Por

José Martínez Zuviría

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Capítulo 7: Encuentro con otros seres

Allí en el jardín, estaban todos los seres elementales, del fuego, del aire, del agua y de la
tierra. Las más llamativas eran las coléricas y fogosas Salamandras que no disimulaban
su alegría. Como pequeñas llamas sueltas, de aproximadamente 25 cm. de largo, se
expandían y extendían, cual pedazos de sol despegados de su centro. Estaban tan
exultantes que modificaban sus colores y pasaban del amarillo al naranja, luego al rojo,
y finalmente al blanco en cada salto y voltereta que daban. Antiguamente eran conocidas
como las “bailarinas de febo”, por su graciosa desenvoltura en el aire caliente. Su
particular belleza las hacía muy vanidosas, sin embargo envidiaban a los espíritus del
aire y de la luz su sutileza a la hora de moverse. Luego de éstas, las Sílfides, también
presentes allí. De tan tímidas que eran permanecían invisibles, y se molestaban mucho
cuando el sol las descubría con sus rayos en finos hilos transparentes. Al contrario que
las Salamandras, a las Sílfides apenas les gustaba mostrarse a pesar de los hermosos
colores tenues que les daba la luz, que ellas mismas traían. Generosas por naturaleza, se
reunían en tiempos de lluvia, extendían colores en el cielo y se los regalaban a los
ángeles, que de alegría se colgaban de las puntas y formaban el Arco Iris. Las Sílfides
eran casi pequeñísimos trozos de sedas al viento, profundamente suaves y
maravillosamente creativas, por esto eran llamadas las “pintoras del cielo”. También
estaban las Ondinas que, como claras sirenas imaginadas, aclaraban las aguas con sus
movimientos. A pesar de su silenciosa imagen, nunca callaban, siempre estaban
cantando, y cuando se juntaban, formaban una hermosa sinfonía coral, lo que hacía que
los peces no parasen de bailar. Cada pequeña ola que formaban estaba compuesta por
tonos musicales desplegados en el tiempo. A Totto ya se lo conoce, ¡pero estaba allí!,
completando el cuadro, que todos, excepto Carla, contemplaban desde la ventana. ¡Qué
espectáculo! Y ¿qué se puede decir de él? ¡Sabidos eran sus dotes de artista de la forma,
de modelador de cristal, y escultor de la piedra!... como todo gnomo, pertenecía al reino
de “artistas de la tierra”. Y por último estaba Craco, parecido a los enanos por su
contextura, pero más avejentado. Había vivido mucho, y se le notaba algo encorvado.
Tenía una barba blanca de largos metros, que arrastraba por el piso y parecía barrerlo.
Esa era la forma de mantenerlo. Así como sus largas uñas que mostraba con orgullo, y
que utilizaba para pulir paredes y suelos. Su labor era fundamental en la vida de la
estructura de la casa. A pesar de trabajar por separado, y cumplir funciones específicas
en la vida de la Naturaleza, se habían reunido todos, y festejaban algo; las Ondinas
saltaban por encima de las aguas del charco y la hacían burbujear; el aire se llenó de
Salamandras danzantes que le daban un calor agradable al jardín; las Sílfides se
precipitaban sobre los pastos y los pintaban de distintos verdes, dándoles más brillo; y
Totto limpiaba y peinaba con amor de artesano, las raíces salidas de la superficie, y las
enterraba, removiendo la tierra para darle aire, a la vez que Craco se posaba sobre una
ventana y observaba el trabajo como si fuera el director de una gran orquesta… ¡hasta
los pájaros parecían acompañar con sus fuertes píos!... Todo era un gran entretenimiento
que parecía preparado para nuestros tres observadores admirados de tanta belleza. A la
vista de un humano que ve más allá de lo físico, era como ver el aire convulsionado en
colores, ¡formando la obra de arte más completa!…
-¡Qué lindo! – exclamó Ian
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sin pensarlo…
- ¡Maravilloso! – continuó Laura…
-Yo… ¡no veo nada! – dijo Carla angustiada, y por más que giraba su vista y la repartía
en todos los ángulos, no veía más que un jardín desordenado. Estaba tan distraída
tratando de descubrir algún indicio de forma física afuera, que no había notado que Ian y
su madre desde afuera la llamaban.
