Por

José Martínez Zuviría

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Capítulo 28: Plan de Minus, el gnomo.

En la subtierra, Tómas, Alan y Sébas, estaban listos. Sólo debían esperar las órdenes de
Minus. Los gnomos también parecían preparados. Aprovechando que habían quedado
unos pocos, ya que todos se habían ido a luchar contra los “hongos movedizos”, Minus
levantó el brazo, y dio la señal de rebelión. En un segundo todos los gnomos alineados
en grupos de veinte más o menos, empezaron a dispersarse, a correr hacia un lado y
hacia el otro, dejando a los Throlls restantes boquiabiertos. Eran cientos de columnas de
gnomos, que, como podían - porque estaban bien atados - se movían a toda velocidad en
distintas direcciones hacia delante, como si fueran una manada de gacelas que escapaba
de una cacería.
- ¡Rebelión! -gritó uno de los Throlls, y todos se lanzaron a la persecución de los
enanos, sin notar siquiera que no quedaba nadie custodiando el palacio de Tuzal.
- ¡Ahora! -susurró Alan -¡trepa...! Y Tómas, con su gigantesco cuerpo, saltó el canal de
aguas calientes y empezó a trepar la pared sin mucho esfuerzo.
-¡Este calor es inaguantable!- protestaba, mientras alcanzaba el final de la pared. Cuando
llegó arriba, observó minuciosamente el interior, pero sólo vio un montón de piedras
amontonadas. Recorrió cada espacio, cada rincón, cada hueco de la caldera con su vista,
pero no encontró absolutamente nada, y se lamentó de ello. Sentado sobre la pared, con
las piernas colgando hacia adentro, giró su cabeza hacia atrás y hacia abajo, y gritó
hacia donde estaban Alan y Sébas:
- ¡Aquí no hay nadie!...
- ¿Qué dices?- le devolvió Sébas, que no podía escuchar lo que decía.
- ¡Que aquí no hay nadie!- chilló más fuerte Tómas.
-¡No te entendemos!- gritaron Alan y Sébas en conjunto.
-¿Además de enanos estáis sordos?- se quejó con fuerza y bronca, pero los otros no lo
escuchaban, entonces Sébas que era el más listo de todos, exclamó con viva voz…
- … Si nos escuchas, ¡levanta el brazo en alto!
- …Pero claro que te escucho, ¡enano! … ¡el sordo eres tú! – le acusó, y enseguida
levantó el brazo bien alto...
- …Entonces, contéstame ahora, si Ian está ahí adentro, levantando el brazo- vociferó
para que lo escuchara. Y Tómas que no era muy avispado, elevó el brazo, pero se olvidó
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de bajar el otro, y de tan tonto y tan torpe, perdió el equilibrio, y sin tener cómo
agarrarse, cayó adentro de la caldera bulliciosamente...
-¡Si será bestia! - dijo Sébas… - Yo te avisé… este zopenco ¡es pura altura!-le protestó
a Alan, aceptando su condición de actual enano....
- ¡Auch! …¡auch!- se quejaba onomatopéyico Tomas desde adentro de esa especie de
horno - ¡me duele todo! - dijo agarrándose la espalda, mientras se levantaba entre
quejidos y gestos.
Mientras tanto los Trholls perseguían a los miles de gnomos, que incansables, se
deslizaban zigzagueantes por la meseta florida. Cada vez que los estaban por alcanzar y
los tenían a mano, frenaban de repente, y golpeaban a los Throlls, que terminaban dando
vueltas por el suelo... para luego seguir escapando por un rato.
Tómas adentro de la caldera, protestaba por el calor, y se dirigía hacia el montón de
piedras que le habían tirado los Throlls a Ian cuando cantaba. Se acercó secándose el
sudor con sus manos, y observó que algo brillaba en un hueco. Cuando estuvo al lado de
la pila, agachó su cabeza, y vio para su sorpresa que del hueco del montículo, sobresalía
una mano abierta, con una piedra transparente que expulsaba un tímido vapor de frío,
como de hielo. Asombrado, se inclinó aún más, y corriendo unas piedras que lo cubrían,
encontró por fin a Ian, que estaba precisamente desmayado y sin señas de vitalidad.
