En la casa de Ian y Laura todo estaba igual. Totto mostraba orgulloso y agradecido los
zapatos que le había tejido Laura, y luego desayunaba con Ian, mientras Craco, el
espíritu de la casa, deambulaba por el suelo refunfuñando.
- ¿Qué le pasa?- preguntó Ian.
- Uff... protesta porque dice que tiene mucho trabajo y que ustedes deberían cuidar más
la casa...- contestó el enano.
- ¡Tiene razón! – se avergonzó la madre.
- Sí... pero aunque la casa estuviera bien, protestaría... es su característica. Es una
manera de sentirse importante, y así trabajar mas entusiasmado...- apenas terminó de
decir esto, echó a reír a carcajadas junto a Laura e Ian que se contagiaron de tanta risa.
- ¡Muy graciosos!- exclamó Craco pasando por ahí y limándose las uñas –... ¡se ve que
no tienen nada que hacer!- se quejó , y esto provocó más risas aún entre Totto y el niño.
Laura con cierta sensatez y educación les pidió que se comportasen, y mandó a Ian a
preparar la mochila.
- ¿Y tú… que harás?- preguntó el niño.
- ¿Qué haré?... ¡pues claro que te acompañaré! Quiero aprender a leer esas formas raras
que escriben sobre el papel- contestó el enano - ¿me enseñarás?
- Sí, ¡claro!- afirmó el niño entusiasmado...-¿en dónde quieres que te lleve?
- ¡Por supuesto que adentro de esa apestosa mochila no quiero ir!... mejor iré arriba
observando el paisaje - dijo el gnomo.
- ¿En el auto?
- ¡No!... ¿para qué?- no me gustan esos transportes que utilizáis... ¡hacen mucho ruido y
huelen mal!. Tienen razón las Sílfides cuando protestan por la mugre que dejan en el
aire- habló Totto con intención de gnomo- ¿no podemos ir caminando?
- Claro que podéis- habló Laura- de hecho Carla lo hace todos los días,…y está igual de
lejos - El camino del bosque es muy lindo y lo acorta- y con decisión concluyó-¡yo los
acompañaré un trecho!
- ¡Qué bueno!- exclamó Ian - ¿tal vez podamos buscar a Carla?
- Si queréis eso, salgamos ya, porque se hace tarde - ordenó la madre de Ian.
Y así lo hicieron. El niño cargó la mochila en su espalda, y el gnomo se trepó de un
salto sobre ella. Era gracioso verlos. Totto parecía el capitán de un barco que se
desplazaba en alta mar divisando de todo; Ian cual timonel que conoce las direcciones
de memoria, saltaba por el camino cantando y riendo; y Laura estaba callada y feliz de
poder acompañarlos un trayecto, la venida de este nuevo ser le había alegrado la vida.
Rápidamente llegaron los tres a la casa de la niña, y después de saludar a la abuela, ésta
les dijo que su nieta estaba con las ovejas, a unos 20 metros de allí. Cuando llegaron al
establo y entraron en él, escucharon la voz de Carla que hablaba con alguien, pero
apenas notaron algo, pues ella estaba en el pajar de arriba y no se la veía.
- ¡Carla!- llamó Ian con felicidad- te vinimos a buscar para ir a la escuela...!
- Uy... ¡son mis amigos!...- se alegró Carla- ¿quieres que te los presente?- le susurró.
- OH… ¡no hace falta niña!- contestó Tico mientras hacía su casa entre los fardos de
paja. ¡Ve con ellos!
- Adiós...¡nos vemos luego!- saludó la niña.
- Adiós...- contestó el enano que ya se había encariñado con ella. Y Carla pisó el primer
escalón para bajar, y los vio a los tres sonrientes con las cabezas levantadas hacia arriba
observándola.
- ¡Hola Ian! ¡Hola Laura!, ¡Hola Totto! – saludó ella ahora reconociéndolo, y
alegrándose con ello llamó a Tico- ¡Tico! Aquí está el gnomo del que te hablé ayer!
¡Totto! – gritó mientras dejaba pensando a Laura e Ian que se preguntaban cómo es que
ahora ella podía “Ver” a Totto – Tico ¿me escuchas?
