Arriba, sobre la tierra, todo era agua, y en mitad de la noche Trinidad se despertaba
sobresaltada. Enseguida fue hacia donde estaba el cuerpo de Ian, y le tocó la cabeza.
Parecía no tener fiebre, y esto la alegró muchísimo. Luego le puso otro paño mojado
sobre su frente, y se volvió a dormir nuevamente.
Pasaron horas, días, ¡semanas enteras! con la lluvia a cuestas, mermando o aumentando
según el momento, según el estado de tristeza o de esperanza de la Tierra, que ya
empezaba a deprimirse. Las clases se habían suspendido … ¡la escuela estaba totalmente
inundada!. Carla y la abuela se tuvieron que trasladar al establo porque era el único
lugar que no tenía agua. La casa de ellas ya estaba tapada. En varias ciudades se había
decretado el máximo alerta. Los alimentos escaseaban y ya la gente no tenía donde
dormir. Algunos lo hacían arriba de sus casas, otros en lugares públicos donde todavía
no había llegado el agua y donde vivían familias enteras hacinadas. Pestes y más pestes
se apoderaban del aire ya maloliente y convertían el lugar en nicho de enfermedades y
muerte. Vacas, ovejas, caballos, la principal fuente de trabajo de la región, flotaban sin
rumbo y sin sentido. Los habitantes de Potes, estaban resignados, o más bien, se habían
acostumbrado a sobrevivir con el agua. Los que podían se trasladaban por un tiempo a
un lugar más habitable, los más pobres debían quedarse, y ver cómo morían sus
animales y algunos de sus seres más queridos.
-Tenemos que actuar ahora!...-le exigieron a Craco Tico y los espíritus de las casas, en el
jardín de la casa de Laura, en donde se habían reunido...- ¡esto se está poniendo mal..!
-... ¿Y que haremos sin Totto?...-dijo éste con seriedad...
-...¡No podemos seguir esperándolo!...-habló Tico, y los otros se sumaron
afirmativamente con un movimiento de cabeza conjunto...
- Bien...- dijo Craco pensativo, aunque en el fondo hubiese preferido esperar a Laura,
Zalom y Totto. Todo había sido demasiado de golpe para él, y ahora debía comandar
algo para lo cual no se sentía tan preparado, sin embargo era un desafío que quería
hacer...- ...será esta noche, … ¡pero es preciso que busques a tus amigos...!...- le dijo a
Tico, ahora con convicción...
-¿A que amigos te refieres?...
-...A...a... ¡los temibles tres!-contestó Craco recordando su apodo...
-¡No son mis amigos!-se enfureció éste...
-Lo que sean, es fundamental tener más seres que vengan de arriba, los de abajo están
todos dominados.
- Pero estos humanos, los temibles tres ¡son brutos!, pedazos de brutos,¡muy brutos!...-
exclamó Tico...
- Esta noche te esperaremos todos en el norte del bosque, en la gruta, y por ahí
entraremos...-dijo Craco...-pero si no vienes cuando la estrella de Marte esté en su punto
más alto...nos iremos...
-Ah... ¡qué bien!... ¡muy amable de tu parte!...-reaccionó Tico, mientras veía cómo
todos se marchaban, y él quedaba protestando solo en el lugar... - ¿quién me manda a mí
a meterme con estos sopencos?...refunfuñó, mientras se iba hablando en voz alta... -
Totto... ¿en dónde te has metido? – suspiró, y lamentándose por su difícil misión, se
dirigió antes de marcharse hacia el cuarto de Laura.
Ahí, todos dormían placidamente, y Tico se detuvo a contemplar los cuerpos de madre e
hijo. Sin embargo Laura- espíritu soñaba aún su sueño real. Y allí estaba ella, en otros
tiempos y otras tierras desconocidas. Y la sangre los hacía transportar en espacio y
tiempo, ¡más lejos todavía!;… precisamente, ¡hacia la antigua Jerusalén!
En ese lejano país, Laura y los gnomos viajaban por los cielos contemplando cada área y
cada nuevo lugar. Estaban maravillados y extasiados de tanta belleza. Por fin llegaron a
una torre alta y ahí se detuvieron dando vueltas alrededor de ella. Las palomas parecían
buscar un hueco para entrar, hasta finalmente encontrar una ventana con rejas rotas.
Decididamente sutiles y ligeras, se introdujeron sin ruido y sin peso en la torre, y
descendieron lentamente a una gruta. Ahí permanecía acostado al lado de una lanza, un
hombre de mediana edad, agónico y desfalleciente, con la esperanza consumida de
oscuridad y llanto.
- Y ahora… ¿quién es este pobre hombre? – preguntaba la preguntona Laura,
enternecida por el triste cuadro.
- …Su nombre es José de Arimatea, discípulo de Cristo… - contestó Zalom seguro.
- ¿El discípulo de Cristo? – se asombró Laura.
- El mismo – respondió el viejo, y agregó – el que tomó este Cáliz en el que tú viajas y
de donde Jesucristo bebió su sangre en solemne forma con sus apóstoles en la ultima
cena.
