Por

José Martínez Zuviría

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Capítulo 27: Parzival en peligro

Afuera, en Potes, el sol expulsaba con fuerza sus rayos, y la gente se agolpaba en la
sombra de algún árbol o en el interior oscuro de las casas. Las calles en la hora de la
siesta sorprendían de silencios, y Trinidad con la ayuda de Carla acababa de terminar de
lavar los cuerpos de Ian y Laura, cuyos espíritus seguían su misterioso viaje. Y el de
Laura se iba con Parzival.
El Grial, Totto, Laura y Zalom, compartían el camino que ahora recorría el joven
caballero.
Parzival tomaba su caballo y se marchaba pensativo a través de valles y montañas.
Estaba profundamente dolorido. El viento le soplaba en contra, con la misma intensidad
que sus recuerdos. Primero la terrible imagen de su madre desmayándose y cayendo
muerta de pena, (según le había contado su prima Sigune), lo mortificaba, día y noche.
Luego, extrañaba a su amor Kondwiramour, a quien hacía años que no veía. Y
finalmente, la dolorosa historia... Anfortas, rey del castillo del Grial, herido en una
cama, casi por su culpa. Se preguntaba por qué todos los pasos que daba le atraían
desgracias, y por qué nunca conseguía dar felicidad a los que lo rodeaban. Sumido en
sus pensamientos, Parzival dejó rienda suelta a su caballo, un poco por resignación y
otro por cansancio, y se entregó al camino haciéndose con él.
Cinco años deambuló así Parzival, con su alma destrozada buscando el Grial, sin
rumbo. En su camino había ayudado y protegido a varios hombres y mujeres contra
ladrones y malvados, había recuperado tierras sitiadas, y había luchado contra varios
caballeros a la vez. Sin embargo, el joven caballero estaba desilusionado del mundo y de
sí mismo. Estaba descreído de todo, y se sentía abandonado por Dios. En el camino vio
un día que los hombres no llevaban armas, ni armaduras; algunos iban de blanco, y otros
entonaban cánticos religiosos que hablaban de Dios. Pero él no quería saber nada, ni
escuchar nada. Cansado y desamparado, se recostó sobre el caballo y se quedó dormido.
El Grial lo seguía de cerca; nuestros tres amigos también, preocupados por cada destino
que a él le tocaba vivir.
De pronto, sin aviso previo, un hombre le llamó la atención, pero él no se dio por
aludido. Nuevamente el caballero sin yelmo desde lejos le gritó, pero Parzival despierto,
132
seguía con la cabeza gacha y los brazos caídos hacia abajo. Sin embargo un ruido de
galope violento que se le acercaba lo sorprendió, y cuando levantó su cabeza para ver
qué era, se encontró con un enorme hombre embistiéndolo con una lanza. Todavía
distraído, pero rápido de reflejos, Parzival consiguió esquivarlo, pero enseguida
arremetió otra vez el extraño, y comenzó con esto una encarnizada disputa con su
desconocido enemigo. Una polvareda de tierra se levantaba sobre los aires. Golpes, más
golpes y más golpes, retumbaban violentos por el espacio abierto. El sol radiante
acompañaba el rito de la fuerza, la valentía y la honorabilidad probándose a sí mismas
en estos dos hombres intrépidos que apuraban su vitalidad, y se peleaban con pasión de
caballeros. Con ímpetu y violencia, emprendían uno contra otro, alternándose
mutuamente en el dominio de los cuerpos. Primero uno, después otro, adelantaban o
retrocedían con sus caballos, en distinto orden. Entre embestidas de golpes, espadas y
lanzas, se podía ver a Parzival sobre un caballo blanco, con su ancha espalda, su rostro
firme y bondadoso, y una postura de hombre experimentado en estas acciones.
-¿Qué esta pasando con estos caballeros? ¿Por qué tanto odio, tanta bronca desplegada?-
preguntó Laura desde el Grial que asomaba sobre una loma detrás de un árbol.