--Ven! – le gritaron, y Carla obedeció, y si bien no veía a nadie más que a Ian y a Laura,
podía percibir un buen ambiente.
Bajo las indicaciones del gnomo, y admirados por los nuevos seres que allí estaban, pero
sin preguntar nada, Laura, Ian y Carla comenzaron a trabajar. Rápidamente trajeron
herramientas, y con cortadora de césped, pala, azada y tijera, cortaron la maleza, dieron
vuelta la tierra de las plantas y del limonero, y podaron las ramificaciones excedidas en
su longitud. En cada acción que ejecutaban, veían revolotear a los seres a su alrededor, y
quedaban encantados por su esplendor. Pero Totto, cual riguroso jefe, los intimaba a
seguir y no distraerse…
-Hay que terminar eso - les decía, y ambos lo entendían. Carla los miraba respetuosa
desde el rosal al que limpiaba de malas hierbas y ramas. Sin embargo deseaba
fervientemente poder percibir algo de aquello que los otros veían. Los observaba a los
dos felices, con la mirada perdida y la boca semiabierta, y sentía una enorme alegría,
pero también cierto descontento por no poder disfrutar con ellos semejante dicha. Esto
lo entristecía a Ian, pero no podía hacer nada. Totto pasó en un momento por delante del
niño, y al darse cuenta de su preocupación, le dijo:
–… ¡En muy poco tiempo ella nos podrá ver!…- y siguió –…es muy sensible y
trabajadora… eso la va a ayudar…, y por suerte,… ¡no pregunta tanto como tú!- le
reprochó simpáticamente.
Estuvieron toda la tarde allí, y los tres, Laura, Ian y Carla, parecían cansados, pero
contentos de lo que junto a los otros seres habían conseguido… ¡aquello parecía un
vergel colorido, imponente! Cuando guardaron todo, Totto llamó a todos, y se dispuso a
presentar a sus otros nuevos amigos. Empezó con Craco, a quien presentó como un gran
servidor de la casa…
- …Si no fuera por él, ¡la casa estaría hecha pedazos! - les dijo.
–¡No será para tanto! - confirmó éste, tratando de ser humilde, pero sin lograrlo, pues su
cuerpo encorvado se erguía y ensanchaba inesperadamente. Sin embargo su seriedad era
extrema. Lo único que quería era ser un buen servidor. Ese era el fin de su existencia.
Cuando algo salía mal, reaccionaba, se enfurecía y se ponía como loco, entonces
protestaba y hacía temblar las paredes por dentro. Tenía un grupo de ayudantes, un
pequeño subgrupo de seres de la casa, que acudían a él rápidamente en cuanto los
llamaba.
Luego prosiguió con la presentación de las Salamandras. Altaneras, orgullosas y
exquisitas a la hora de mostrar su arte, las bailarinas del astro rey, danzaron seductoras
al compás del sol una particular coreografía de formas en el aire, mientras las
expresiones de Ian y Laura se transformaban en muecas y gestos de aprobación, y si
bien Carla no podía divisarlos, sentía en su alma un gran gozo que la llenaba de una
alegría desconocida. Luego les tocaba a las Sílfides, que con cierto retraimiento,
descendieron delicada y elegantemente en rayos de sol que alternaban en distintos
tiempos. Y las almas de los espectadores apenas podían creer lo que veían…¡ tanta
magia y tanto arte desplegado en el éter! Pintaban el aire transparente de una forma
cambiante y movediza, y parecían no querer detenerse. Era como si los colores del arco
iris se separaran, dieran vueltas por sí mismos y se volvieran a juntar, en redondeles,
curvas, rectas, olas volátiles y espirales…
-¡Nunca he visto algo más hermoso!- exclamó el niño. Por supuesto que esto no gustó
nada a las Salamandras, que se miraron entre sí, asombradas de aquel comentario,
…¡ellas se creían por supuesto las más bellas! Sin embargo el gnomo Totto, sabedor de
estas cosas, atinó a decir:
-¡Gustos son gustos!- guiñándole el ojo a Laura, que con rapidez de madre consoladora
comentó:
–Es cierto, a mí lo de las bailarinas de Febo, me encantó…- y continuó –¡eso sí que era
hermoso!- …y el mal rato por suerte, pasó de largo.