- ¿Tico?- Pensó Totto
- ¿Totto?- pensó Tico… y se asomó por sobre la barandilla que bordeaba el pajar…
- ¡Totto!- gritó con alegría Tico al ver a su amigo al que buscaba…
Tico se deslizó por las escaleras, y Totto se precipitó hacia abajo, bajando por los brazos
de Ian hasta el suelo, y ante la sorpresa de Carla , Ian y Laura, empezaron a saltar hacia
un lado, hacia el otro, hacia arriba, hacia abajo, a chocar espalda con espalda, a dar
vueltas carnero y verticales tocando un pie con otro, a girar rodando por el suelo hasta
quedar parados frente a frente, e inesperadamente y por fin, tras un solemne silencio, se
hicieron una reverencia respetuosa, y se estrecharon en un largo abrazo. Su idioma era
distinto, y hacían ciertos gestos que cualquiera hubiera tomado. Hablaban un extraño
idioma que los demás intentaban comprender. Finalmente Totto, al ver la incomprensión
de sus amigos, tomó la palabra y lo presentó a su amigo Tico, y Tico les contó cómo
había conocido a Carla.
- Bien… nos alegra mucho verte, tico - concluyó la madre con practicidad- y estás
invitado cuando quieras a nuestra casa, pero los niños deben ir a la escuela…
- OH... ¡la escuela!- exclamó Totto- ¡es algo muy raro y muy interesante!, ven,
¡acompáñame!, te aseguro que no te aburrirás…
Enseguida salieron del establo. Carla buscó sus cosas, se despidieron de la abuela, y
marcharon juntos hacia la escuela. Laura los acompañó una distancia por el bosque, y
luego siguieron solos. Totto y Tico iban arriba de un hombro de Ian y Carla. Totto en el
derecho, Tico en el izquierdo. Hablaban, gesticulaban, saltaban con gran agilidad, se
cambiaban de hombro y se contaban cosas en su idioma. Parecían reír, puesto que cada
risa de Totto significaba un salto hacia arriba y un tropezón hacia el suelo. Lo mismo
ocurría con Tico, algo mas ágil que su amigo, pues caía haciendo giros en el aire, como
si estuviera en el circo. Ian y Carla caminaban alegres y sorprendidos por lo que estaba
sucediendo sobre sus hombros. …No llevaban dos mascotas…¡ sino dos Gnomos!, que
hasta a veces parecían más inteligentes que ellos, que se hacían entender, y que eran
grandes y pequeños a la vez…¡ Qué más podían pedir!
La felicidad de ambos era evidente, y así como sus amigos mostraban vivir una fiesta,
ellos también disfrutaban semejante dicha de compartir algo juntos. ¡Hasta en esto
podían estar unidos!
- …Ya me parecía que algo raro te ocurría - le dijo Carla a su amigo, cuando éste le
contó su anécdota con Totto en la escuela...- sólo prométeme que no me guardarás más
secretos, y yo haré lo mismo…
- ¡Prometido!- se comprometió Ian, y se dieron un abrazo de amigos, que debieron
sortear Totto y Tico con un salto ágil de piernas encogidas hacia arriba, para no ser
arrollados por esos dos brazos que se cerraban por encima de los hombros. Y con eso
sellaron un nuevo pacto de vida que unió aún más esa amistad. Y aunque esta unión de
los cuerpos pusiera frente a frente a los dos enanitos colocados en distintos hombros, y
se tuviesen que mirar directamente por un rato, no hicieron ningún comentario y se
mantuvieron en un exagerado silencio. Si bien Totto y Tico no sabían qué se estaban
profesando estos dos niños, sabían bien que allí había algo muy sagrado que debían
respetar. Terminado el ritual, Ian miró a Carla, Carla a Ian, y con una sonrisa cómplice
como si la idea hubiese salido de la misma cabeza, se miraron nuevamente para
confirmar el pensamiento, y echaron a correr por el camino del bosque, sorprendiendo a
los hombrecitos que llevaban arriba.