-¡Ian!-gritó, y se extrañó de haberse alegrado de verlo. Nunca había tenido un
acercamiento hacia él. Era un niño raro, a quien no entendía, y por eso prefería hacerle
bromas, aunque no directas.
Era difícil enfrentarse a los ojos de Ian, su mirada era cándida y penetrante a la vez.
Cuando él miraba, parecía que sabía todo del que tenia enfrente…como si leyera el
interior. Por eso Tómas se sentía inferior, y para no serlo tanto, lo burlaba como para
demostrarle cierta superioridad que Ian ni siquiera notaba. La seriedad de Ian frente a las
cosas lo hacía un niño más grande que los demás. Sin embargo en algunos aspectos
parecía mas pequeño. Le gustaba jugar todavía a juegos infantiles, escondidas, manchas
y rondas, algo que los temibles tres detestaban, porque consideraban que era para tontos.
También le encantaba transformarse en caballero y espadear con una espada de madera,
de nombre Excalibur, como la espada del rey Arturo, que le había echo su padre antes de
morir.
Sin embargo Tómas, siempre que podía, en los recreos, lo observaba desde un rincón o
una esquina. Había algo que él admiraba en Ian, aunque no sabía qué. Tal vez su forma
de disfrutar el día, su risa, o la manera simple de divertirse. O tal vez, toda la bondad
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que derramaba en la clase sin que nadie se lo pidiese. Como aquella vez en la que Ian lo
defendió frente a la maestra, a raíz de una travesura que él había hecho. Era bueno tener
a alguien así como compañero, siempre presente, dispuesto y alegre. Sin embargo él no
lo quería notar. Y se sintió tonto por no haberlo reconocido antes...culposo por haberle
hecho burlas que nada tenían que ver con el sano humor de Ian… y pequeño, ¡más
pequeño, que el cuerpecito que tenia ahí sobre sus manos!
Finalmente, con ese ánimo cargado de una compasión que nunca había sentido y que le
llenaba los ojos de lágrimas, le cerró la manita que sostenía la piedra, y lo alzó con sus
dos enormes manos, que prácticamente cubrían en su totalidad todo el cuerpito. Luego
lo puso frente a sus ojos, y lo contempló un buen rato. Su cuerpo era pequeño, del
tamaño de un gnomo, como el que ahora tenían Alan y Sébas. Estaba transpirado y
bastante pálido. Con mucho cuidado Tómas le corrió delicadamente el pelo de su frente
y le empezó a soplar. El calor era inaguantable, y si se quedaban allí se iban a cocinar.
El gigante Tómas caminó con Ian, sostenido en su mano izquierda, hacia la pared por
donde había trepado, para retirarse de la caldera. Todo Tómas temblaba. Tal vez de
emoción, o de dicha por haberlo encontrado, tal vez de una tristeza con cierta dosis de
alegría, como cuando nos damos cuenta que amamos a alguien que no está, y le lloramos
en los hermosos recuerdos. Afuera, Alan y Sébas esperaban expectantes alguna señal de
su amigo, pero al rato de no recibir ninguna y no escuchar nada, decidieron irse. No
lograban trepar la pared…era muy alta, y ellos muy pequeños.
- …No podemos quedarnos mucho tiempo aquí -dijo Alan - en cualquier momento
terminará la persecución, y los Trholls nos atraparán. Sébas asintió con la cabeza. Alan
tenía razón, pero a él le costaba hacerlo. Quería mucho a Tómas aunque nunca se lo
demostrara, y sus muestras de cariño se tradujeran en peleas constantes. Era como un
juego tonto de convivencia, que les permitía diferenciarse. Pero como el día y la noche,
el uno no podía estar sin el otro. Pensativos, tristes y desilusionados, se dieron vuelta
para marcharse y empezaron a subir una cuesta, para divisar bien a los gnomos. De
pronto, una voz aguda y cortante se escuchó venir…
-¿Os vais sin despediros? – les reprochó Tómas, asomándose por la pared de la caldera,
con los pelos todos desprolijos, la ropa desalineada, mucha transpiración, y una sonrisa
que mostraba todos sus dientes.
