Por

José Martínez Zuviría

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Capítulo 10: El vuelo de la acuarela

Y llegaron nomás los cuatro a la escuela, si bien para todos los observadores eran sólo
dos los que veían: Carla e Ian. La clase ya había comenzado y los alumnos ya estaban
todos sentados escuchando a la maestra, cuando los niños entraron con la ropa
desaliñada, la cara sucia de tierra y llena de raspones, los zapatos cubiertos de barro, y
un andar culposo que los conducía a los bancos a donde ellos pertenecían. La carcajada
de los compañeros fue total, dado que era raro ver a estos dos ejemplos de niños llegar
con ese aspecto de barro un día soleado.
-¡Ya basta!-gritó la maestra… y miró con firmeza a los dos, Ian y Carla, como
anunciándoles una reprimenda. Sin embargo no quiso alimentar el barullo que se había
armado, y continuó con la clase, como si nada hubiera pasado.
Los enanos continuaban arriba de los niños, y Tico observaba boquiabierto hacia todos
los costados. Totto vio la extrañeza de su amigo, y le pidió con dos gestos que buscase
un lugar, y que no distrajese a Carla.
- El sistema de aprendizaje es a veces incomprensible, pero ya lo vas a entender…-le
dijo Totto a éste, en su idioma inaudible e inentendible para los humanos, y se sentó en
la parte superior del pupitre, para ver el cuaderno de Ian.
Estaba muy interesado en aprender a leer aquellas formas raras que dibujaban los
hombres y que tenían un significado concreto. Sin embargo Tico no entendía muy bien
qué era esto de la escuela, por qué estaba ahí, por qué había una señora que gritaba, y de
qué se reían esos niños. Había percibido los pensamientos de Alan, y presentía algo
feo,…una cierta tensión que no le gustaba.
- Los noviecitos se fueron a pasear al bosque…- bromeó Alan enseguida, y ahora la risa
burlona se extendía casi en secreto, mientras la maestra copiaba algo en el pizarrón. Ian
escuchó algo y dio vuelta la cabeza, pero no le hizo caso. Estaba más preocupado por lo
que había pasado en el río, que por el posible regaño de la profesora, o por las burlas de
Alan. Por el otro costado del aula, Carla se sentaba en su pupitre, y allí con ella, Tico se
subía a la parte alta del banco. Desde ahí Tico no podía dejar de observar a Alan -
delante de Carla, pero detrás de Ian-, y veía con ciertas sospechas que éste acababa de
agarrar algo del suelo. Carla estaba nerviosa por la presencia de Tico al lado suyo, pero
aún así se animó a preguntarle al gnomo si estaba bien… ¡y qué sorpresa se dio cuando
su compañera de al lado, le respondió!…
- Sssí… ¿por qué me lo preguntas?...
- …Nnno… - respondió alterada - ¡por nada!...
Sin embargo Tico no se dio por aludido, sólo parecía importante la presencia de Alan,
que ahora sí, con una tiza en la mano, estiraba su brazo disimuladamente para que la
maestra no lo viese, y apuntando a Ian, se la tiraba en la espalda. Ian sintió bien el
impacto pero hizo como si no le importara. Totto se dio cuenta, pero observó sabiamente
la escena sin involucrarse. Otra vez los temibles tres Alan, Sebas y Tómas festejaron la
ocurrencia. Sin embargo Tico que todavía no comprendía las actitudes de lo humanosniños,
y que había observado anteriormente la acción de Alan, se dirigió rápidamente
hacia el banco de Ian, se trepó por detrás de él, y sin que éste ni Totto se dieran cuenta,
esperó la segunda tiza que según sus percepciones no tardaría en llegar. Y efectivamente
Alan repitió la operación. Con una tiza más grande miró a sus dos camaradas de
travesuras, y la tiró fuertemente hacia el lado del niño Ian. Pero sabida era la habilidad
de nuestro enano Tico, que de un salto, agarró la tiza al vuelo y se la devolvió con gran
puntería al instante en la frente. ¡Y el grandote de Alan se quedó estupefacto! Y miró
sorprendido hacia todos lados, preguntándose de donde venía esa tiza, y adonde había
ido la suya. A pesar de esto, tomó otra vez el elemento blanco ya roto, y con más
bronca, la tiró otra vez con fuerza. Pero, ¡OH desgracia para el travieso! Tico la
interceptó otra vez, y la devolvió nuevamente sobre la cabeza del ahora asustado Alan.