Y por último estaban las Ondinas, que observaban todo desde el agua, y que en cada
exclamación burbujeaban admiradas las habilidades de sus compañeras. Y cuando Totto
y los humanos se acercaron al charco, dijeron todas juntas:
-¡Bienvenidos al mundo de lo invisible!…- a lo que los demás respondieron…
-¡Muchas gracias!- y Laura se inclinó para poder percibirlas mejor. Ahí nomás empezó
a escuchar una melodía dulce y suave, como la de un xilofón debajo del agua, y en cada
sonido ascendía un globito hacia la superficie.
– Ven - le dijo Laura a su hijo – ¡Escucha!- … ¡Y era el niño precisamente quien debía
escuchar!… porque ahí, debajo de las aguas, estaba sonando “su canción”, la misma que
le cantaba su padre, pero naturalmente sin letra,… sin embargo se oía particularmente
hermosa.
-¡Es mi canción ma!- dijo el niño admirado… -pero… ¿Cómo es que la saben?- siguió
él, e inclinó su cabeza hacia el gnomo que sonreía y le hacía señas para que haga
silencio y escuche… Y así lo hizo él y todos los allí presentes como si estuvieran en un
concierto al aire libre. Esto duró unos quince minutos de atención plena, pues la canción
se transformó en una sonata profundamente agradable que debía ser oída. Al final la
música se detuvo, y las Ondinas (que cuando hablaban lo hacían todas juntas y en coro
de distintas voces) dijeron:
- Este es un regalo para ti… ¡y
esperamos que te haya
gustado!-
- ¡Gracias…! –dijo emocionado el niño…- pero ¿cómo la conocéis?- preguntó éste que
nunca podía detener una pregunta…
- Nuestras hermanas menores, las lágrimas, nos la han enseñado… - cantaron
misteriosamente las Ondinas.
- ¿Las lágrimas? – exclamó
Ian…
- Sí, efectivamente, ¡tus lágrimas!,… ¡las que derramaste cuando cantabas esta canción!
– sorprendieron éstas…, y la cara del niño se contraía aún más…
- … ¡No entiendo…!- dijo el niño con razón… Y las Ondinas se hundieron en el charco,
y siguieron con su música del agua. No les gustaba hablar mucho, además estas cosas,
para ellas no merecían explicación. Sin embargo, el gnomo, al ver que su amigo lo
miraba como pidiéndole una respuesta, y que no iba a parar de preguntar, habló:
- Cada lágrima, como dijeron ellas, es una hermana menor, que cuando su caída no es
estrepitosa y se choca con tus labios y los moja, se disipa en pequeñas gotitas de
humedad y vuela por los aires. Algunas van a parar a las plantas, a la tierra, y otras a los
charcos o lagos. Por lo que veo, una de tus lágrimas se ha trasladado hacia aquí, y les ha
transmitido tu canción, aquella que te cantaba tu padre… ¡Las lágrimas nos revelan los
más profundos secretos de la humanidad!,… -y continuó- … ¡tu canción es un bello
secreto que las Ondinas han guardado fielmente…! Cuando hubo terminado, el niño
hizo un pequeño gesto para seguir preguntando, pero Laura, al ver el cansancio de todos,
lo silenció diciendo…
-Ya no es tiempo de preguntas, ahora es tiempo de descansar, cada uno a su lugar… -y
prosiguió con su tono amable- os damos las gracias a todos, y nos alegramos que podáis
estar con nosotros colaborando…
Dicho esto, los espíritus se fueron a sus lugares correspondientes, y Carla, Ian y Laura,
se adentraron en la casa. No había mucho que decir… ¡las experiencias con los espíritus
de la naturaleza habrían dejado mudo a cualquiera! Sin embargo, Ian preguntó a su
madre por qué Totto no entraba con ellos, a lo que Laura respondió:
- Tu amigo tiene cosas que hacer, él sabe cuándo puede entrar y cuando quedarse
afuera,… ¡ahora debes dejarlo tranquilo y hacer tus tareas…! –y mirando a Carla,
continuó -… ¿Quieres quedarte a cenar con nosotros?- pero Carla respondió que no
podía, porque su abuela la estaba esperando.

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