Por

José Martínez Zuviría

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Capítulo 6: ¡Un gran almuerzo!

Buscaron flores, pusieron un mantel nuevo, colocaron los mejores platos, encendieron
una vela grande que le habían regalado a Ian en su cumpleaños, se sentaron y esperaron.
Ian, que no podía salir de su asombro, y que sólo deseaba preguntar, comenzó…
- ¿Cuánto debemos esperar?, ¿falta mucho?, ¿mamá está bien? ¿Por qué sólo te veo yo?...y... ¿por qué en un momento ella se veía tan extraña allá abajo?
- …La paciencia no es un don del hombre, parece...- dijo Totto con cara de
resignación.- Te explicaré, ¡pero ya deja de preguntar! , ¡A ustedes hay que explicarles
todo!- protestó y prosiguió con paciencia:
- La belleza de la naturaleza que ves a tu alrededor, la que despliega una flor, una
planta, las espigas del trigo al son del viento y la luz del sol, y un árbol en su magnitud
y en su pequeñez, es fruto, entre otras cosas, de nuestro trabajo, y del de otros seres o
espíritus de la Naturaleza. El cuidado de sus raíces es nuestra función, así como las
piedras preciosas que recoges, sus colores y su forma. ¡Todo esto está laboriosamente
trabajado por nosotros, y otros seres!. Todo lo que podamos hacer por nuestra madre
Tierra, lo hacemos con gusto y alegría. Esa es nuestra misión, y el hecho mismo de
llevarla a cabo, nos da más vida. Hace un tiempo, para ustedes muchos años- aclaró- los
hombres convivían con nosotros, nos hablaban, nos cantaban, y hasta nos pedían que
cuidásemos sus plantas, árboles y sembradío. Algunos invocaban nuestros nombres en
determinadas situaciones, y nosotros acudíamos a todos sus pedidos. Pero
desgraciadamente esto ya no es así. El hombre se olvidó de su origen y de su fuente.
Cree que la Naturaleza es una simple máquina que produce alimentos. Nosotros ya no
existimos. No sólo ya no nos llama, sino que nos cree imaginados... ¡un invento de la
fantasía del hombre! Sin embargo tú “ves”... aquí estoy yo... aquí estas tú… aquí esta tu
madre que puede, a partir de hoy, “ver”... gracias a nuestro trabajo en conjunto.
- Pero… yo... ¿por qué te puedo ver? - preguntó el niño confundido.
- Uy, uy, uy...- exclamó Totto - ¡empezó la lluvia de preguntas., otra vez! Ahora ya ve a
despertar a tu madre que una buena comida le vendrá muy bien. Ya habrá tiempo de
hablar de ello.
El niño iba preguntar por qué, pero no se animó, y fue derechito a despertarla. Un beso
y un abrazo fueron suficientes para que la madre abriese los ojos y encontrase la sonrisa
de Ian, los agujeritos en los blancos cachetes, y una mirada de feliz intensidad. ¡Cuánto
abrazo, y cuánto beso junto es difícil de describir! Todo era alegría allí!. Así
permanecieron en la cama un largo rato. Era maravilloso verlos. Para Ian, no había nada
más lindo que estar junto a su madre, enredándose entre mantas y edredones,
atornillados en un cosquilleo conjunto.
Mientras tanto, Totto esperaba paciente a su amigo, y su seguramente nueva futura
amiga Laura, y se deslizaba por la alfombra con naturalidad, para recostarse en una
esquina. De pronto una voz grave le interrumpió tal intención.
- ¿Qué haces aquí?
- ¿Quién eres tú? ¡Entrometido! - le respondió enfadado el gnomo.
- ¡Craco!
- Ah, el espíritu de esta casa...- dijo Totto dándose vuelta, reconociendo su estampa. Los
espíritus de la casa tenían otro tipo de forma. Sus espaldas eran más anchas, y su
estatura un poco más pequeña, aunque poseían una gran fortaleza.
-¡El mismo!..Pero respóndeme a esta pregunta... ¿Qué haces aquí? - lo desafió Craco,
pero Totto no contestó. - ..Bien, veo que no me quieres responder...-
-.. Y… ¿por qué tengo que contestar?
- Porque los rumores circulan rápido... y yo quiero confirmarlos contigo- habló
misteriosamente... como sabiendo, y agregó- se dice por ahí, que has sido elegido para
una misión... pero no veo que seas nada especial…- expulsó sin diplomacia, para ver la
respuesta de éste..