- ¿Qué son esos ruidos?-preguntó la maestra ocupada en lo que estaba haciendo en el
pizarrón…
- Se me cayó el lápiz –contestó astutamente Alan…insistiendo en la mala acción, un
poco por enojo de la roncha que le había dejado en la frente, y otro por maldad. Con
furia contenida, dientes apretados y tensión en sus músculos, robó un tubo abierto de
acuarela roja, y apuntó al objetivo con toda su rabia. Ya no se trataba sólo de su burla,
ahora era el orgullo de verse superado…pero…- ¿quién era el que osaba contestarle?
¿Cómo se atreven a esto? se preguntaba Alan…
Totto se había dado cuenta de lo que estaba ocurriendo con Tico, pero estaba tan
obnubilado por descifrar lo que la maestra escribía en la pizarra, que no se interesó por
las travesuras de su amigo. Para él era muy importante esto, pues tenía que ver con la
tarea que había venido a hacer al mundo de los hombres. Esto se lo había hecho saber el
anciano sabio Zalom cuando le encargó la misión…
-¡Este es el momento! - le dijo en un acto de despedida solemne frente a una gran ronda
de enanos rodeados de piedras enormes que hacían de anfiteatro a todas estas
cuestiones…- debes ir allá arriba, comportarte con mucha delicadeza, y buscar la acción
justa para actuar. Enseñar y aprender, aprender y enseñar, esa es la cuestión en ésta
difícil tarea que nos une, y que debemos solucionar antes de que este mundo acabe…-
concluyó, y nada había más importante para un enano de esas regiones que las palabras
de este viejo.
Todos sabían que no por nada se lo había elegido a Totto en un consejo de ancianos. Era
el más adecuado para esta tarea, por su temple, por su inteligencia de enano, por su
valentía y por su bondad. Lo que nadie entendía era por qué se lo había seleccionado a
Tico como acompañante, pues todos conocían su infantil e inmaduro trato con las
acciones. Sin embargo, aquella vez en que hubo una protesta generalizada frente el
consejo, donde una multitud de gnomos de distintos tamaños, se manifestó golpeando
sus cristal-roca, molestos por la elección de Tico en la misión, el viejo Zalom salió a
respaldarlo. El ruido de la multitud era ensordecedor, y el viejo ya no lo aguantaba más,
por esto asomó su cabeza debajo de una gran piedra, se subió a ella, y esperando el
silencio que con su sola presencia imponía, habló…
-Veamos… ¿Qué se necesita detrás de una difícil acción como las que se nos presenta,
además de reflexión, paciencia y valentía?...
-¡Hay que estar un poco loco!…- -gritó uno sin pensarlo, y todos festejaron a los saltos y
a las risas…
-Exactamente!- dijo éste - vosotros lo habéis dicho …¡ Y nadie mas adecuado para esto
que nuestro disparatado e infantil Tico, que consiguió rescatar a Totto del mundo de los
Trholls!… -y dándose vuelta gritó…-¡Ahora dejadme en paz!..- soltó elevando uno de
sus brazos, y la multitud no supo ya qué mas decir, y se fue dispersándose hacia sus
funciones.
Alan tenía ya la acuarela en su mano, y apuntaba seriamente hacia su apreciado
destino…Pero…¿por qué se había ensañado con Ian?, él tampoco lo sabía y ni siquiera
se lo preguntaba, porque como en todas las cosas, la pregunta hubiera cambiado la
actitud, y él quería seguir comportándose como regular chico malo de la escuela.
