A Laura le hubiera gustado haber dicho algo más sobre lo que en ese jardín había
sucedido, sin embargo no encontraba palabras adecuadas, y tampoco sabía si era el
momento para hacerlo, lo único que se animó a decir fue...
- Vuelve pronto, que seguramente ¡tú también podrás participar de esta fiesta!
–Muchas gracias – contestó Carla con educación, mientras Ian le abría la puerta y se
marchaba. No estaba triste, pero deseaba fervientemente saber algo más sobre aquello. Y
mientras caminaba a su casa, que estaba a unos cien metros, intentaba imaginarse a esos
seres de una u otra forma,…¡y esto sí que no le costaba nada! Su fantasía le había
servido siempre para suplirle la falta de madre y padre . A veces los hacía reyes,
caballeros, doncellas, otras veces, esquimales, cosacos, zares de alguna corte rusa, o
caciques de alguna tribu perdida en el amazonas. En cada cuento aparecían ellos
imaginados a su manera. Tenía una foto de ambos cabalgando sobre la nieve, que le
había regalado la abuela un año antes, cuando Carla cumplía los 6 años…
- Tu madre te regaló la vida y se marchó apenas naciste- le dijo una vez sin preámbulos
la abuela –pero antes de irse me dijo que cuando la necesites, mires el lucero del alba
apenas te levantes, que allí estará, para que le cuentes todo…- y prosiguió- … ¡ella
siempre te está observando!
- ¿Y mi padre?- había
preguntado enseguida la niña…
- ¡De mi hijo no sé nada!... se fue a la guerra, antes de que tú nacieras, y nunca más ha
vuelto… -contestó aquella vez la viejita con fortalecida resignación. Carla y la abuela se
querían mucho, y se ayudaban mutuamente. Ese día la niña tenía que llevarle leña antes
de que se hiciera de noche, por eso, en cuanto terminó de trabajar en el jardín con Ian y
su madre, se fue rápidamente. No disponían de otra calefacción que la chimenea, que
cuando el sol se iba, empezaba a calentar toda la casa. Frente al hogar se desarrollaban
las principales actividades de esta pequeñita familia. Se cocinaba, se cenaba, y antes de
dormir, la abuela contaba las mejores historias. Héroes y desgraciados, hadas y diablos,
príncipes desterrados, caballeros sin armaduras, gnomos zapateros, cobardes gigantes,
princesas de suelas gastadas, y animales musiqueros, todos ellos, bajo un mismo techo y
en diferentes épocas, se sucedían unos a otros de una noche a la siguiente, en el
imaginado mundo de Carla. Hablaban, cantaban, reían, y mientras la niña hacía sus
deberes para la escuela, la abuela tejía sus mantas y abrigos hasta muy entrada la noche,
para llevarlos al mercado al día siguiente para vender. Ese era el sustento económico que
las mantenía a las dos de la forma más digna posible. A la tarde, juntas preparaban la
huerta, sembraban o cosechaban según la época del año, alimentaban las gallinas y
guardaban las cinco ovejas en el establo para que estén ahí durante la noche. Este era el
lugar elegido por Carla para jugar con su amigo Ian.
Ese mismo día, después de haberle llevado a la abuela la leña y haber encendido el
fuego, Carla buscó las ovejas y las llevó al establo. Les dio a cada una su comida, que
consistía en fardos de heno y alguna que otra harina de cereal, y se dirigió al pajar que
estaba arriba para ordenarlo un poco. Pero en el momento de pisar el último escalón,
trastabilló, se cayó al suelo, ¡y se clavó en la pierna, la punta de la horca de tres puntas
que asomaba para arriba, y que tantas veces la abuela le había dicho, que siempre había
que depositar boca abajo! ¡Ay desgraciada Carla! Tan profundo se había metido el
tridente en la pierna, que no la podía sacar, y del dolor apenas se podía mover para pedir
ayuda. Enseguida intentó deslizarse hacia fuera, pero en cuanto se movía, se introducía
aun más ese hierro filoso en sus carnes. Finalmente, no pudo más de dolor, y sin largar
ni una lágrima, se desmayó, quedando totalmente desvanecida…
Para Carla, las lágrimas solo salían cuando estaba feliz, o cuando miraba a sus padres,
jóvenes y alegres en la foto, y con los pelos entregados al viento.