-¡Tómas!- exclamaron los dos, mientras veían cómo bajaba, con la misma facilidad con
la que había subido. Rápidamente Sébas y Alan corrieron de alegría hacia él, para
treparse a su amigo al cuello. Y enseguida Tómas se arrodilló calmado, y tranquilizando
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a sus entusiastas compañeros, les hizo un gesto de silencio. Luego, metiendo la mano en
el bolsillo de su saco ya semiroto, sacó el cuerpo desvanecido de Ian, como si tuviera un
precioso tesoro, y se los enseñó.
- ¡Oh! -suspiraron los dos al unísono - ¿está vivo?- preguntaron también en coro.
- ¡Sí que lo está!, pero seguro, muy cansado – afirmó Tómas en voz baja.
- Démosle agua… y salgamos de aquí -ordenó Alan, mirando hacia la meseta florida.
Los tres se ubicaron en la cuesta detrás de una roca, y presenciaron la maratón de
gnomos y Trholls.
Cuando parecía que estos iban a alcanzarlos, los pícaros enanos encontraban un recurso
para engañarlos. Pero ahora en la huida, se les acababa el espacio: un enorme precipicio
que ellos conocían bien, y que del apuro habían descuidado, estaba frente a ellos y los
sorprendía con el abismo. Enseguida se detuvieron, y contemplaron estupefactos el
enorme vacío y las profundidades que se les presentaban.
-¡Alto!- decretó Tiranio, un Throll de mayor jerarquía conocido por su terrible maldad.
Con una sonrisa de oreja a oreja, veía que sus perseguidos se quedaban sin opciones…
sólo les quedaba entregarse, o tirarse al abismo.
-… Bien… ¡ésta es nuestra oportunidad!- pensó, y dijo en voz alta - ¡nadie puede vencer
a Tiranio!
- …Estamos perdidos - dijo uno de los gnomos, y todos se miraron confundidos,
esperando una mágica salida al problema que se presentaba y que se veía imposible de
solucionar.
-¡Es hora de entregarse!-gritó Tiranio, con orgullo victorioso y a unos veinte metros de
los enanos.
-¡No nos entregaremos!-contestó Minus sorprendiendo a los mismos Gnomos…
-¡Estás loco!- le chilló Sustus, tal vez el enano más miedoso de todos- ¡no tenemos
alternativa!
- Tal vez sí…-dijo éste en voz baja, y gritó- si te atreves… ¡ven a buscarnos!
- ¿Cómo dices?- chilló Tiranio...-¿te animas a desafiarme?… ¡pedazo de gnomo mal
hecho, imberbe e insolente! ¡Ahora te demostraré mi poder! - Y en un gemido
inentendible para los humanos, dispuso a todos sus soldados-Throlls en tres líneas
horizontales, pegaditos uno al lado del otro. Estaban preparados para contiendas de este
tipo, y responderían al instante a la primera orden de su máximo jefe de guerra. Mientras
los Trholls se organizaban, los gnomos discutían entre sí…
-¿Me quieres decir qué vamos a hacer?- le reprochó Negatius, el enano más negativo a
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Minus - Has logrado enfadar a Tiranio, ahora se nos va avenir encima, y caeremos
juntos todos al vacío…al Valle Lacrimoso, ¿qué te parece?...
- …Tal vez quieras que nos agarremos de la mano, para que la caída sea más
romántica...- ironizó Morbus, otro de los enanos, que siempre tenía una broma retorcida.