Todo estaba aparentemente bajo control; la maestra, parada de espalda a sus alumnos, e
imperceptiva frente a lo que estaba ocurriendo; Ian concentrado en la copia del
pizarrón; Carla detrás, con la preocupación de tenerlo a Tico alejado y sin animarse a
actuar,…y Tómas y Sebas, dispuestos en su admiración, para hacerse cómplices
voluntarios de cualquier cosa realizada por su líder. Ellos dos eran casi siempre los
instrumentadores de Alan, y los responsables castigados. Tómas era flaco y largo, muy
alto para su edad, de tez blanca y pelo rubio achatado, nariz alargada y una risita burlona
constante esbozada de su boca. Hablaba mucho y rápido, como si no le quisiera dar
tiempo a la pausa y la reflexión, para no arruinarla de sensatez y cordura. Su único
interés era laa colección de Comics, de los que él se enorgullecía. Su fanatismo por las
historietas, lo mimetizaba con sus personajes haciéndolo vociferar solo en los recreos.
Con gestos con ruidos onomatopéyicos, como: ¡auch!,¡crach!, ¡poing!, ¡clic!...y otros
tantos, asustaba al primero que se le acercase poniéndole la expresión de algún monstruo
que él admiraba. Sébas por el contrario no hablaba nada, solo asentía con la cabeza las
órdenes de Alan que él cumplía a rajatabla. Era muy bajito, de pelo negro enrulado, ojos
saltones y llevaba un gorrito que tapaba casi toda su cara, y que se había convertido en
parte de su cabeza, porque no se lo sacaba nunca. Era muy bueno en los estudios, pero
no le gustaba decirlo, y sus experimentos terminaban siempre en una explosión, o en la
muerte de algún animal o insecto que él utilizaba como conejillo de indias, torturándolos
con satisfacción. Los dos, Tómas y Sébas, hacían juntos una extraña combinación que
provocaba risa y temor a la vez, y cuando se le agregaba Alan con su enorme
corporalidad, su ancha espalda y su andar torpe y bamboleante, se avecinaba un nuevo
tipo de maldad inesperada y certera.
Por fin Alan miró hacia un costado, y vio la aprobación nerviosa de Tómas y su torcida
risa. Giró la cabeza hacia el otro lado, y, como si se tratara de un planeado ejercicio de
profesional terrorismo infantil, encontró en Sébas, la expresión apropiada para actuar.
¡Era ahora o nunca, la derrota o la victoria, el orgullo o la vergüenza!..
- ¡¿Cómo os atrevéis?!- dijo y se dijo antes del lanzamiento… ¡y se animó nomás! Estiró
su brazo escondido, y lanzó la acuarela con gran fuerza hacia la espalda de Ian que nada
sabía de lo que detrás suyo estaba ocurriendo. Pero Tico había estudiado cada
movimiento del grandote, y preveía lo que iba a ocurrir. Otra vez, y con un nuevo salto
ágil interceptó en el aire la acuarela nuevamente. ¡Y sucedió tan rápido que era difícil
para un humano siquiera percibirlo con sus ojos! Y era tanta la bronca y el enojo con el
grandote Alan, que a Tico no se le ocurrió otra cosa mejor que lanzar la acuarela contra
la pizarra para llamar la atención. ¿Por qué habrá querido el destino en ese momento que
la maestra se cruce en el camino de la acuarela en pleno vuelo?... nadie lo sabe, sin
embargo esto fue lo que ocurrió. Como si se tratara de un hecho premeditado, ella
caminó dos pasos más de lo debido hacia la derecha para agarrar el borrador, sin
imaginar lo que vendría. Y como un cohete de una tonta guerra, ¡como todas la guerras!,
una empomada pasta roja viajó hacia ella a toda velocidad y se reventó en su espalda. Y
el golpe fue seco, y a pesar de su contenido, se desplazó en chorros semilíquidos, o más
bien pastosos sobre su delantal blanco.
-¡Ay!- gritó la maestra con cierto dolor girando su cabeza sin comprender, mientras
doblaba su brazo incómodamente hacia atrás y descubría sus dedos pegajosos. La
maestra no tardó mucho en darse vuelta y en agarrar del suelo el objeto que la había
manchado. Y luego de contemplarlo un rato en absoluto silencio, un silencio que
incomodaba más que cualquier cosa, miró a la clase por encima de los niños que apenas
sabían cómo actuar. Siempre con la atención hacia sus alumnos, divisó las manchas
salpicadas del piso y alguna otra hoja salpicada de mal forma, y tomando un trapo,
empezó a limpiarlo y a limpiar sus manos teñidas. Un mutismo inmenso invadió toda la
sala. Algunos no querían mirar hacia delante porque el panorama era entre ridículo y
dramático. Otros se miraban con disimulo queriendo saber cómo había ocurrido, pero
nadie encontraba respuesta.