- Ella parecía tener la cabeza vestida por el sol- le decía una vez su abuela con
ternura,… y se entusiasmaba -¡sus pelos eran como los mismos rayos!... En cambio él –
proseguía con una sonrisa nostalgiosa y con la vista perdida… -siempre fue flaco,
alto, de pelo enrulado color rojo,… ¡y tenía el porte de un rey!… por eso yo lo llamaba,
“mi rey” –le decía, y sin que Carla preguntase nada, le confesaba… -tal vez no haya
muerto, y algún día nos sorprenda con su regreso…
Carla imaginaba siempre a ese “rey padre” desde su ventana, y se quedaba horas
contemplando el camino que conducía a la casa. Sin embargo ahora su situación era
otra, y yacía desmayada boca arriba, con la herramienta perforándole el muslo de su
pierna derecha. No había gestos de dolor o angustia en su dormido rostro, por el
contrario, estaba con una expresión paciente y de lucha, a pesar de que la sangre corría
en gran parte hacia fuera y hacía más dramática la imagen. En ese momento, una
vocecita apenas audible se escuchó… -¿Y qué puedo hacer yo, más que observarla y
consolarla?
-¡Mucho! –le replicó un sonido
suave, salido de un aleteo
blanco…
- Pero,… yo… yo… no… ¡no tengo herramientas! –dijo este gnomo pequeño
tartamudeando y con cierto miedo…
- No necesitas de ninguna herramienta, sino de confianza y valor para hacerlo… -dijo el
ser blanco- y tú… ¡esto lo tienes!
- Y… ¿por qué yo… y no otro?
–continuó éste.
-¿Y por qué crees que estás aquí ahora? –dijo esta voz, y se dispuso a cubrir a la niña,
que parecía tener frío, con un manto blanco que sacaba de las alas con mucha
facilidad…
-¡Es que sólo a mi se me ocurre estar aquí! –gritó ofuscado el gnomo….
- Por algo será… -dijo la voz
con sabiduría…
-¿Por qué? ¡A ver... sabelotodo! ¿Por qué? –contestó el enano algo cascarrabias…
-¡Gracias por lo de sabelotodo! –Contestó la voz blanca riendo… -pero tú sabes que eres
un nexo importante entre ellos y yo…
-¡Muy fácil,… muy fácil!... si no eres tú, es el mismo Totto el que me encarga misiones
complicadas… -se quejó el pequeñito, pero siguió, ante la mirada amable y compasiva
del ser blanco,… - está bien,… está bien,… no me mires así con esa cara de bueno…¡Lo
intentaré!
¡Y qué bien que lo hizo! Bajo las indicaciones del ser blanco, puso crema de ordeñe en
la punta de la horca incrustada en la pierna de Carla, para que se deslizase con el calor
del cuerpo por la herida, hacia adentro. Luego, siempre siguiendo las órdenes de este
sereno ser, que le sostuvo la mano a la niña mientras el gnomo trabajaba, agarró el
hierro patinoso, y con un poco de maña y otro de fuerza, lo fue tirando hacia fuera. Cada
vez que movía el gnomo la punta clavada hacia la derecha, a la izquierda, o hacia arriba,
miraba sorprendido y con susto la cara redonda de la niña que parecía sedada y
absolutamente relajada por ese armonioso ser que la acompañaba. El asunto no fue fácil,
y cuanto más revolvía ahí dentro, más sangre corría. Por fin, cansado de no obtener un
rápido resultado, se paró frente al hierro, pisó con vigor las heridas tratando de no hacer
doler, y como quien saca una espada incrustada de una piedra, tiró, tiró con tanta
vehemencia, que por fin logró sacar totalmente el pinche cubierto de sangre en su punta.
¡Qué alegría sintió finalmente ese enano! Nada le había sido tan duro como eso, ni aun
cuando tuvo que salvar a su amigo de las garras de los mismos Throlls.
Ahora tenía frente suyo por un lado, a esa niña que parecía tan frágil e inconciente,
derramando sangre; por el otro, estaba ese ser, al que ellos llamaban “el ser blanco”,
con enormes alas y un resplandor en su cara que hacía que no lo pudieran observar por
mucho tiempo, porque encandilaba con solo verlo. Aunque no se distinguía su cara por
la luz que irradiaba de ella, se podía percibir que este ser siempre estaba sonriendo. Sus
vestidos de aire eran blancos, pero su expresión era de un dorado blancuzco, que se
hacía más fuerte cuando hablaba. Cada palabra que emitía parecía estar hecha por luces
que se desprendían y adquirían una forma distinta en el aire. Como si cada palabra
tuviese su propio dibujo. Los gnomos no escuchaban su voz, pues era tan suave que no
llegaban a oírla, pero sí la leían en el éter del aire. El ser blanco era del tamaño de un
hombre, pero su cuerpo era móvil, no tenía contornos fijos, y ondulaba constantemente,
de acuerdo a la intensidad de sus palabras. En todo este tiempo se mantuvo allí, al lado
de la niña, contemplándola.
