El gnomo terminó de explicar en el bosque lo que cada uno debía hacer. Se había
ocupado de elaborar varias estrategias y de estudiar todos los senderos secretos para
cada ocasión.
- Una vez que nos encontremos, debemos dividirnos en distintos caminos-...les indicaba
Totto...-y nos encontraremos al final, en otra gruta, la gruta verde. Cada camino viene de
una dirección, del norte, del sur, del este y del oeste, y todos terminan en la gruta del
viejo Zalom, a quien debemos rescatar.
-¿Qué es lo que tenemos que hacer exactamente?-preguntó Laura...
-...Rescatar al viejo Zalom, y al más preciado tesoro de toda la humanidad, ¡el Santo
Grial!...-anunció Totto, sorprendiéndolos.
-¿El Santo Grial?...-exclamó Ian asombrado...-¿el de Parzival?
- ¡El mismo!...-contestó Totto....
-... ¿El que buscaban los Caballeros de la Mesa Redonda?
- ¡Ese mismo!...-volvió a contestar...
- ¿Y quién es el viejo Zalom? – preguntó Ian.
- El gnomo-guarda, el más viejo de todos, el más sabio, y al que se acude cuando hay un
problema serio.
-¿Y cómo ha caído el Grial en vuestras manos?...- preguntó ahora Laura, mientras Tico
y Carla hacían el fuego...
- El destino lo quiso así. La misma Tierra, al verlo abandonado en una gruta, se abrió
para recibirlo. Josus, el gnomo herrero, se lo llevó a Zalom, que hoy lo cuida en una
cueva secreta.
- ¿Por qué tiene que cuidarlo? – interrogó Ian sorprendido…- ¿alguien lo quiere robar?
- Por lo que significa…- contestó Totto simplificando
- ¿Qué significa?- insistió Ian…
- ¡Sí hay un lugar donde el amor se puede guardar, ese es el Grial!… ¡y este recipiente
contiene todo el amor del mundo! - continuó Totto .
- ¿Todo? – se asombró Ian.
- Todo… pero vosotros, los hombres…- se quedó callado un rato, para luego aseverar -
¡no toleran tanto amor!
- ¿Por qué? – preguntó Laura interesada.
- Porque están involucrados en él y con él, son y no son amor, lo buscan, y en la
búsqueda, salen afuera de sí mísmos, y se olvidan que está adentro, entonces, confunden
amor con odio, y ¡arman guerras por amor...!
- Sí que son raros estos hombres! -manifestaba Tico sorprendido mientras traía unas
ramitas...
-¡Tengo miedo! – dijo Carla de pronto, y Laura se acercó para abrazarla…
- Es claro que lo tengas niña,… pero debes saber que lo contrario al amor es el temor....-
continuó Totto, y afirmó ante Laura que trataba de entender...- ¡el temor a perder el
amor!
-¿Vosotros no tenéis miedo?...-preguntó Ian.
- Nuestro único miedo radica en no servir bien a la Tierra. Nosotros estamos dentro del
amor de la Tierra, no hace falta que lo busquemos, somos servidores de algo, no lo
creamos, trabajamos y respondemos a lo hecho... ¿entiendes?
- Creo que si!...-dijo Ian con sinceridad, pero continuó...-¿y los Trholls?
- Ellos son parte de las fuerzas de descomposición y de muerte en la Tierra... ese mismo
proceso los genera...- enseñó ahora Totto.
Dicho esto, el fuego comenzó a arder y se lleno de Salamandras, los espíritus del fuego,
y con las Salamandras llegaron las Sílfides, y empezaron a bailar alrededor de él para
mantenerlo. Tico y Carla se sacudían las manos y se disponían a sentarse. Al fin Totto
dio las últimas indicaciones. Luego dijo a Tico que debía cuidar a Carla...- Nunca se
sabe... los enemigos pueden estar aquí arriba como abajo...- aseguró confundiéndolo un
poco, y finalmente les habló a todos...
-...esto no es un juego..., es una misión que conjuntamente elegimos desde el momento
que empezamos a estar juntos...., los Trholls son seres peligrosos, que solo ambicionan
para ellos, confunden el camino con la meta, y se apoderan de él. Ellos anhelan la
libertad y eso los hace mas parecidos a los humanos, pero les falta la necesidad del amor
que no tienen. No saben que todos dependemos de todos, y que si cumplieran su
función, serían dignos de cumplir otras. Desgraciadamente su fuerza de destrucción los
hará destruir todo, y si se apoderasen de la Tierra, acabarían también con ella, por eso
debemos actuar, ¡y rápido! – Culminó con cierta preocupación…- Yo iré a inspeccionar
primero, antes de nuestra partida – dijo, y se marchó por debajo de un árbol.
Un silencio arrebató el silencio y todo se hizo más dramático aún. Sin embargo las cosas
empezaban entrelazarse.