-Es Parzival que se debate a duelo entre la vida y la muerte...-dijo Zalom.
-¿Y quién es el otro hombre?
-No lo sé- contestó Totto- pero su fuerza iguala a la de Parzival… ¡parece imposible de
vencer!...-
El que luchaba contra Parzival, era de elevada estatura, y sobresalía inmenso sobre un
caballo tobiano de varios colores. Tenía una particular característica; era mitad negro y
mitad blanco, como si fuera un tablero de ajedrez. Una cara que dividía dos mundos bien
delineados, y los separaba en colores; la raza Arábiga-africana, por un lado, y la europea
por el otro. Y en ese rostro partido negro y blanco, se intercalaban también estados de
bondad y odio, de furia y cansancio. Bien plantados en el suelo, los caballos tampoco
parecían entender tanta fuerza. El ímpetu y la vehemencia en sus choques, llamaban la
atención a Parzival, que nunca había tenido enfrente a alguien tan duro y resistente. En
sus comienzos de aprendiz de caballero, su maestro Gurnemanz lo hacía luchar con los
más fuertes y experimentados de los suyos, para probarlo en el combate, pero él los
superaba tan fácilmente, que el viejo le enviaba de a dos y de a tres caballeros juntos,
para que lucharan contra el alumno. Y aunque se le hacía difícil luchar contra varios,
éstos también eran vencidos. También se había enfrentado una vez, sin quererlo, con su
fiel amigo Gauvain, a quien no había podido reconocer porque tenía el rostro cubierto
133
con el casco, y poseía una insignia que le era desconocida. Parzival aquella vez, lo atacó
sin piedad, y en medio de la reyerta, estuvo a punto de ser vencido por Gauvain. Sin
embargo, al final se repuso, y cuando lo estaba superando en fuerza, a uno de los dos se
le cayó el yelmo, y se reconocieron e interrumpieron la dura pelea. Ahora tenía frente a
sí a uno que lo igualaba, y eso lo confundía… - ¿Quién será este hombre extraño, de
exótica mirada, piel color caoba y ojos relucientes? – pensaba - ¿por qué estoy luchando
contra él?; ¿qué me ha hecho? … -se empezaba a preguntar Parzival. Y en ese momento
de reflexión y conciencia, el hombre lo asaltó, lo tiró del caballo, y lo hizo caer al suelo.
-¡No!- gritó Laura, mientras Zalom y Totto se miraban desconcertados, porque veían
que el hombre al que acompañaban con el Grial, estaba por terminar con su vida. Y
Laura que había sentido tanto amor por José de Arimatea, con quien también había
compartido parte de su vida, ahora se involucraba afectivamente con Parzival. Pero no
era el mismo amor que había sentido por José, éste era un amor maternal y de
protección. Lo veía noble, joven, valiente y de enorme corazón. Sin embargo, Parzival
estaba tirado en el suelo, casi abatido de cansancio. Y en el momento en que el hombre
blanco-negro lo iba a someter con su espada, Laura desde el Cáliz clamó:
-¡Levántate hijo, por favor! – … y como si escuchara el llamado de Laura, Parzival dio
vuelta su cabeza, miró hacia donde estaba el Grial, y como si lo estuviera percibiendo,
recobró su fuerza, pegó un salto hacia arriba y esquivó el golpe que venía certero y
preciso. Ya recuperado, avanzó con fuerza hacia él, y contra piedras y rocas continuaron
la disputa de a pie. Y ahora era el caballero negro y blanco el que estaba arrinconado,
arrastrado por la fuerza de Parzival. Pero éste, sin dejarse vencer, agarró su espada con
firmeza, y descargó un golpe eficaz, tan certero, que la espada del caballero Parzival se
rompió en mil pedazos. Y para sorpresa de ambos, esas piezas volaron por el aire como
impulsadas por un huracán, y desaparecieron en él. Sus miradas se complicaron por un
rato, pues los dos se quedaron asombrados por esa imagen tan extraña. También Totto,
Zalom y Laura, apenas podían entender lo que pasaba… - ¿Y ahora?, ¿que hará el noble
caballero sin espada?, ¿morirá? - se preguntaba Laura, y el silencio y los pasos del
hombre de color, que se acercaba lentamente hacia su contrincante, enmudecían a
cualquiera. Por fin, el adversario avanzó un poco más hacia Parzival, y haciendo un
ademán con su cuerpo, como de respeto, inclinó ante la firme mirada de Parzival su
espada hacia un costado, y la tiró lejos, muy lejos ¡El recorrido de ella podía seguirse,
hasta ver cómo quedaba incrustada en la tierra! Y ahora sí, de igual a igual, estos
orgullosos hombres continuaron por horas, disputando sus fuerzas, y cayendo por fin los
134
dos exhaustos. La fortaleza, la destreza e hidalguía de ambos, creía corresponderse,
porque ni uno ni otro se pudo doblegar. Allí se miraron turbados y desorientados, y entre
gemidos y quejas por los dolores, después de un rato, se preguntaron sobre origen y
descendencia.