-¡Eres un genio, ser blanco! –
exclamó el pequeño…
- No me digas genio y ve a buscar algo para curarla – le dijo la voz, indicándole cómo
hacerlo.
Rápidamente este ser depositó su mano blanca sobre la herida, que dejó de sangrar
repentinamente. El gnomo fue al prado a buscar flores de caléndula, hizo un ungüento
con ellas, y se las depositó en la herida para parar la infección que podía generarse allí.
- Tu trabajo ha concluido querido amigo,… ¡lo has hecho a la perfección! ¡Gracias! –le
dijo el ser blanco mientras se elevaba y desaparecía.
- Denad… esteee…gracsss… -alcanzó a querer decir el enano, mientras el ser
desaparecía… Y allí quedó, solo, o aparentemente solo, junto a la niña dormida, con un
agotamiento que pocos hubieran aguantado. Y como ella no despertaba, se sentó en su
hombro, y empezó a cantar una canción de enanos que parecía venir de las
profundidades, y así también el gnomo se quedó dormido sobre la niña, cansado por el
enorme trabajo. Al rato Carla despertó, y se inclinó asustada al verse en el suelo y con
sangre en su derredor, y este movimiento hizo caer estrepitosamente al gnomo contra el
piso.
-¡Ay! ¡Mi cabeza! –gritó éste.
- Uy… ¿Qué es esto? –preguntó la niña observando la disparatada escena...-
¿Quién eres?
-¿Esto?... ¿Y tu crees que yo soy un esto?... –Contestó enojadísimo el pequeño -¿Así me
agradeces mi trabajo? ¡Estos sí que son raros! –exclamó…
-… Perdón… ¿Quién eres? ¿Qué me ha pasado? –Preguntaba la niña, tocándose el
muslo de la pierna que le dolía fuertemente… -¡Ah! Ya recuerdo… ¡me he caído!...
- Si… eso… y te has desmayado, y has sangrado, y has dormido, y te hemos curado, y
me has golpeado con tu “has despertado” –contestó irónicamente el gnomo… -¡vaya
gracia que me hace la forma en que hablas, niña…!
-¿Tú me has curado?
-¡El mismo!,… mejor dicho yo, y otro que estaba acá… o el que estaba acá, y yo…
depende quien consideres que es más importante… el que da las ideas o el que las
hace… en fin… - dijo aceptándolo… - el que realmente insistió en curarte, fue el ser
blanco… y yo ,sólo obedecí sus órdenes…
-¿Ser blanco?... ¡no entiendo nada…! ¿Quién eres? ... ¡dime hombrecito tu nombre…!
- Me llamo TICO,… ¿algo más?... ¡mujercita!
- Si… ¡Gracias! ¿Eres tú un enano como el amigo de Ian y su madre? preguntó la niña
sorprendida…
- No se quien será el amigo de tu madre… pero yo sí soy un… (Dudando).., ¡un enano!
-¡OH! … ¡Qué alegría! –Dijo la niña que por fin podía “ver” con otros ojos a semejante
ser, y continuó - el amigo de mi amigo se llama…
-¡Bien! (interrumpiendo)… somos muchos los gnomos aquí,… debes ir a curarte rápido
–exclamó Tico. Dicho esto pasó a contarle lo que realmente había sucedido, y cómo, con
la ayuda del ser blanco y su fortaleza, habían logrado salvarla de ese accidente…
- Aun así –insistió- … ¡debes ir a casa a lavare esa herida!
-¿Y tú?
-¿Y yo? –repreguntó el gnomo.
-¿Qué harás?... ¿te vas a quedar aquí? –interrogó la niña…
- ¿Yo?… yo estaré allá y acá… acá y allá… -habló Tico enigmático, mientras caminaba
debajo de las patas de una oveja que parecía no enterarse…
-¿Quieres venir a mi casa… con mi abuela?
- Mmmm…,por ahora, me quedaré aquí… ¡gracias!... –y trepando por los pelos de una
oveja, y subiéndose encima de su espalda, continuó -¡Parece muy cómodo esto!
-¿No te veré más? –preguntó angustiada Carla
- OH… ¡sí!
-¿Me lo prometes?
-¿Prometes?... ¿Qué es eso? –dijo Tico
-Que si me aseguras que te vas a quedar aquí, y no me dejarás… ¡como mi papá y mi
mamá!…
-… ¿Asegurar?... –preguntó el gnomo con sorpresa- … mira niña,… ¡yo no puedo
asegurar nada!... eso de asegurar –quiso explicar Tico- … esto de asegurar… se lo
dejamos a los Dioses, a los astros, o a las leyes que imperan en nuestro reino… yo solo
puedo hacer lo que se me pide… obedezco órdenes… ¿entiendes?