Y a Laura y a su hijo les pareció como si ahora todo tuviera sentido. La llegada de Totto
y Tico a su mundo, su relación con ellos, el interés por conocerse mutuamente, y la
sabiduría que con naturalidad éstos desplegaban. Aquel mundo mágico era atractivo,
divertido y fantástico, pero ahora se hacía realidad y ellos estaban involucrados en ella,
y en una misión ¡para el destino de la Tierra, y del hombre!
Ian era gran conocedor de la historia del Santo Grial, el mismo cáliz que tuviera en su
interior la sangre del Cristo y que fuera abandonado por los hombres a la suerte de
algunos ambiciosos, a raíz de su poderoso significado. También recordaba bien la
epopeya de Parzival, ese caballero de la Edad Media que fuera criado en soledad por
Herzeloide, su madre. Herzeloide había abandonado su origen real, despechada del
mundo de la caballería tras haber quedado viuda del gran caballero Gaschmuret, y haber
perdido dos hijos, también caballeros, en una disputa. Para evitar que su hijo pequeño
tuviera la misma suerte que su marido, se llevó al niño y a un par de servidores a un
castillo aislado en el medio de un bosque. Ella misma ordenó terminantemente suprimir
toda mención sobre caballeros. Educado por ella con amor y dedicación, Parzival se
dedicaba a cazar venados en el bosque y a correr a los brazos de Herzeloide. Así creció
el joven en la soledad de la naturaleza sin saber sobre castillos ni caballeros. Sin
embargo, una tarde ocurrió lo que su madre no hubiera deseado jamás: Parzival conoció
a unos caballeros en el bosque, y fue tal su encanto que quiso convertirse en uno de
ellos. Y aunque su madre trató de impedirlo, fue tanta su insistencia, que ella no pudo
hacer absolutamente nada. Así es que, para que se rieran de él y pudiera volver a su
casa, le tejió unos harapos, lo vistió de payaso, y le dio un caballo viejo. Cuando
Parzival se montó en su caballo y partió, Herzeloide intuyendo su destino, cayó muerta
de tristeza.
Después de algunos días, el joven llegó hasta el castillo del rey Arturo. Un caballero
poderoso y arrogante, el Caballero Rojo, acababa de desafiar al rey. Existiendo la
posibilidad de luchar contra él, Parzival pidió permiso para ello. Y con este permiso
concedido por el rey Arturo, venció a este caballero en una rara pelea, con más suerte
que arte, y tomó posesión de sus armaduras. Con el orgullo de haber vencido a un duro
adversario, y de poseer su gran caballo y sus rojos escudos, siguió hasta un castillo,
donde conocería a Gurnemanz, un anciano que reconocería las virtudes de este noble
hombre, y lo tomaría como aprendiz de caballero.
El viejo Gurnemanz se encariñó mucho con él, y lo hospedó en su castillo durante
mucho tiempo. Sólo una cosa le molestaba: la cantidad de preguntas que el joven
realizaba… ¡para cada cosa surgía una pregunta! Aún así Parzival, bajo la maestría del
viejo, vencía en cada torneo a todo aquel que se le cruzara. ¡Hasta llegó a luchar con
varios a la vez sin que lo pudieran vencer!
- Ya te puedes ir, si quieres – le dijo un día el maestro Gurnemanz - ¡eres ya un gran
caballero! Sólo debes saber una cosa antes de irte… ¡no preguntes tanto!, no es decoroso
de un caballero hacer tantas preguntas…- le aconsejó, y luego con gran afecto, lo
despidió.
Y el ya convertido caballero Parzival, emprendió camino. Y en él, encontró una ciudad
sitiada por un caballero que reclamaba a su reina, la bella Kondwiramour, para casarse
con ella.Y como esta hermosa dama no deseaba eso, Orilus, así era su nombre, había
cercado todo su entorno dejando a ella y a su pueblo sin víveres. Sin embargo el
caballero rojo, entró a la fortaleza de Kondwiramour sin problemas, y al ver a la reina
sin alimentos y sumergida en llantos, se ofreció a pelear con Orilus .Y así lo hizo. Peleó
y venció a este caballero sin inconvenientes. Después de esto, Parzival se casó con ella y
vivió feliz muchos años allí. Sin embargo un tiempo más tarde, algo inquietaba el
corazón de Parzival, una pena arraigada en su centro, un dolor le atravesaba el pecho, y
le impedía completar su felicidad con su amada: era su madre, la extrañaba y quería ira a
buscarla. No sabía nada de ella, y aunque amaba a Kondwiramour por sobre todas las
cosas, quiso ir a buscarla. Y hacía allí fue.
Pero luego de haber andado varios días, se perdió en el camino y encontró un extraño y
hermoso lugar rodeado de montañas, con un río que lo cruzaba. Allí había un pescador
sobre una balsa. Era un hombre anciano, vestido con finas ropas, que parecía enfermo;
sin embargo se mostraba amable.