En eso interrumpió para los suyos Totto, sin que los humanos escuchasen nada;
- ¡Tico!.. ¿Qué haces?!
- ¿Qué hago, me preguntas?.. – le contestó éste con la misma seriedad…
- ¡Sí!… ¡mira lo que has hecho!! – le reprochó Totto
- Pero… ¿tú no has visto las cosas que hace este gigantón? – observó Tico justificándose
- …¡Eso no te da motivos para tirarle a la señora cosa semejante!- le regaño con razón
su amigo
- Ah…sí… claro... ¡perdón!..- ironizó histriónico con reproche incluido – ¡ahora resulta
que yo soy el culpable!- y continuó- ¡mientras le tiran cosas a tu amiguito, tú te
mantienes impávido, observando esos dibujos ridículos!
-…Está bien…- razonó Totto... Y no pudo decir nada más, pues sabía que allí había algo
de razón. Había escuchado y visto todo, pero pensó que no iba a llegar a mayores,
además debía reconocer que su concentración en las letras lo distrajo de todo hecho
externo. Tampoco Ian podía creer lo que estaba viendo, y miró a Totto pidiendo
explicación, pero este le hizo un gesto indicándole tranquilidad. Mientras tanto Tico le
guiñaba un ojo a Carla, y exultante y risueño le decía...
- ¡Observa...! – para que vea a Alan, cómo enterraba su cara adentro del cuaderno…
¡como si por primera vez estuviera interesado en lo que había allí dentro! También
Tómas y Sébas parecían igual de involucrados con la gramática de sus cuadernos,
aunque ambos no se hubiesen dado cuenta de que uno de ellos estaba al revés.
Y la maestra quedó dura por un rato, y por un momento calló, haciendo más tensa la
situación ahí reinante. Pero a pesar de esto, con absoluta tranquilidad, se sacó el
guardapolvo manchado, lo dobló, lo puso en un cubo allí preparado para los trapos
sucios, se lavó las manos, y continuó como si nada hubiera pasado. El asombro era
general, a pesar de que Alan, el culpable sin culpa, estaba ahí, ¡pero aun él mismo no
podía creer lo que había ocurrido!
Todos querían mucho a la maestra, y su respeto no se basaba en el miedo, sino en el
amor que ella profesaba. Quería a los niños casi como hubiera querido a los hijos que no
tuvo, y no imaginaba un acto así en contra suya. ¡Por eso ese silencio en toda el aula!,…
por eso ese sentimiento de profanación de algún dios. Alguien había faltado a la regla
básica de la confianza que ella con cariño día a día entregaba. Pero... ¿quién se pudo
haber atrevido a semejante cosa...? - se preguntaban unos, y mientras lo hacían, Ian se
levantaba y se dirigía hacia ella. Su andar era culposo y tímido, y su postura denotaba
mucha vergüenza, propia y ajena, como si tuviera que aceptar el castigo de ser niño y
no querer serlo. En ese corto trayecto quiso aún más a su maestra, pues a pesar de haber
sido ultrajada su persona, de haber sido denigrada su seria estampa, se mostraba
exquisitamente digna. La vio tan hermosa que hasta él se sorprendió de no haberlo
notado antes. La maestrita, la llamaban en el pueblo, y Trina en su familia, pero su
nombre real era Trinidad. Nombre raro para esa región , pero simbólico para su madre
que la bautizó así para coronar los tres bienes mas preciados de una mujer: Bondad ,
belleza y sabiduría. Y ella los poseía en gran parte. Había destinado toda su vida al
prójimo, y nada era más importante que sus alumnos. De joven había tenido que salir a
impartir docencia en los lugares más recónditos, para que la gente tuviera instrucción.
También ayudaba en algún caserío , en las cosechas, o a la gente mayor con el ganado.
Casi no tenía vida privada, había renunciado a ella para dedicarse a los demás.
Y por fin Ian estuvo frente a ella, y cuando todos pensaban que iba a delatar a alguien, o
a confesar su propia culpa, preguntó.