- Sí, conozco la historia – continuó Laura - aquel día se despedía y les anunciaba que iba
a ser entregado por parte de uno de ellos…- se cumplirán las escrituras y será lo que
deba ser - les había dicho el Señor… - alguien me traicionará y moriré en la cruz....
Laura no se confundía. La historia nos cuenta que el señor Jesucristo fue muerto y
crucificado, como él lo había anunciado. Pero antes de su definitiva muerte, un guardia
romano llamado Longinos, lo hería a un costado, con una lanza, como la tradición lo
indicaba. Esa misma noche y sin que nadie lo viera, se acercó José de Arimatea al
monte Gólgota, donde estaba Cristo, recogió la sangre que goteaba incesante, y llenó el
cáliz. Luego tomó la lanza que lo había herido, descolgó el cuerpo de la cruz, lo cargó y
lo llevó a su sepulcro, y lo enterró. Esto estaba prohibido por los romanos, que tenían
como ley que los crucificados debían ser sepultados en una fosa común, junto a ladrones
y maleantes. Al poco tiempo, José de Arimatea fue descubierto, castigado y encerrado
sin pan ni agua, en la soledad de una torre abandonada en las afueras.
En ese oscuro lugar, dolorido, apesadumbrado y abatido, permanecía este hombre
confinado a su triste destino.. Dramáticamente débil, José dejaba caer de a poco su
cabeza cargada de soledad y pena, y se entregaba a la muerte. La piel replegada, los
parpados apisonados, y unas manos santas que abrían desoladas su propia ofrenda,
preparaban el último acto: La muerte. Y se preparó para ello. Hizo unas oraciones y con
las pocas fuerzas que le quedaban, se encomendó a Dios.
Pero las palomas se colocaron plácidas y bondadosas al lado del cuerpo, depositaron el
cáliz en el suelo, y ambas, con sus picos, hicieron una seña a Laura, que miró sin
entender a sus dos colegas. Sobre la copa sobresalía en redondel hacia arriba, un enorme
hostia que le completaba su forma. Las aves divinas repitieron el ademán, y ahora Laura
comprendió y reaccionó. Y con la delicadeza que el pan celestial exigía, tomó la hostia
con sus dos manos y se la acercó a la boca, que apenas podía abrirse.
La expresión de Laura esbozaba incertidumbre y asombro. Su boca se abría con la boca
del hombre, como si también comiese o necesitase comer. Y poco a poco se iba
introduciendo el alimento vital que su cuerpo y espíritu necesitaban…y poco a poco iba
cobrando vida. Luego, y ante otra dulce orden de alas, Laura tomó el cáliz, y aunque lo
vio vacío, se lo inclinó para que bebiese. ¡Y la sangre se hizo agua, y el agua sangre! Y
el hombre sonrió...sonrió, ¡y lloró de alegría! ¡Cuánta felicidad experimentó Laura en
ese gesto y en esa acción! Su risa colmó el espacio, y el espacio amplió su risa, plena,
repleta y rebosante, mientras Totto y Zalom completaban el gozo, observando a Laura,
observando al hombre… ¡y juntos suspiraban una comunidad de felicidades, que se
extendían por la gruta y rebotaban alegres de henchida confianza! Todos los días
repetían la misma acción, y se marchaban por las alturas, y todos los días regresaban y
experimentaban el mismo gozo.
Sin embargo una noche en el momento mismo que Laura alzaba la hostia y se la daba a
José de Arimatea ya revitalizado y fuerte, un murmullo se iba acercando. Venia desde
afuera y parecía querer meterse en la torre. Un golpe y otro golpe rellenaban con
violencia el aire, mientras Laura, un poco nerviosa y mirando hacia fuera, le apoyaba la
copa para que el hombre bebiese. Los golpes se multiplicaban y provocaban un
ensordecedor ruido. De pronto, José se puso de pie y se plegó del susto contra la pared.
Los tres miraron a las palomas esperando que éstas tomaran vuelo y se marchasen hacia
arriba con ellos, como lo hacían todos los días. Pero las palomas irguieron
delicadamente sus cuerpos, abrieron sus alas en forma de saludo y se marcharon
volando, solas, por las rejas de la ventana de la torre. Y los cuatro levantaron sus
cabezas y contemplaron confusos el último vuelo, que entre los golpes que venían del
exterior rompiendo la pared, confundían el rítmico aleteo de esos maravillosos pájaros.
El roce de las alas contra las rejas dejó tres plumas, que etéreas, descendieron hacia ellos
y se metieron en la copa justo en el momento en que la pared se rompía.
Los soldados entraron rudos y se sorprendieron de ver un hombre allí, y además ¡vivo! ,
¡Sano y salvo! José de Arimatea, tomó el cáliz con sus manos y, por miedo a que se lo
quitaran, lo cubrió con sus ropas viejas y desvencijadas, apoyándose en la lanza como si
fuera un palo largo. Los intrusos no eran enemigos, sino judíos que recuperaban
Jerusalén de los romanos, y se alegraron de ver a José vivo. ¡Cuarenta años habían
pasado desde que él había sido encerrado en la torre sin alimento ni bebida!. El discípulo
de Cristo fue liberado por fin, con el cáliz y la lanza, y junto a nuestros amigos
emprendió un largo viaje hacia las tierras de la Gran Bretaña.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
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