-¡Ah… entiendo! –Contestó Carla entusiasmada, y arremetió -¡te ordeno que te quedes!
-¡Eh… no… no!... –exclamó el gnomo con los bracitos en alto, lo que hizo que se cayera
repentinamente sobre el suelo estercolado y cargado de orín de oveja… - ay… ¡qué
asco! ¡me vas a dejar todo apestado niña!... –gritó - … ustedes los hombres sí que son
raros… ¡así no es! Me refiero a que – quiso explicar limpiándose con un trapo que allí
encontró – me refiero a que yo no me debo a nadie –y afirmó…- yo solo respondo a la
naturaleza de las cosas…¿entiendes?
- …Nnno… -dijo la niña confundida…
-Pues bien… eh… - continuó ahora con más paciencia- … para que entiendas… yo solo
cumplo con obligaciones… pero estas obligaciones vienen de las leyes mismas…,no son
impuestas así porque sí… ¡tienen un sentido niña!
-¿Y cuáles son tus obligaciones ahora? ¿Irte? –inquirió la niña con practicidad…
-¡No…, por ahora, me quedaré!, todavía tengo mucho que hacer aquí… y espero, poder
lograrlo…
-¿En el establo?
- Eh…no… no… -contestó el hombrecito - a decir verdad, ando buscando a un amigo y
a una amiga, y creo que tu establo me servirá de casa ¿está bien? Acá veo una buena
cama para mí – dijo, señalando un montón de lana sin hilar…
-¡Qué bueno!... ¡así podré visitarte y jugar contigo!… -largó la niña con espontánea
alegría - … ¡mi abuela seguro que me dejará! –y al decir esto se acordó de que ya hacía
tiempo que debía haberse ido a casa con ella…
-¡Debo irme!... es tarde… Oma estará preocupada…
-¿Tarde?... – cuestionó el gnomo…- ¡Qué humanos son estos seres!… ¡mientras hablan
se les hace tarde!
55
-¡Adiós! –saludó Carla
-¡Hasta luego! –contestó Tico
Y Carla corrió a la casa, feliz y exaltada por lo que había vivido, y le contó el motivo de
su retraso a su abuela, que ya estaba impaciente esperándola. Sin perder detalle, le habló
del ser blanco que no vio y de su nuevo amigo Tico que ahora habitaba su establo. La
abuela escuchó con atención, pero no dijo nada al respecto y sólo se mostró preocupada
por la herida de la niña. Después de curarla y `ponerle unas gasas, con un silencio
inquietante, dijo…
- Ahora tienes que preparar los platos para comer algo, e irnos a dormir… ¿no te parece?
…
Y la niña hizo todo como le pidió la abuela. Los pedidos de ella eran sagrados, y si no
había comentado nada, ¡seguro que era por algo! Para ella las cosas tenían su lugar en el
tiempo justo.
- Cada cosa necesita su momento, ¡y todas son verdaderas!... el tema es saber qué lugar
ocupa cada una, y cuándo se debe actuar...- le había dicho alguna vez. Y estas palabras
quedaron impregnadas en Carla para siempre, porque sabía que así debía ser. En los
cuentos que ella escuchaba, ocurría algo parecido, ¡todos los personajes eran
importantes, y debían estar allí!
Carla y la abuela comieron tranquilamente a la luz de la chimenea recién encendida, y
como era ya tarde se fueron a acostar enseguida. A Carla esto no le importó, pues ya su
día había tenido mucho de cuento, y esto la abuela lo supo. Dijeron la oración
acostumbrada, y se durmieron. La niña estaba agotada, y durmió profundamente hasta la
primera luz del día, que asomó con precaución por las rendijas de su persiana. Oma - así
le decía a veces - estaba ya levantada y la esperaba con el desayuno listo.
- ¡Buenos días Carla!
- ¡Buenos días Oma!.. Qué lindo día!.. ¿Verdad? - dijo la niña casi sin mirarlo.
- …¿Lindo día?...sssí ... Vamos, siéntate, que tienes que comer algo antes de irte a la
escuela - y sin que su nieta le diga nada, continuó con simpatía - … y además tendrás
que ver si tu amigo no necesita algo…
Dicho esto, la niña esbozó una sonrisa que le ocupó toda su cara, formando dos
profundos pocitos en sus cachetes.
- ¡Gracias Abu! – expulsó - entonces …¿crees lo que te he contado sobre Tico?
- ¿ Y por qué no habría de creerte ?...- preguntó con madurez de abuela - ¡sólo los
tontos no creen! … ¿y tú no pensarás que yo soy una tonta, no?
- ¡No abuela! – contestó Carla lanzándosele al cuello, y besándola. Luego desayunó con
impaciencia, tomó su mochila y se dirigió al establo a ver a Tico.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
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