-… Pues tú, como espíritu de la casa, no pareces cumplir bien con tu función- le
devolvió Totto - ¡la casa está bastante deteriorada!
- … Yo hago todo lo que mis posibilidades de "Ser de la casa" me permiten- se defendió
éste orgulloso, sacando pecho- lo demás lo tendrán que hacer ellos... pero… ¿qué tiene
que ver esto con mi pregunta?, ¿me vas a responder o no?
- ...Si tengo ganas sí... si no… ¡no!, no me gustan las ofensas- respondió astutamente el
enano,- y creo que me voy.- dijo como mostrando desinterés.
- No...No... ¡Espera! - le rogó Craco- ¡perdóname! ¡No te vayas! aquí se está muy solo,
y no veo a nadie de los nuestros hace tiempo- se quejó- ¡yo puedo ayudarte en lo que
quieras!...
- ... Seguro que sí…- dijo amigándose Totto y con amabilidad- pero debes disculparme,
por ahora no puedo contártelo porque en cualquier momento llegan los humanos confesó,
y para cambiar de tema preguntó…- ¿adónde te habías ido?... cuando llegué
anoche no había nadie…
- ...Me fui de viaje, por un tiempo... acá no hay mucho por hacer...- dijo éste resignado-
¡tus amigos humanos no nos consideran!... ¡no saben que estamos!, nuestro trabajo es
un poco desalentador, te esfuerzas para que la casa esté en buenas condiciones; que las
vigas no se caigan; que no se desnivele el suelo; que las paredes estén rectas...te
encariñas con ellos, y de un día para otro- hizo una pausa, y siguió…- ¡se largan y te
dejan con otro dueño peor!- confesó con naturalidad el Espíritu de la casa...
- Eso es parte cierta... pero debes entender que no pueden ver más allá de su aburrida
vista.- En cuanto dijo esto aparecieron Ian y su madre, lo que hizo que Craco
desapareciera delicadamente, sabiendo que todavía no era tiempo de que lo percibieran.
- ¡Bienvenido a mi casa, Totto!- le dijo la madre saludándolo tiernamente, intentando
agacharse para extenderle la mano al enano que se desplazaba por el suelo...
- ¡Bienvenida a mi mundo, Laura!- dijo amablemente Totto, y con un salto sorprendente
y sin que notara nadie, apareció arriba de la mesa, y en un gesto cortesano de
reverencia, le devolvió el saludo a Laura- Si quieres darme la mano puedes hacerlo,
pero a nosotros nos alcanza con un gesto. El contacto físico, por ahora, ni lo sentimos,
tenemos que conocernos mucho para poder disfrutar de un apretón de manos, o un
abrazo, como lo hacéis vosotros…- le indicó Totto educadamente. La madre entendió
lo dicho, y bajó la cabeza dulcemente aceptando la propuesta.
- Tengo hambre - dijo Ian, rompiendo el hielo de asombro que atravesaba a su madre, y
que la mantuvo un largo rato observando al gnomo sin moverse. Así pues, se sentaron a
la mesa, y trajeron la comida que con anterioridad habían preparado Ian y Totto. Al
enano se le colocó un banco sobre otro para que tenga la misma altura de la mesa .Tras
la oración de gracias, Laura sirvió a sus dos dignos comensales, y se dispusieron a
comer, y al ver que Totto no comía nada, le preguntó:
- ¿No te gusta nuestra comida?, ¿Qué es lo que comes tú?
- Nada – contestó Totto.
- ¿No coméis nada? – se alarmó Ian.
- Los gnomos no comemos, con el olor de algo que a ustedes les guste, y un plato en
vuestra mesa, nos alcanza… Nuestro alimento... si es que se le puede llamar así, son
vuestros pensamientos. Los buenos, nos incitan a seguir sirviendo, los malos
pensamientos nos caen mal, y generan seres feos que debemos eliminar para mantener
la armonía de nuestro planeta. Yo sé que tú me entiendes - le dijo a la madre, como
adivinándole el pensamiento, antes que ella llegase a decir algo. Laura asintió con la
mirada, y por un rato sintió una enorme satisfacción. Sentía que estaba acompañada de
buenos seres. Junto a su hijo Ian a quien amaba por sobre todas las cosas, y este gnomo
Totto que le inspiraba confianza. Hacía tiempo que no vivía un momento así, de alegría
contenida, de amor pleno, y de viva vida. Era extraño, pero para ella no era raro
compartir la mesa con un gnomo, toda la vida había sentido debilidad por estos seres.
