La escuela era más bien pequeña, estaba en un pueblo pequeño, entre dos montañas
pequeñas y un río pequeño que lo bordeaba. El pueblo se llamaba Potes, en España. En
Potes, la mayoría de la gente eran campesinos. Algunos vivían de las vacas y la leche
que le vendían a una fábrica, otros lo hacían de sus comercios y del turismo, que de vez
en cuando aparecía curioso en el tránsito entre una ciudad y otra. La vida allí era
demasiado tranquila, para algunos relajada, y para otros aburrida. No así para los niños
del pueblo que se reunían a jugar al fútbol, trepar árboles, andar a caballo, subir
montañas, y...tirarles los cántaros de leche a los campesinos, cuando éstos acababan de
ordeñar las vacas. Pero Ian nunca estaba allí, no le gustaba, era un niño solitario.
Prefería quedarse en el cuarto o en su pequeño jardín, armando y construyendo torres y
castillos de madera, con enormes puentes que cruzaban los caballeros de sus cuentos,
como Parzival o el rey Arturo, los protagonistas de sus historias preferidas.
Cuando llegaron a la escuela aquella mañana, afirmó su mochila contra su pecho, besó a
su madre que no comprendía por qué estaba tan nervioso, se bajó del auto rápidamente y
caminó tenso, sin mirar algunas caras que se le cruzaban, hacia adentro del aula.
Siempre era el primero en llegar y el último en irse. Todavía no había llegado nadie.
Entró, depositó su valija en el banco, fue afuera a ver si no venía nadie, y cerró la
puerta. Apurando el suspiro y abrazado a su mochila, la abrió sospechosamente
esperando ver a Totto. Sin embargo éste ya no estaba adentro. Un frío seco detuvo sus
gotas de sudor debajo de sus ojos y le corrió por todo el cuerpo…
- ¿Qué pasó?, ¿se me cayó?, ¿quedó adentro del auto?, ¡no puede ser!- exclamó en sus
pensamientos ahora devenidos lágrimas. Creía tenerlo todo controlado, un compañero
diario, un amigo ideal, alguien que lo escuchase en sus mil fantasías, y las compartiese
con él, y que le enseñase tal vez la vida en otros mundos, aquellos mundos que su
imaginación diaria creaba, y que para él eran tan o más reales que lo que le mostraban
sus ojos. ¡Qué haría ahora! ¿Quién creería lo que él había visto y vivido en ese día y
medio con su amigo Totto?. Se preguntaba, y se reprochaba desesperadamente en voz
alta: -¡soy un tonto, debí haberlo dejado en casa!
- Tonto no,.. Ingenuo sí - susurró una voz por debajo del pupitre...
- ¡Totto! - gritó el niño, entre feliz y asustado.
- ¡Te quieres callar y serenarte un poco!- dijo sabiamente el gnomo.
- Es que pensé que te había perdido –exclamó Ian secándose el llanto con la manga de
su pulóver.
- Aún puedo deslizarme por entre los espacios de tu bolso, que son muchos..!-
- Pero…- quiso preguntar el niño
- Te lo advierto- le habló Totto con severidad- no intentes encerrarme, ¡pues eso me
pone muy furioso! No soporto el encierro, y menos con ese olor asqueroso que tienes
ahí adentro… ¿me crees un muñeco que puedes transportar de acá para allá a tu gusto?
…¡Pues no, no soy ninguno de los que están en tu habitación,.. Inmóviles, sin brazos ni
piernas!. ¿Entiendes? - Preguntó el enano con furia de enano.
- …Sssí…discúlpame,… sólo que…- alcanzó a decir el niño desconcertado…
- Si quieres algo, solo pídemelo- le interrumpió- pero no me obligues, pues sólo
conseguirás que me vaya, ¿qué clase de amistad es esa?, obligándome a venir…
¡vosotros sí que sois raros!
- ¡Perdóname!, es que no quería que en casa...
-Schhh! – dijo interrumpiendo- ¡haz silencio, que viene alguien!
Efectivamente empezaban a asomar sus cuerpos unos compañeros, algunos dormidos y
otros alborotados. Todos saludaron a Ian, que trataba de sonreír disimuladamente y
tapar a su amigo, ahora sentado sobre el pupitre, con su campera.
- ¡Ya deja de tirarme cosas- dijo asomando la cabecita, un poco enfadado- y llévame a
esa planta que está allí, sobre la ventana!
- ..¡Es que te van a ver!- susurró Ian, para que no lo escuchen.
- ¡Ay... niño, niño!, todavía debes saber algunas cosas…- agregó subiéndose a la mano
de Ian - Sólo llévame ahí, ¡por favor!- rogó el enano, cansado de la ignorancia humana.
