Ian-espíritu permanecía en la caldera de los Throlls, y Laura-espíritu sobre el Cáliz, en
su viaje a través del tiempo, que le enseñaba un recorrido inesperado e incierto. Las
palomas los depositaban ahora en la corte del rey Arturo, y se marchaban volando, con
sus alas blancas en un cielo gris. Parzival previamente había estado contemplando las
gotas de sangre, y había sido molestado por dos insolentes caballeros que él derribara
con facilidad. Luego Gauvain, el caballero cortés y afable, lo había invitado a conocer al
rey Arturo. Y Arturo, luego de una suntuosa y magnifica ceremonia, lo tomó a su
servicio. Y así Parzival aprendió de él el camino del honor y la verdad, en la vida de un
caballero.
- … ¡Debes cuidarlo!- le sugirió el rey Arturo una vez a Gauvain, su más preciado
hidalgo …- ¡no hay hombre que lo supere en fuerza y bondad!- Y así lo hizo Gauvain,
que se convertiría después, en el fiel amigo y compañero de Parzival. Y juntos
emprendieron grandes batallas, haciéndose invencibles en cada una de ellas. Sin
embargo nunca olvidaban las palabras del rey Arturo cuando alegaba…
-“ …la lucha entre los hombres debe tener el fin de la verdad, sino es estúpida y salvaje -
y pronosticaba - llegará un tiempo, en que no necesitaremos más de la confrontación
cuerpo a cuerpo, ¡y la palabra será las más noble, pacífica y maravillosa arma de las que
pueda disponer el ser humano!… allí estaré yo también…” Y sus enseñanzas eran
escuchadas con devoción por todos sus caballeros.
Una tarde se hallaban reunidos todos en la corte del Rey Arturo. Reían y festejaban una
nueva victoria sobre unas tierras recuperadas de un mal rey, que las había hecho suyas, y
levantaban las copas brindando por Parzival, uno de los artífices de la conquista. Éste
estaba en la cúspide de la caballería y gozaba de fama y prestigio.
Al pie de la Mesa Redonda, sin jerarquías ni rango, convivían bajo un mismo ideal
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hombres de todos los costados de la tierra, en absoluta armonía. Sin embargo en ese
mismo instante en que coreaban un “Viva el rey”, se apareció sobre una mula, mitad
animal, mitad mujer, una figura estrambótica, fea y grotesca. Su nombre era Kundry, y
sus aullidos se escuchaban por todos los rincones. Esta especie de monstruo con cara de
animal irrumpió a los gritos en la sala, y apuntando a los allí sentados, exclamó:
- ¡Habéis denigrado y deshonrado la caballería, con la presencia de este hombre!- y
señaló con un dedo largísimo a Parzival, que miraba estupefacto al adefesio. Toda la
corte quedó atónita y sin poder decir nada ante tanto arrebato virulento y tanto odio
concentrado contra el mejor caballero que allí se encontraba. Sólo el rey atinó a decir
con absoluta calma:
-¿Y a qué se debe tal encono?..
- ¡Cobarde! …¡vil! - chilló más fuerte ahora frente a Parzival - …¡esta especie de
caballero mal habido, ha desaprovechado la oportunidad de quitarle el mal a Anfortas,
rey del Grial, y sanarle la herida que lo pudre de a poco por dentro!
-¿Es que Anfortas está herido?- preguntó el Rey Arturo, que conocía la hidalguía y la
grandeza de Anfortas.
-¡Está herido de muerte!-contestó Kundry - Un caballero de nombre Balon, antes de ser
muerto por él en un enfrentamiento que tuvieron por una dama, lo hirió con una lanza. Y
su herida no cura, ¡y sus dolores sólo son calmados por la misma lanza que le hirió!
El rey comprendió de qué lanza estaba hablando, y se apenó sobremanera.
-¿De qué mal le acusas?-preguntó el rey.
- ¡De no tener coraje!, ¡de ignorante y bruto, por no haber hecho la pregunta adecuada,
ante semejante ritual que pasaba delante de sus narices!- espetó ella, yéndose y
vociferando contra todos, pero mirando firmemente a los ojos de Parzival, que apenas
podía contener su dolor… - ¡inhumano y pusilánime, no tendrás perdón! … ¡tu vida está
signada al drama, en castigo a tus tontos y malos actos!!
Dicho esto subió a su mula y se marchó torpemente atropellando a los pocos pajes que
estaban en el camino.
Un silencio de espanto y desconcierto albergó a todos los allí presentes que sentían
especial cariño por el noble y bondadoso Parzival, quien permanecía ahí parado,
apesadumbrado y abatido bajo tales acusaciones.
Y en ese grupal mutismo, ese silencio conjunto que incomodaba todo el espacio, una
brisa suave y delicada empezó a soplar sobre la mesa y a rellenar todo el vacío: Un ángel
de alas rosas con hermosas manos de seda, sostenía en el aire un objeto intangible,
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cubierto por un velo de color verde, lo bajaba paulatinamente, y lo depositaba en el
centro de la mesa. Sonriente y amable, este hermoso ser inesperado, fue levantando el
velo con especial sutileza, asombrando a todos los caballeros allí presentes. Allí estaba
el mismísimo Cáliz, el Santo Grial, ¡excelso!, ¡soberbio!, ¡noble!, y en él, nuestros tres
amigos invisibles, que se miraban a sí mismos, y contemplaban, sin ser vistos, los
rostros de los invitados a la mesa redonda. Estaban llenos, colmados, y extasiados de
semejante vivencia. Y esos segundos mágicos y milagrosos, abastecieron el éter, y lo
sanaron de nuevos vientos. Había que verlos allí a todos. ¡Después de haber visto a
Kundry berrear y clamar contra Parzival y el rey Arturo, aparecía esto y le daba una
nueva música a ese tiempo! Algo maravilloso se presentaba y les renovaba el alma. Y
ahora sí, ¡los caballeros enseñaban nuevos tonos en sus pieles, y creían nacer de nuevo!
Y así como vino, este ser alado, suave y silencioso, se elevó nuevamente hacia las
alturas, provocando la elevación de los semblantes unidamente sobrecogidos ante tanta
belleza. Pero Laura, a la inversa de los allí presentes, impactada por el cuadro que tales
hombres ofrecían, serenos, íntegros y profundamente bellos, gritó desde arriba…
- ¡Esto es hermoso! ¡quiero quedarme aquí! - y se lanzó del Cáliz al vacío. Por suerte la
habilidad y la destreza de un gnomo, podía más que la pasión de un humano, y de un
salto, Totto tomó a Laura de un brazo, pidió perdón a los caballeros, que ni veían ni
escuchaban a nuestros disparatados amigos, y colgándose del ángel levitó con él.
- … ¡Humanos! … ¡humanos!… - dijo con soberbia…- ¡la pasión los pierde siempre!
El ángel se fue de allí, dejando a todos boquiabiertos sin poder decir palabra alguna. A
partir de ese día, todos los caballeros que estaban reunidos, se levantaron y se fueron con
la imagen fresca y majestuosa del Santo Grial, y esa representación misma, les alcanzó
para ir en su búsqueda.
Parzival por su lado quedó conmovido y exhausto… ¡era demasiado para él! Primero
Kundry, con su maléfica y resentida verdad; luego ese objeto, el Grial, símbolo y
emblema del amor de Cristo hecho vivencia en unos imborrables segundos. Acongojado
y abatido, se despidió también, cargó su melancolía sobre sus apesadumbrados hombros,
y se dirigió hacia dios sabe donde, con la intención tardía, y el temprano fracaso de su
inmadurez.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
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