No había cuento que ella contase a Ian, o que a ella le hubiesen contado, en la que estos
enanos no estuvieran involucrados. Incluso los incluía entre los muñecos que le regalaba
a su hijo, y que colocaba en algún rincón del cuarto de Ian, con troncos, y hojas. Su
padre, granjero, siempre le había hablado de estos seres, y más de una vez lo había
escuchado dirigirse a ellos para agradecerles por su trabajo en alguna plantación y
alguna cosecha. Ahora estaba enfrente de ese pequeño ser, que por su tamaño parecía
tierno y frágil como un niño, pero su aspecto y su carácter, eran los de un viejo sabio.
Lo observaba detenidamente en cada gesto y en cada palabra que esbozaba. La relación
que parecía tener con Ian, era la de un amigo, maestro y padre a la vez. Cada vez que se
dirigía a él, el niño lo escuchaba con especial atención.
- Las mariposas son flores despegadas del suelo... - le dijo con voz ronca en un
momento, mientras la madre le servía otro plato a su hijo. Ian entendía todo, y en cada
palabra abría más y más los ojos. Compartieron una hermosa cena, se contaron cosas,
hablaron por horas, cantaron, y rieron a sus anchas. Era gracioso ver a Totto reír. Su
cuerpo se desmoronaba, se tiraba al suelo piernas arriba, se revolvía, movía los piecitos,
giraba, saltaba, se volvía a tirar... ¡su ser era todo risa...! Pasaba de la carcajada a la
seriedad de un rato al otro. Así fue como hablando de la luna, les enseño una triste
canción, que cantaban los gnomos cuando los días de lluvia o de nieve se alargaban, y
ellos no podía salir a danzar… Decía así:
La luna está tapada...
No se puede ver,
La luna está tapada,
Porque va a llover,
Ay luna, luna,
Luna, lunita,
Ay luna, luna,
Luna, luna lunita
Ya no hay mas danzas
Qué vamos a hacer
Ya no mas hay juegos
Sin tu renacer
Ay luna, luna
Luna, lunita
Ay luna, luna,
Luna lunita
Descorre hoy el velo
De la tempestad
Muestra tu sonrisa
Y empieza a iluminar
Ay luna, luna
Luna, lunita
Ay luna, luna,
Luna, lunita
Era asombroso escuchar al gnomo cantar, tan pequeño, tan aparentemente débil y frágil,
y tan expresiva y potente su voz, que resonaba por las paredes y se golpeaba misteriosa
por todo el espacio, llenándolo. Ian también se animó a cantar la canción que le cantaba
su padre, hecho que sorprendió a Laura, pues nunca le gustaba revelarla ante otras
personas. Todo fue muy ameno y divertido hasta que sonó el timbre de la casa.
- Por lo que veo es tu amiga Carla - le dijo el enano a su amigo…- ¡ve a abrirle! – le
ordenó.
- ¿Cómo que la ves...si está cerrada la puerta?- dijo con admiración… y Laura sonrió.
Sabía que los enanos no son seres como los humanos, que no ven mas allá que lo que
les ofrecen sus ojos; ellos pueden ver a través de una puerta, de una pared, de una casa,
y a grandes distancias, nada físico les impide ver las cosas. El gnomo también rió, y le
volvió decir
-… Esas son cosas que mas adelante te explicaré, ¡ahora anda y abre! -
- Pero… ¿y tú?- le preguntó preocupado el niño
- ¿Y yo? ...¿y yo qué? - le contestó éste en tono de burla....
- … ¡Ella no te puede ver! -…dijo Ian alarmado...
- …Eso es así por ahora...- contestó el enano seriamente...