El niño metió a Totto en el bolsillo, y, angustiosamente entre empujones de unos y
sacudones de otros, se encaminó hacia la ventana. Desconfiado, y cuando nadie lo
miraba, lo depositó sobre la planta que parecía olvidada entre algunos guardapolvos. Un
poco asustado, otro poco nervioso y algo asombrado por el pedido de su amigo, fue a su
banco, uno de los primeros de la fila, e intentó tranquilizarse, pero la repentina
presencia de la maestra lo puso aún más asustado.
- ¿Qué hace eso allí?- gritó ella mirando hacia la ventana, y todas las cabezas giraron
hacia atrás con traviesa curiosidad. A Ian se le vino el mundo abajo. El corazón le latía a
punto de estallar, y el silencio de la sala lo hacía más sonoro. Sólo deseaba salir
corriendo de allí, pero ya no podía, como no podía tampoco dejar al gnomo solo en
manos de algunos salvajes, como Alan, Tómas o Sebas, los temibles tres, que sometían
al grado con algunas de sus travesuras. En un momento se le pasaron miles de imágenes
por la cabeza; niños persiguiendo a Totto, quitándoselo, jugando con él como si fuera
una pelota, o precisamente UN MUÑECO, aquello que el gnomo nunca deseaba ser y
que él de ninguna manera permitiría. Era "su descubrimiento", "su secreto" y
definitivamente, "su amigo", él lo había traído a la escuela, y él lo iba a sacar de allí,...
¡como fuera...! Finalmente desesperado y entregado a la situación se animó a decir:
- …Eso... que está allí,.. Digo.. Ese... que está ahí,.. Es mío...-
- ¿Tú?...- preguntó la maestra desconcertada... - ¿cómo es posible que traigas eso a la
escuela, Ian ?...
- Es que... - alcanzó a decir el niño para intentar explicar aquello que casi no tenía
explicación... Sin embargo en ese mismo momento lo interrumpió una voz, que hizo
callar el murmullo que allí se había gestado.
- ¡No, maestra! - anunció esta voz, que venía de una niña de cabellos pelirrojos
enrulados, con dos rayas en forma de ojos, y muchas pecas...- Eso es de Alan, yo vi
cuando lo sacaba de su mochila y lo ponía arriba del banco...
La maestra quiso preguntar más, pero enseguida vio la cabeza inclinada de Alan, el
dedo amenazador hacia Carla, la compañera acusadora, y entendió todo, pidió silencio y
citó a Alan para después de hora, y a Ian por culparse de algo que él no había hecho. Era
común en él, siempre defendía a todos, pues no soportaba que alguien fuese castigado.
Carla, su compañera inseparable, lo sabía, y por eso había actuado con rapidez,
salvando a Ian del papelón. El objeto en cuestión era un simple muñeco con cara de
monstruo que sacaba la lengua, que Ian por los nervios no había visto, y que asustaba al
primero que lo viera ahí sentado sobre el pupitre. Estaba curiosamente al lado de la
ventana. Una simple coincidencia que había hecho atormentar al niño por un rato.
Mientras tanto, el enano se sumergía en la tierra sin enterarse quizás, que Ian había
estado en problemas por culpa de su presencia. -¿Qué hará él ahora?, ¿qué dirá de todo
esto?,... ¿estará allí?, ¿cómo es posible que nadie lo vea ahí sobre la maceta ?... -se
preguntaba Ian constantemente. Era imposible concentrarse con todo lo que había
pasado. El silencio del aula se hacía notar, y la cabeza de Ian giraba constantemente
para ver si veía al enano. Sin embargo todo transcurría con normalidad. Las horas
pasaban y nadie sospechaba nada, solo Ian permanecía ansioso esperando el recreo para
ver cómo estaba Totto.
Y por fin sonó la bendita campana y todos corrieron hacia afuera para jugar en el patio.
También lo hizo Ian, para disimular, pero al ratito entró y se dirigió a la ventana. Allí
estaba él, su amigo, el gnomo,.. ¡Qué alegría verlo otra vez, con su cara de otro mundo,
con sus orejas alargadas, su nariz de enorme botón, y sus ojos tristes...!
- ¡Esta planta está muy mal!- afirmó con voz arrugada…
- ¿Qué es lo que tiene?
- ¡Qué pregunta!...Dime niño-hombre,… ¿qué tendrías tu, si no te diesen de comer, ni
de beber, ni te abrigasen por la noche, ni te diesen un abrazo, o un beso de vez en
cuando ?... El niño permaneció en silencio, sin decir nada…, entonces Totto agregó -
¡pues estarías peor que ella, que todo lo aguanta! Se secaría tu alma, así como se le seca
a ella el cuerpo y se le encoge el alma a Dios, cuando ve estas cosas hechas por los
hombres que él creó. Te morirías lentamente de hambre y de tristeza, y no habría
consuelo final. Así está ella hoy en día. Sus raíces buscan desesperadas en la
profundidad el agua que les dará la vida que ya casi no tienen...