Este precipicio tenía cientos de metros de extensión a lo ancho, y su altura era
elevadísima. Todos sabían que a través de esas profundidades se llegaba al Valle
Lacrimoso en el mundo de los Trholls, donde habían estado Totto y Laura presos. Pero
ese acceso era la vía más dramática. El que caía allí, lo hacía directamente al estanque
de aguas calientes, que incluso se podía ver desde ahí, burbujeante. Con suerte caería
alguno en el lago frío, el lago bueno, el que devolvía a los gnomos a su tierra, o
convertía a los Throlls allí caídos en nobles gnomos.
- ¡Manga de cobardes! - acusó Minus - ¿dónde está vuestra lucha?, ¿a dónde se ha ido el
honor de nuestro pueblo?, ¿qué clase de gnomos sois?... ¡Parecéis Throlls! - aulló casi
Minus, y los Trholls se miraron pavos unos a otros...
- Creo que está hablando de nosotros...- dijo uno...
-Así parece... ¡nuestra fama en este mundo es enorme! – le contestó el otro, sin entender.
-¿Cuál es tu plan? – le preguntó Sensato, uno de los gnomos más viejos y más reflexivo
que allí se encontraba. Y Minus procedió a contarles el plan, uno a uno, de oreja a
oreja… y cuando hubo terminado, escucharon al Throll decir:
- ¡Atacad y empujad a los rebeldes!...
-¡Me parece una buena idea! - dijo Sensato con la tranquilidad de sus sensatez, mientras
veían venir a la turba de Throlls envalentonados y arrollados por sus propios gritos de
euforia.
Y todos, entusiasmados con el plan de Minus y motivados con el sentido de pueblo, casi
patriótico, casi guerrero, casi misionero y orgulloso de serlo, se alinearon al borde del
precipicio y con gesto de lucha y desafío esperaron la embestida. Menos Sustus que
temblaba, Negatius que decía-¡nos va a salir mal! -con voz ronca y amarga, y Morbus,
que silbaba, el grueso de los gnomos ahí atrapados entre el vacío y el precipicio se
preparaba convencido para la acción.
- ¡Estamos listos?-preguntó Minus, con voz de líder de combate...
-¡Siiii!- gritaron con fervor los gnomos, mientras veían cómo las columnas de Throlls
paralelas frente a ellos, se lanzaban en masas organizadamente uniformes.
Y corrieron todos al mismo tiempo con toda su furia y su fealdad a cuestas, largando
babas de hilos o hilos de babas asquerosas, transparentes y olorosas.
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-¡Si que son feos!- decía uno de los gnomos, casi en oración y sin mover los labios, y
esta frase se había transformado en la más conocida de las frases frente a un Throll.
Mientras esto ocurría, los temibles tres que intentaban revivir a Ian, observaban con
estupor la terrible escena, en esa terrible geografía. Por el lado norte los Throlls estaban
cerca de tirar a los pobres gnomos al vacío. Sólo faltaban unos metros.
-¿Están locos estos gnomos?- comentó Sébas - ¿por qué no se corren?
- …No creo que estén locos - dijo Alan - están muy bien parados… algo tienen en
mente.
Por el lado sur la Elite, el ejército más numeroso y profesional de Tuzal, estaba llegando
a la Colina Alta, donde los esperaban los espíritus de Craco. Parecía aquello una manada
de leones salvajes frente a animalitos indefensos. Era enorme la superioridad en número
y tamaño.
-¿A quién hay que socorrer, a los del sur, o a los del norte?- habló Tómas práctico.
- Esperemos… ya no llegamos a ningún lado -dijo Alan- Veremos qué es lo que hacen
los enanos...
En la Colina Alta, Craco se preguntaba cómo haría ahora, para resistir semejante legión
de Throlls. Estaba impactado con la visión de la Meseta Florida. Cuanto más se
acercaban, más numerosos parecían. ¡Era como si fueran surgiendo de la tierra, más y
más Throlls!
- ¿Y ahora?-preguntaron algunos a Craco…
- Buena pregunta- contestó sin saber Craco... - No lo sé - dijo dramáticamente...-no lo sé
- repitió tácito, y se quedó contemplando un buen rato la multitud que se venia encima.

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