Y el timbre insistió una vez más. Mientras tanto Laura sacó el plato que le había puesto
a Totto, el vaso y los cubiertos, desarmó la silla que habían armado para que el enano
llegara a la mesa, y recibió a la niña con alegría. El gnomo se desplazó de la sala al
pasillo, del pasillo al cuarto de Ian, se subió a la ventana, y esperó. Mientras miraba por
la ventana vio el jardín de la casa, y se asombró. Allí estaba Craco, el espíritu de la casa,
haciéndole señas para que salga. El jardín estaba muy descuidado, ya casi no había
flores, ni plantas, sólo un rosal casi a punto de morir, un cerezo viejo cubierto de matas,
una fuente pequeña que estaba debajo de una roca , pero cubierta por los pastos, y un
caminito olvidado y sucio. Era pequeño, pero la luz del sol se distribuía simpáticamente
por sus rincones. Craco no estaba solo, y esa fue una gran sorpresa para Totto, que
siempre había visto el Jardín deshabitado. Junto al espíritu de la casa, estaba la
salamandra, o espíritu del fuego. Saltaba, se deslizaba y arrastraba misteriosamente
sobre una piedra calentada por el sol. Todos los días aparecía al mediodía, hora en que
el sol calentaba fuerte, y esperaba con su particular baile la formación del posible fuego
que nunca surgía, pero que debido a la fuerte temperatura que levantaba, ilusionaba a
este particular espíritu. - ¡Ellos siempre están allí!- le diría Totto a su amigo Ian una vez
- en el calor, esperando la resurrección, el nuevo nacimiento de su existencia... en
cuanto arde el fuego, vuelven a nacer, y se hacen fuertes por largo tiempo...¡Son muy
importantes!, cuando algo nace, allí están ellos, generando calor, dispuestos a actuar en
el momento justo.
A unos metros estaban las Ondinas, o espíritus del agua, en un charco inconcluso y
debajo de una canilla que goteaba. En pequeñas y diminutas olas expresaban su
descontento por la escasez de lluvia y humedad. Nadaban de un costado a otro del
charco, para darle un sentido a su estadía allí, y de esta forma darle vida al agua que ya
estaba por morir... - ¡Debemos cuidarlas! - le aseguró Totto mas adelante, esta vez, a
Laura - Cuando ya no tienen agua en el lugar, se disipan en humedad, y vuelan a otros
lados, donde su existencia tenga un sentido - y continuó - en cada gota de rocío que tú
ves, arriba de un pétalo de rosa, de una flor silvestre, de un pasto o una hoja, hay
muchos de estos seres cumpliendo su verdadera función, que es la de darle vida a la
naturaleza-.
Mientras miraba los gestos de Craco que le pedían que fuese al jardín, vio que una
fuerte brisa soplaba los rosales abandonados. Eran las danzantes Sílfides, o " seres del
aire" que traían la luz transportando los rayos de sol de un lugar al otro, y lo depositaban
arriba de las flores, en una danza cósmica luminosa. Jugueteaban sobre ellas y las
pintaban de nuevos colores mientras patinaban en sus pétalos. Por fin el enano
respondió a los llamados de Craco, y se dirigió por un agujero de la estufa que había en
el cuarto de Laura, hacia el jardín. Mientras tanto Ian, Carla y Laura, amasaban en la
cocina unas ricas galletas. Todo era armónico y vital. Sin embargo Ian no estaba
tranquilo, quería ver dónde estaba su amigo, y se fue al cuarto. Allí Totto no estaba… -
¿Dónde se habrá metido? - se dijo en voz alta... Buscó por todos los rincones de la casa,
y al no encontrarlo, fue a la cocina y miró con susto a su madre.
- ¿Qué es lo que te pasa hijo? - le preguntó ésta sin entender.
- ¡Totto!... ¡No está...! - dijo el niño con cara de culpa frente a Carla... pero su
preocupación era tan grande, que apenas pudo disimularlo...
- ¿Quién es Totto? - preguntó la niña, mientras veía que los dos, madre e hijo, se iban al
cuarto a buscarlo...
- ¿Totto es un perro…? - les volvió a preguntar ella, observando sin entender, debajo de
la cama junto a Laura...
- No..! Es un...- dijo dudando el niño - ... un...un...
- ¡Un gnomo, Carla...!- le contestó con segura y cariñosa severidad Laura - Un gnomo
que nos vino a visitar hace unos días y que se ha hecho amigo de Ian...
- ¿Un gnomo? - exclamó Carla....- ¡yo lo quiero conocer...! ¿Y por qué no me lo has
dicho antes Ian?...- le reprochó ésta, a la vez que buscaba en un armario...
- Te lo quise decir en la escuela, pero tú no lo veías...- le dijo Ian tímidamente...
- ... ¡Ah!... ¡ahora entiendo por qué estabas tan raro!- dijo Carla, hasta que escuchó un
grito de la madre...
- ¡Afuera...! ¡En el jardín!... ¡ahí están!....- dijo la madre mirando por la ventana-
...están... pero... ¿quiénes son esos seres tan hermosos? – se preguntó asombrada…

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