperación y el intento de supervivencia la puso sobre su pecho para enfriar su
cuerpo, y la sensación de bienestar fue instantánea…
- ¿De dónde salió esto?- pensó... y enseguida, sin saber por qué, se le apareció la
imagen del enano Minus, colgado de las raíces. Pero poco le importó de dónde venía la
piedra, y se abrazó a ella, y se la pasó por todo su cuerpo para aplacar el calor. Y ésta le
dio nuevamente un poco de vida. Por fin se sentó y logró alivio. Y con la piedra en
mano empezó a pensar… pero cuando el pensamiento no encuentra salida hacia
adelante, retrocede, y se transforma en recuerdo, y el recuerdo para Ian tenía forma de
canción… y su canción era “esa” canción, la que le había cantado su padre, y que él
ahora comenzaba a cantar. Primero suave...luego más fuerte...y luego con toda voz, tan
potente que ahora se hacía eco por todas las paredes, y retumbaba en ellas, logrando una
gran acústica. La voz sobrepasaba los límites de la caldera, y resonaba en todo el espacio
que Tuzal había abarcado. Era bella, muy bella, pero sabido es que los Throlls no toleran
la belleza. Y la canción se hacia notar, hasta el punto que algunos se tiraban al suelo
tapándose los oídos...
-¡Basta! ¡Basta!, ¡callad a ese imbécil!- gritaba Tuzal....- ¿es que todavía sigue vivo...?
Entonces, para callarlo, a alguien se le ocurrió tirarle piedras grandes y pequeñas;
amatistas, lapislázuli, cristal de roca y todo lo que allí había, en el hermoso Valle
Florido, que Ian supo esquivar por un tiempo. Y a pesar de que no entendía por qué, se
dio cuenta de que el canto les molestaba, y que al lado de la muralla se acumulaba una
montaña de piedras y se hacía alta. Entonces se avivó y cantó hasta lograr que el
montón llegara a la altura de la pared, para poder escalarla y escaparse. Sin embargo una
piedra última que quedaba en el aire, lo golpeó en la cabeza nuevamente y lo hizo
desmayarse otra vez… ¡Maldita la suerte Ian! ¿Cuántas penas más tendrás que pasar? …
Para colmo de males, mientras iba cayendo, se abrió su mano y se soltó la piedra fría,
que se fue rodando hasta parar debajo de otras tantas. Y otra vez Ian, yacía inconsciente
en el suelo, sometido al calor insoportable de la caldera.
- ¡Ya se calló por fin ese idiota!...- dijo uno de los Trholls, y los gnomos se entristecían
una vez más, alargaban resignados sus rostros, y se preguntaban si todavía el humano
seguiría vivo.

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