- ¿Se morirá? preguntó Ian con angustia de niño...
-- Se morirá si sigues preguntando idiotamente, y no buscas agua; y le renuevas la
tierra; y le quitas sus hojas ya secas de tanto descuido; y le hablas, como tu madre a ti
por las noches, encomendando al cielo su precioso regalo,.. Y... - quiso seguir hablando
el gnomo, pero ya el niño se había ido corriendo en busca de agua… Rápidamente
regresó con una jarra, corrió a Totto a un costado y regó la planta de arriba a abajo, que
pareció agradecerle otorgándole un olor distinto, a vida, y a tierra húmeda.
- La planta eres tú - continuó el gnomo...- ella es tu sentido, tu vida y alimento, ella es
parte de tu ser, como tú lo eres de ella. Si ella muere, parte de ti también morirá poco a
poco, porque algo no habrás cumplido, algo estará incompleto... ¿entiendes?
El niño siguió sin contestarle, pero pareció entender, pues sus ojos se agrandaron aún
más, y su boca se abrió lentamente, aspirando asombro y preocupación. De pronto
apareció Carla, aquella que había delatado a Alan, y por lo cual ahora éste la estaría
buscando para vengarse.
- ¿Qué haces?- le preguntó ella asombrada, mientras Ian terminaba de regar la planta
-… Estaba regando - dijo él, disimulando seguridad y mirando de reojo a Totto que
continuaba aún parado sobre el borde de la maceta.
- ¿Te castigó la maestra?
- ¡No!, ¡está muy seca!, ¿no lo ves?- dijo como sabiendo, y admirado de que todavía la
niña no hubiese visto a Totto.
- Sssí…claro- contestó Carla para darle el gusto..
- ¿Qué ves?- quiso saber éste.
-…La planta,… ¡que está seca!- habló ella dudando.
- …Ah...- se desilusionó Ian.
- ¿Por qué no vienes a jugar con nosotros afuera? - adelantó la niña.
- No…, gracias,… estoy bien aquí – respondió éste secamente.
- Pero,… ¡ya terminaste de regar la planta!, ¿para qué te quedas aquí? –insistía Carla.
- Es que estoy con…- dijo el niño, mirando ahora directamente al enano que sonreía
gustosamente...
- ¿Con qué?
-… ¡Con él!- se animó a decir el niño, ahora casi señalando a Totto.
- ¿Con quién?- preguntó la niña admirada, mirando la planta sin comprender a qué se
refería Ian- ¿con quién?- insistió ella.
- No… nada… deja…- dijo él confundido, observando como Totto le hacía un guiño de
ojo.
- ¡Estás muy raro hoy!- acusó la niña, se dio media vuelta, y cuando se estaba yendo, se
acordó de algo… - Alan me está buscando…- le advirtió ella, sabiendo que Ian no
dejaría que nadie le hiciera algo a su mejor amiga.
- Él no te hará nada ahora porque está con la maestra- le aseguró -
… por favor, ¡déjame un rato solo!- Le rogó el niño. Y ahora sí, ella doblaba la puerta y
se iba con asombro y tristeza.- ¿Qué le pasa hoy que está tan extraño?- pensaba. Se
conocían desde muy pequeños, pues vivían a unos trescientos metros de distancia entre
sí, compartían tardes enteras juntos, vacaciones, paseos, juegos, y sobre todo, muchos
secretos. Ian era su mejor amigo, y nunca le decía que no a nada. Sin embargo hoy,
apenas la había mirado cuando ella entró, y ni siquiera le dio las gracias cuando dijo la
verdad sobre el muñeco.
Ni bien Clara desapareció sonó la campana de entrada a clase.El niño se abalanzó
rápidamente sobre el banco, y allí se quedó quieto esperando a que vinieran sus
compañeros, que no tardaron en aparecer. Cuando todos estaban en silencio
cómodamente sentados, e Ian se empezaba a concentrar, escuchó:
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- ¡Eh niño...,¿dónde andas?- lo que hizo que se pusiera muy nervioso y no supiese qué
hacer. Pero el enano insistió más fuerte:
- ¡Ey niño! ¿No me escuchas?, ¡sácame de aquí!, no quiero ir solo, ¡los zapatos de tus
compañeros apestan!, …mi trabajo ha concluido…- Afirmó, y enseguida Ian se dio
vuelta asombrado de la tranquilidad del grado y de la no persuasión de semejante
grito…. ¿es que no lo escuchan?- pensaba -¿ no se dan cuenta ? – continuaba
preguntándose.