- ¡Podrían habernos avisado!- protestó Totto con rápidos reflejos, agarrándose del cuello
de Ian, y lo mismo hizo Tico, colgado sobre la solapa con las piernas al viento y dando
tumbos en el aire…- Sí que son humanos estos seres.., se abrazan y corren..!- expresó
éste sin entender… Y la diversión ahora fue conjunta porque mientras corrían, Tico
hacía piruetas con una mano, con la otra, con una pierna y con la otra. Se soltaba
también cayendo de la cintura de Carla, se colgaba de las cuerdas de la mochila,
flameaba como una bandera a la intemperie, y enseguida volvía a trepar en el bamboleo
de la corrida hasta el hombro. ¡Tal era su agilidad, tal su destreza! La maratón se
mantuvo por un buen rato, y los árboles hacían de público y parecían abrirse camino
alzando sus ramas en un gesto continuo de celebración y alabanza, como si estuvieran
disfrutando su rápido paso, y su tierno roce. ¡Todo el bien del mundo estaba allí! Pájaros
simpáticamente espantados, ardillas nerviosas de ojos titilantes, liebres agazapadas de
curiosas orejas, mariposas de tempranos aleteos, y un viento fiel que empujaba su tierna
infancia, daban más vida a la vida que allí corría. Todo el bosque se entregaba al
encanto de verlos… todo el bosque entregaba su encanto. Era una comunión de alegrías
múltiples que nadie podía desperdiciar. Hasta algún búho diurno que olvidó su noche,
retrasó su descanso. Y como lo que empieza precipitado termina de igual forma, en una
cuesta mal avisada y sin parada posible, cayeron los cuatro, como enrollados pastos
secos, rodando hacia abajo. Y allí donde finaliza la gravedad, a orillas de un arroyo,
encontraron el motivo de una nueva risa y felicidad. Desvencijados, sucios,
semigolpeados, y con los dos amigos, Totto y Tico sobre sus panzas, riendo más que
ellos. Sus narices llenas de barro, y los pelos enruladamente revueltos le daban
realmente a la situación una cómica y ridícula imagen.
Allí estuvieron un buen rato, y si bien los gnomos participaron de la acción y
juguetearon con ellos, en un momento se apartaron e inclinaron sus orejas sobre el agua,
y se pusieron serios. Con naturalidad le hablaban al agua, y escuchaban al río su
mensaje. Los niños al observarlos quisieron seguir riendo, pero un gesto severo de Totto
los conminó a callar. La cosa parecía seria…
- Bien… ¡hacia allá vamos!- dijo Tico en voz alta.
- ¡No! - contestó Totto con prudencia- ahora seguiremos con lo que hemos empezado, y
luego iniciaremos acciones. Los niños tienen que ir a la escuela, y nosotros con ellos…
- Pero… ¿te has vuelto loco?... ¡esto es grave!, ¡el mensaje viene de lejos y las ordenes
son claras!- le gritó Tico a su amigo…
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- …Todas las ordenes son claras…- habló con sabiduría Totto…- y ahora las nuestras se
deben a estos niños, ¡este es su mundo, su ley, y las respetaremos…! Culminó… y
cuando él daba la última palabra, era que la cosa era grave, y a Tico no se le ocurría
contradecirlo. ¡Eran tan diferentes! Éste se movía por impulsos, y siempre tenía que ser
frenado por el reflexivo Totto, que reflexionaba muchas veces antes de emprender una
acción. Por esto el pequeño humorista Tico se quedó callado, y con una humorada
obedeció…
- ¡Por supuesto señor Rey!, a sus ordenes está el vástago Tico, que hará lo que usted
pida…- ironizó inclinando su diminuto cuerpo. Totto sonrió, pero no festejó tal
ocurrencia. Estaba realmente preocupado, y cuando los niños quisieron preguntar qué
era lo que ocurría, Totto les dijo que ya vendría el momento para saberlo.
-Es tarde…- anunció Carla…- ¡debemos ir a la escuela!
-Eso es lo que importa ahora- expresó Totto y se subió con varios saltos arriba de Ian, y
lo mismo hizo Tico con la niña…
-Pero… ¿Qué es lo que pasa? –inquirió otra vez Ian a Totto… y el gnomo no le
contestó, y no habló en todo el trayecto del camino hacia la escuela, donde reinó un
absoluto silencio, y donde sólo se escuchaba el ruido de sus pasos en la tierra.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
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