-Feirefis es mi nombre, oriundo de Bagdad, hijo de Gaschmuret y Balakane - pronunció
el hasta ese momento adversario-¿y tú?
En ese instante, Totto y Zalom intentaban serenar a Laura, que se salía de sí de emoción
y exaltación, y manifestaba abiertamente -¡son hermanos! - queriendo dirigirse hacia
ellos y unirse al encuentro como un integrante más. Pero con un gesto severo y firme,
Totto la detuvo y la obligó a callar...
-¡Haz silencio!, ¡esto continúa! –
...Y Parzival habló, conmovido y confundido:
- Si desgracia o dicha, nuestro encuentro, sólo el destino lo sabe – manifestó - pues mi
nombre es Parzival, y provengo del mismo padre, ¡Gaschmuret!- Y el desconcierto de
los dos fue aún mayor, y se observaron detenidamente, de arriba hacia abajo, de un
costado a otro costado, hasta ser conscientes del instante precoz y la circunstancia, hasta
corroborar por fin, ¡que eran efectivamente hermanos de padre! ¡Medios hermanos!
Cuánta confusión, cuánto enredo, cuánta búsqueda de recuerdos en sus mentes… ¡sólo
ellos lo sabían!
Y entre el silencio y la incomodidad de haberse enfrentado, maltratado, y castigado sin
piedad, y el asombro y la sorpresa de tenerse ahora directamente hermanados, se
mantuvieron un momento largo sin palabras.
Entonces Parzival, con la dignidad de su estirpe y su ser, levantó su desgastado cuerpo y
estrechó en un respetuoso saludo a su hermano, tímidamente sonriente, extrañamente
alegre, pero distinguido y amable. A esto le siguió una disparatada risa de Parzival, que
no pudo contener, y que expulsó sin vergüenza ante el nuevo desconocido-conocido. Y
poco a poco, Feirefis se agregó a la alegría conjunta de verse ahora sorprendido en un
abrazo profundo, de historia y de sangre. Finalmente, tras haberse repuesto, se subieron
a sus caballos y continuaron camino juntos, sin saber que el espíritu y la sustancia del
santo Grial, con Zalom, Totto y Laura, los escoltaban.
-¿Por qué ocurre esto?, ¿por qué estamos aquí? ¿Qué nos quiere enseñar el cáliz ahora?-
preguntó Laura.
-Tal vez nos quiera demostrar que la pelea, la guerra entre los hombres es tonta e inútil,
pues en esencia todos los humanos son hermanos, todos son uno y se pertenecen…-
135
habló Zalom.
- … Y la espada de Parzival, ¿por qué desapareció?... y la otra, ¿por qué quedó clavada
en la tierra? – inquirió insistente Laura.
- …Es una buena pregunta…- se limitó a contestar Zalom. Dicho esto el Grial se alzó
etérico, transparente, invisible y mágico por los aires, por sobre las cabezas de estos dos
caballeros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Espero con alegría tu comentario!