- Buenos días buen hombre…- le preguntó Parzival- ¿sabes dónde puedo encontrar una
posada para pasar la noche?
- En 30 millas a la redonda no hay una sola casa, - le anunció éste- pero a unos pocos
metros de aquí hay un castillo, si quieres ve, que yo seré tu anfitrión…
Y hacia allí fue el caballero, y para su sorpresa fue recibido con altos honores.
Rápidamente se abrieron las compuertas y fue conducido a una gran sala cubierta de oro.
Ahí adentro lo hicieron sentar, y el Rey Pescador se sentó a su lado, y luego de un rato
en donde Parzival veía que la sala se llenaba de caballeros y doncellas, el rey hizo traer
una espada, y se la regaló diciéndole que esa espada solo se rompería en caso de un
grave peligro. Apenas tuvo tiempo de agradecer el joven, pues enseguida empezaron a
desfilar en fila, una detrás de otra, hermosas doncellas. La primera, de nombre Repanse
de Schoyes, llevaba una bandeja de plata que cubría un magnifico cáliz; la última, una
lanza, de cuya punta caían gotas de sangre.
Estas bellas mujeres se adentraron al recinto, y después de una vuelta en lemniscata y en
pasos acompasados y serenos, apoyaban el cáliz sobre el plato de cada comensal, y estos
inmediatamente se llenaban de exquisitas comidas. Luego, la columna de mujeres
comenzó a retirarse, y otra vez se deslizó en armoniosas curvas que iban y venían con el
Cáliz adelante y la lanza detrás, ¡y la imagen era imponente!. De ahí, las damas se
introdujeron en una habitación lindante, y desaparecieron.
A Parzival le pareció todo muy extraño, y quiso preguntar qué significaba tal
ceremonia, pero se acordó de Gurnemanz, su maestro de caballería, que le había
aconsejado aquella vez al joven inmaduro y parlanchín que no preguntase tanto… “No
es decoroso para un caballero hacer tantas preguntas”- le había dicho aquella vez.
Terminado el acto, el rey pescador hizo un profundo suspiro, y sugirió al caballero irse a
dormir, pues lo veía muy cansado. Y Parzival agradeció, y fue llevado a un cuarto donde
pasó la noche. Y su noche fue una terrible pesadilla, y apenas pudo dormir. Finalmente a
la mañana siguiente se levantó, esperó que viniesen los pajes a vestirlo, pero como nadie
vino, se vistió solo. Extrañado, caminó por todo el palacio sin que allí notase rastro de
algún ser. Ya afuera, con el puente bajo, lo cruzó, y no bien dio el último paso, éste se
empezó a subir precipitadamente, y al instante alguien a gritó…
- Adiós hombre tonto!...tu vida estará cargada de sufrimiento por no haber preguntado
…¡el rey Anfortas no encontrará descanso a su dolor, y tú no serás nuestro rey!...¡vete!
Si algo le faltaba a Parzival para no entender absolutamente nada de lo que allí sucedía,
era esto. Y extrañado continuó el camino. Sin embargo al poco tiempo pudo empezar a
ver las cosas de distintas maneras, pues al rato de haber partido de allí, se encontró con
su prima Sigune, sobre cuyas piernas yacía el cuerpo de su marido Schionatulander,
muerto por otro gran caballero.
-¿De dónde vienes buen hombre?-le preguntó ella.
-… Vengo de un castillo de acá cerca...- contestó él con naturalidad ...
- Eso es imposible!, ¡no hay castillos en toda la región...! Entonces Parzival le contó lo
sucedido en el castillo, y ella, con un suspiro que completo el dramatismo, le empezó a
gritar…
- ¡No tienes piedad caballero!... ¿Acaso no has visto al hombre enfermo?; ¿Acaso no
pudiste percibir su sufrimiento?
- Este…- intentó disculparse Parzival – yo sólo iba en busca de mi madre…
- ¡Tu madre está muerta, Parzival! – le reprochó ella – ¡murió cuando tú te fuiste sin
siquiera mirar atrás…! ¡Has perdido a tu madre, y has perdido el Grial!...- y entre
sollozos, le dijo que aquel pescador que estaba postrado y enfermo, era el mismo rey del
Santo Grial, que sufría una enfermedad mortal terriblemente dolorosa. Y que sólo la
punta de la lanza que tocaba el Cáliz, al introducirse en la herida , lograba calmar su
sufrimiento por un rato, hasta el día en que un caballero hiciese la pregunta que lo
liberaría de su pesar. Sin terminar de entender, él le preguntó cuánto tiempo iba a estar
velando a su marido…y ella le contestó que hasta su propia muerte…
Así Parzival se despidió triste y pensativo, y siguió su camino.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
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