- ¿necesita algo maestra?..
- …No … gracias Ian... ve a sentarte- contestó ella sin dramatizar, pero con la seriedad
necesaria para que la clase siga su curso. El niño se dio media vuelta y la maestra Trina
pidió que terminaran de copiar el pizarrón. Todos obedecieron con religiosidad
medieval, como si un castigo divino estuviera a punto de presentarse y fuesen a morir de
traición, sólo que ahora era de culpa. Y en esa antigua sumisión, Trina se detuvo a
observar cada gesto, cada expresión y movimiento. No le importaba tanto quién, si no
por qué había sucedido tal cosa, donde estaba su falta, y qué había descuidado ella para
que esto ocurriera. Y por fin vio, aunque en el fondo deseaba no hacerlo, la mirada
inequívoca de Alan hacia Tómas y Sébas en su propia condena, el reflejo de sus ojos
balbuceantes, y una fugaz elevación de su cabeza descubriéndose en su madriguera.
- ¿Qué pasó?...- Se preguntaban ellos con la mirada, y con el gesto de sus manos…
- ¡Yo no tiré eso! -pensaba para sí Alan, aunque sí lo había hecho…- ¡pero no para ese
lado!... – siguió pensando y contestándose a sí mismo, y todo le resultaba más que
confuso. Y claro que lo era. ¿Quién iba a pensar que eso iba a terminar en el cuerpo de
la maestra?...- le reprochó al destino. A pesar de esto, la maestra no quiso manifestar
nada hasta el momento del recreo, y todos siguieron escribiendo en absoluto silencio. En
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ese instante se le escuchó gritar a Tico…
- ¡Ey… Totto! ¿Cuándo nos vamos de aquí? ¡esto ya se esta poniendo aburrido! Así era
Tico. Siempre buscaba acción y aventura, aunque su compañero más íntimo, gnomo
serio si los hay, fuese totalmente distinto a él, y le tuviese que llamar constantemente a
la reflexión y a la serenidad…
- ¡Ahora espera!- le gritó Totto de igual forma.
Las campanadas del recreo se lanzaron en los oídos de los niños, que sobresaltados
miraron a su maestra sin saber cómo reaccionar. Normalmente se habrían puesto de pie
para retirarse, pero esta vez se avecinaba un castigo y consideraban que no podían salir
sin el permiso adecuado. Y así, con el continuado silencio se mantuvieron sentados. Tres
golpes sonaron en la puerta, y estos retumbaron en el cuerpo de los niños moviéndose
con ellos. Era la directora, que venía a decir que el recreo había comenzado…
- Los niños se quedaran aquí...- le contestó con una sonrisa seria, aunque las sonrisas
serias no parezcan ni serias, ni sonrisas… - y cerró la puerta. Y les contó un cuento de la
Luna y los Ángeles.
- Esto ocurrió antes de que el tiempo sea tiempo- comenzó…- la tierra todavía daba
vueltas por el espacio buscando seres que la quieran poblar, y así habló con su amigo el
sol, para ver si éste podía convencer a los ángeles de trasladarse a la tierra a vivir. Pero
el sol no era el más adecuado para esto, pues era tan hermoso, que cuando él se aparecía,
en vez de prestarle atención, los ángeles se quedaban admirados, atontados, como
dormidos en su belleza, observándolo. Y así el sol no podía cumplir con su tarea. La
luna, curiosa por naturaleza, había escuchado el diálogo entre la tierra y el sol. Se
ofreció de intermediaria y se presentó ante los ángeles. Al preguntarles éstos a qué
venía, ella les dijo que el sol quería verlos para proponerles algo interesante…
- No hay nada mas bello en este cielo que el astro rey... pero su cercanía causa
problemas…- le contestaron ellos
-¿Por qué? - preguntó la luna.
- …¡Hemos perdido muchos ángeles por su encanto!