- ¡Vamos, búscame ya… no tengo nada que hacer aquí!- gritó el enano aún más, y
cuanto más lo hacía, y el silencio de los niños se hacía más evidente, más nervioso se
ponía Ian.
-¿Cómo es posible que nadie escuche estos gritos,…¿ es que están todos sordos? ,
¿Cómo es posible que Carla no haya visto a Totto y nadie haya notado nada?,…es muy
raro todo esto...- se decía el niño a sí mismo. Y, ante la insistencia del gnomo y sus
insoportables gritos, al niño se le ocurrió una idea. Levantó la mano y pidió ir al baño.
- Ve rápido y vuelve pronto- dijo la maestra.
- Pero antes debo buscar algo de mi guardapolvo en la ventana! -continuó él...
- Bueno, pues que te lo alcance Martín que está ahí al lado...- prosiguió la maestra.
- ¡no!-gritó Ian, asustado de su susto, y todo el grado levantó la cabeza, admirado por
esa extraña escena. Ian nunca llamaba la atención, siempre estaba callado y tranquilo.
Había que hacer un dibujo muy difícil y todos conocían su entusiasmo a la hora de
dibujar. Lo hacía muy bien y no se le perdía detalle.
..¿Por que estaba tan alborotado hoy?, ¿estaría enfermo o descompuesto?- se preguntaba
la maestra, mientras le decía:
- Bien, ve a buscar tus cosas y apúrate que se pasa el tiempo!
- Sí…- dijo éste, y se levantó sobresaltado, agarró a Totto disimulado con el
guardapolvo, como si alguien lo fuera a ver, y se fue a los tumbos del aula.
- … Parece que la rubiecita no aguanta más - dijo Alan burlonamente sin hacerse notar
por la maestra, y haciendo reír a los que estaban a su lado. Así le decía él a Ian por sus
pelos enrulados y su voz fina y suave, en contraposición a la suya, que era ronca y
torpe. Alan era el doble de grande en tamaño, y cuando se movía, siempre se llevaba
algo por delante. Hacía bromas constantes en torno a Ian , pero curiosamente nunca le
pegaba ni lo molestaba directamente, porque el niño lo ignoraba por completo, algo que
a él le fastidiaba mucho.
Ya estando el niño en el baño, le pidió al enano paciencia.
-¡Ésto es muy oloroso!- dijo el enano, cuyo olfato era un muy potente.
- ¡Es el baño!.. – le dijo Ian.
- ¿El baño?
- … Sí,…el baño, acá hacemos nuestras cosas…
- ¿Qué cosas?
- ... Pipí, caca,.. y eso… -asumió el niño con cierta vergüenza.
- …Ah… sí ,… restos.., sobras,…Cosas de humanos... puaj,… ¡qué asco!, ¡quiero irme!
- Sí,..Ya nos vamos,… Sólo falta media hora para irnos a casa... - dijo el niño, ahora
arrepentido de haber traído a Totto a la escuela, por todo lo que había pasado.
- ¿Media hora? ¿Qué es eso?- preguntó el gnomo.
- ¡Treinta minutos!-
- ¿Treinta minutos de qué?- insistió Totto
- Treinta minutos...de... - pensó el niño sin saber qué decir...- ¡treinta minutos de
tiempo!... ¿de qué va a ser?
- ¿Treinta minutos de tiempo? ¡Qué gracioso ¡- dijo el gnomo revolcándose en el piso.
- ¿ Y qué tiene de gracioso esto ?
- Ja,..ja...¿ es que el tiempo tiene tiempitos?… ¿hijitos ?- dijo el gnomo descostillándose
de risa...
- Y,.. Sssí - contestó el niño, ahora con duda, y sin entender las morisquetas de su
amigo..
- ¿Y cuántos hijos tiene un tiempo grande?
- No se,... muchos...- titubeó ahora Ian confundido y apurado.
- Vaya, vaya.. ¡Eso sí que es interesante!- concluyó Totto, ahora levantándose del piso y
acomodándose los pantaloncitos, y continuó…
- Mira niño, como sea.., sólo llévame pronto a casa, que quiero irme. Extraño un poco el
lugar, la luna,.. y… ¡tu ventana!.
- Bien, eso haré - aseguró el niño, metió a Totto en el bolsillo y lo llevó al aula
nuevamente. Mientras tanto éste observaba el comportamiento de los niños, asomado al
borde del bolsillo, sin comprender por qué había que estar sentado para aprender… -¡sí
que son raros!- decía, y reía a la vez...
Esto ponía muy nervioso a Ian que todavía no lograba saber por qué los niños no veían
ni oían al enano. Sin embargo y a pesar de todo lo pasado esa mañana, el niño terminó
su dibujo, y la clase concluyó ordenadamente. Luego la maestra habló con él, pero no
pudo obtener mucha información.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
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