Por

José Martínez Zuviría

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Capítulo 18: Ian en la caldera

Mientras tanto Ian permanecía en la caldera, inconciente y dormido, hasta que una voz
suave le tocó la cabeza y le habló:
-Debes despertar..., ¡hay mucho por hacer!...-Ian apenas pudo abrir sus ojos, y boca
abajo y con los brazos, viró su cabeza hacia arriba, a un costado, y dijo...
- …No tengo fuerzas para levantarme... ¿quién eres?
- …Tu ángel... - le dijo éste, y le extendió la mano para que se levantara. Una mano
totalmente blanca, que al tomarla le hacía recobrar algo de vida, y le enfriaba un poco el
cuerpo.
-…Sácame de aquí, por favor...! –le dijo Ian angustiado…
- No puedo sacarte, y aunque pudiera, no lo haría,… esa es tu tarea, ¡te corresponde a ti
salir...!
-¿Por qué?
-...Porque en eso consiste la libertad del hombre, yo sólo puedo aplacar tus males y darte
fuerzas para que busques la piedra que tan valientemente te ha tirado Minus -dijo éste
mientras iba ascendiendo con una sonrisa de ángel que colmaba todo el espacio.
- ¡No te vayas!-gritó Ian, pero el ser blanco ya no estaba, y aunque estaba reconfortado,
se sentó en el montón de piedras, y se largó a llorar desconsoladamente.
Su llanto era tan profundo, tan profundo, que se deshizo en lágrimas que mojaron su
cara y la empaparon. Y al caer en su boca, llegaron a su lengua, que pasaba por su labio
superior solamente con la intención de mojarla un poco. Y al hacerlo notó que las
lagrimas de sal, se iban convirtiendo lentamente en lágrimas de agua, ¡sí...de agua!... ¡no
eran lágrimas comunes! Era agua que brotaba de sí mismo. Entusiasmado pasó su
lengua y bebió, bebió, tanto como necesitó. Y entonces lloró, pero ahora lo hacía de
alegría, y cuando más lloraba más podía saciar su sed, así, hasta lograr vitalidad
nuevamente. Entonces se levantó de un salto, y al hacerlo, se desmoronó parte de la
montaña de piedra, descubriendo a la piedra fría que Minus le había dado, que estaba
debajo entre varias. Ahora sí, con piedra en mano y después de haberla pasado por todo
su cuerpo, se propuso hacer una buena pila que llegase a la altura de la pared negra, y así
poder escalarla y escaparse. Y se acordó del ángel, de su ángel, y se sonrió.
Afuera de la caldera, los trholls seguían de fiesta, y un ejercito de 5000 trholls pululaba
por toda el valle florido. Unos 50 rodeaban el Corazón de la Tierra que estaba elevado
sobre una piedra alta, sobre la vasija protegida, en un cristal triangular. Su latido iba
mermando de a poco, y esa era la preocupación de los enanos. El Corazón no iba
aguantar tanto tiempo fuera de su cuerpo, y si seguía así, se secaría pronto. Pero la
ambición de los trholls era tan grande como la ignorancia, y su necesidad de conquista
del mundo superaba toda reflexión. Era tal su entusiasmo que Tuzal había dispuesto su
lugar de residencia a unos 100 metros de la piedra azul para poder observarla desde
cualquier ventana. Un castillo hecho por los esclavos-gnomos, elevado sobre una roca y
rodeado de un fuerte. Las paredes eran de piedras de todos los colores, hechas con el
peor de los gustos estéticos, brillaban a destiempo, y sin sentido de la luz.
- ¡Esto sí que es hermoso!...-gritaba Tuzal, mientras miraba su obra...
- Hermosamente asqueroso... – susurraba irónico Dicos, el gnomo artista-decorador -
¡parece vómito de sapo enfermo!.. .- y todos los gnomos reían silenciosos la
ocurrencia...
Los enanos descansaban sentados en hileras, apoyados unos sobre otros, con sus cabezas
cargadas de angustia y preocupación. Seguían atados, y cuando uno se daba vuelta hacia
un lado, obligadamente debían hacerlo todos, y esto provocaba un movimiento conjunto,
cómico-dramático, que entretenía mucho a los Trholls, y los hacía reír y burlarse de los
pobres gnomos. Minus era el último, y cuando todos giraban, recibía el tirón con tanta
fuerza, que lo sacudía por el aire y lo depositaba en el suelo nuevamente. Pero como no
podía dormir, pensaba distintas formas de escape.

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