- ¿Se van con él? - preguntó asombrada
- ¡Así es!- contestaron todos juntos- ...siempre que al sol se le ocurre decirnos algo,
miles de ángeles enamorados se suben a sus rayos y viajan hasta allá, y se quedan ahí
para siempre, ¡por eso le hemos prohibido la entrada!- dijo uno de ellos, llamado Gabriel
- ¡El sol adora que lo adoren!, ¡y permite que vayan con él!- dijo un pequeño e
inexperimentado ángel en tono de reproche…
- ¿Y por qué no habría de hacerlo?...- contestó inteligente la luna- su función es
iluminar, dar vida a las cosas en la nueva tierra, y bien sabéis vosotros que un ángel
enamorado tiene mucha luz!!
- … ¡Definitivamente no!,… ¡no estamos preparados para ver al sol tan de cerca!-
afirmó como pensando en voz alta el arcángel Uriel. Entonces la luna, sin más,
agradeció, y se dispuso a darse vuelta, mostrar su lado oscuro, e irse a su región…
- ¿Qué quieres luna?- interrumpió a último momento un arcángel de nombre Michael…
- …Sólo hacer de intermediario para que esto no ocurra más…- habló ella haciendo un
giro de 180 grados.
- Conocida es tu sabiduría Luna – dijo seriamente Uriel, el más antiguo de los
arcángeles- pero famosa eres por tus fantasías y tus sueños. Tu influencia en futuros
artistas dará comienzo a la poesía, maravilloso arte de la palabra, por cierto, pero arte de
las utopías al fin… ¡nosotros necesitamos realidades!
- ¿Esto me hace menos creíble?- preguntó en tono de reprimenda la luna, y continuó
ofuscada...- mirad vuestras existencias!...¿por qué creéis que algunos de los ángeles se
van con el sol?... Su aburrimiento es tan grande que buscan el camino de la belleza,
¡alimento fundamental del espíritu! Y nadie mejor que el padre de la luz para ofrecer
creatividad y arte… ¿no es la fantasía la fuente de toda posibilidad de nuevas formas, de
creación y evolución?...- preguntó en forma de reproche...- y se dispuso a retirarse. Y un
silencio general se propagó por todo el cosmos. ¡Nunca habían visto tan enfadada a la
luna!...Entonces Michael habló...
- Habla… ¿qué propones?
- Esto es tan real como los pozos de mi cara- contestó resignada
- …Todavía no sabemos de qué hablas...- dijo Michael
- Es verdad- habló ella tranquilizándose- simplemente vengo a daros mi cuerpo como
espejo, reflejar al sol y guardar su luz- sorprendió la luna, dejándolos a los ángeles con
las alas abiertas.. y continuó- esto no sólo iluminará nuestro cielo cuando el sol decida
recorrer otros lados, sino que os permitirá a vosotros hablar directamente con él y a él
con vosotros...
- ¡No es mala idea!- dijo el ángel Uriel
- ¿Y qué es lo que quiere el sol de nosotros?- inquirió Gabriel
- Necesita voluntarios para la tierra, su amiga íntima, ¡es un buen lugar para residir!, y
hay que pintarla, decorarla, y darle vida... ¡solo vosotros podéis hacerlo!
Esto hizo la luna- les contó la maestra a los niños- cuyo don principal es la sabiduría,
ayudada por el sol, ¡recinto del amor mas puro!.- y continuó con seriedad de maestra- y
este es uno de los primeros acuerdos al que llegaron los astros con los ángeles. Cada uno
desde su lugar cumplió con su función. La luna reflejó la luz del sol, y sirvió de base
para un diálogo con los ángeles, además de brindarnos por la noche su hermosa luz e
¡inspirar a miles de seres! Por su lado, los ángeles poblaron la tierra acompañando a los
hombres en su desarrollo... ¡todos con absoluto respeto! Esta es la base de nuestro
trabajo: El respeto - dijo ella acentuando esta palabra - así nosotros... yo maestra,
vosotros alumnos, debemos respetarnos, y cada uno cumplirá su función, y si alguien
falla en esto, deberá saber que está fallando contra sí mismo. Hoy me ha sucedido algo
extraño que no quisiera que pase nunca más… tal vez por error, tal vez por tontería... no
interesa, ¡lo cierto es que estas cosas no deben ocurrir más!
-¡Yo sé quien fue!- anunció Peter, y todos se dieron vuelta con el corazón latiendo
fuertemente.
- Yo creo no haber preguntado quién ha sido, Peter... así que será mejor que lo que
sepas, lo guardes en tu corazón.

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