Y aunque las calles se inundaran de muerte, y se llenaran de Trholls arrastrándola
victoriosos y precipitándose alegres sobre ella, en la casa de Ian y Laura, todo dormía.
También Laura, que en “sueños”, junto al Grial y sus dos compañeros de ruta, Zalom y
Totto, acompañaba a Parzival y Feirefis.
Estos dos medio hermanos llegaban a un campo de batalla, donde encontraban a muchos
caballeros del rey Arturo armados, que acababan de vencer a un falso rey, que se había
apoderado de algunas tierras que no le pertenecían. El protagonista y héroe de esta dura
lucha, había sido Gauvain, fiel amigo de Parzival. Después de estrecharse en un largo
abrazo, Gauvain les propuso a los dos ir al castillo del rey Arturo, y aunque Parzival
había prometido no volver hasta encontrar el Grial, Gauvain lo convenció, aludiendo
que el rey lo quería ver. Y Parzival tenía especial devoción por este Rey Arturo, y no
podía negarse.
En la corte del rey Arturo fue recibido y agasajado, junto a su hermano, con todos los
honores. Al llegar, Parzival se inclinó ante su gran rey, reverente y solemne, y el rey le
devolvió el saludo, casi con la misma intensidad. Arturo también sentía una gran
admiración por ese caballero noble y cándido, que humildemente había llegado en una
caprichosa tarde a su corte, sin nombre ni rango. Todavía recordaba cómo vestido de
payaso por su madre, sobre una vieja mula, había atravesado el salón y pedido al rey
permiso para luchar contra uno de los mejores caballeros: el caballero rojo. ¡Cuánto
absurdo había en todo eso! ¡Y cuánta verdad escondida se revelaba detrás de esa forma
de cómico saltimbanqui!
Rápidamente se celebró una cena en su honor, y sentados alrededor de la Mesa
Redonda, se contaron anécdotas de caballeros hasta altas horas de la noche. Juntos reían
las peripecias de unos y de otros, en algunas aventuras disparatadas, y no tanto.
Y cuando todo encontraba su distinguido rumbo y las velas guardaban sus llamas,
Kundry, el ser mitad animal, mitad mujer, montada sobre una mula, se apareció de
nuevo. Y la sala enmudeció nuevamente. Los caballeros fruncieron sus caras por
segunda vez, esperando una nueva provocación, un nuevo rito de maldad, como había
sucedido la vez anterior, cuando ésta humilló a Parzival delante de todos. La dama iba
acompañada misteriosamente por una paloma blanca. Se bajó de la mula y se dirigió con
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severa intensidad hacia Parzival.
Y en ese instante, descendía invisible, con las dos palomas que lo portaban nuevamente,
el Cáliz con Totto, Laura y Zalom, y se detenía sobre la cabeza de Parzival. Y la paloma
blanca que bien podían ver, voló hacia el Santo Grial, se juntó con las otras dos,
también visibles, que portaban la copa, y posaron las tres sobre ella. Esa imagen de tres
aves detenidas en el aire, provocaba una extraña sensación. Todos se miraron y
observaron las palomas sobre Parzival, pero estaban tan extrañados con la nueva visita,
que apenas notaron rareza en ese maravilloso cuadro que parecía representar la
mismísima Santísima Trinidad. Se preguntaban si otra vez el adefesio vendría a traer un
mal augurio. Y cuando Kundry estaba llegando hacia Parzival, sentado tímidamente a
metros del Rey, Laura se lanzó de un salto, y se paró delante del glorioso caballero,
como para frenarla, aunque su tamaño fuera no más alto que el pie sentado del joven. Y
allí se paró desafiante, aunque nadie la viera ni la escuchase:
- ¡Ni te atrevas bruja a acercarte a mi joven!...- gritó provocadora. Su ser maternal hacia
el joven, no toleraría más un insulto como el de aquella vez.
- ¡Ay...humanos!, ¡no aprenden nunca!- reprochó Totto, y se arrojó al suelo a buscarla,
la tomó del brazo y la sacó del lugar rápidamente.
- Deja que el destino hable… luego podrás actuar – le dijo, y la apartó a un costado, para
ascender nuevamente, trepando por el cuerpo de Parzival y colgándose de los brazos de
Zalom, que los extendía, para meter a ambos en el Cáliz.
-¿Qué quieres ahora?-le preguntó el rey con autoridad, protegiendo a su huésped de
honor.
- Si me permite mi rey, vengo a anunciar una buena nueva – habló Kundry bondadosa.
- ¿Ahora me pides permiso?- reclamó el rey con una sonrisa sabia, refiriéndose a la
última vez que Kundry había estado allí. Sin embargo, algo le decía que las intenciones
de esta extraña mujer eran buenas. Intuitivamente, inclinó su cabeza en gesto de
aprobación, concediendo tal petición. Y en un andar torcido y torpe, se acercó Kundry a
Parzival, se arrodilló ante la mirada atónita de todos, y dijo con solemnidad:
- ¡ Tu valiosa búsqueda ha terminado, Parzival!, los astros han marcado en el cielo tu
destino, y éste, es el mas noble que jamás un hombre haya imaginado – acentuó ella,
mientras Parzival la observaba sin comprender …- Tu nombre apareció escrito en el
Santo Cáliz, haciéndote digno sucesor de tu tío Anfortas, que aguarda tu pregunta con
ansiedad para convertirte inmediatamente en el nuevo rey del Grial. Llevarás el mayor
honor que se le puede asignar a un hombre en la tierra… - expulsó sin preámbulos ni
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ritos, mientras los miembros de la Mesa Redonda se descubrían estupefactos, haciendo
del silencio más silencio, respirando suave para no entorpecer el maravilloso momento,
y conteniendo cualquier gesto que pudiera arruinar aquellas palabras que se hacían
música en las almas.
Luego levantándose sorprendió aun más:
- Por mandato de las escrituras que allí se dejaron ver, tu esposa Kondwiramur será
llevada al castillo del Grial como compañera y reina… ¡todavía tiene un largo
camino!...- dijo Kundry, mientras veía cómo se le iluminaba la cara a Parzival, y luego
continuó -… ¡el de cara negra manchada, también deberá venir! Así lo dicen las
palabras, los astros y el Grial. Y yo, que alguna vez te deshonré con mis trágicas
palabras, pagaré aquello, conduciéndote personalmente a Montsalvage...- completó por
fin, para redondear más el asombro...
Y saludando cortésmente, se retiró y pidió permiso para descansar en una recámara,
porque había hecho un largo viaje y se debía preparar para otro más largo al día
siguiente. Ya la expresión en ese rostro sellado por las desproporciones y las rarezas, se
había metamorfoseado en una mucho más suave y agradable.
Y no había ya nada más para decir. En esas palabras estaba todo, ¡absolutamente todo!
Cuando Parzival ya consideraba que tal vez nunca encontraría el castillo del Grial,
cuando pensaba haber hecho casi todo, y cuando ya abrazaba la idea de volver con su
amada Kondwiramur, y reinar sobre su territorio, como cualquier digno rey de alguna
región, aparecía el mejor regalo y el mejor premio a una búsqueda incesante. Y ni
siquiera tuvo tiempo para pensar en la magnitud del hecho, porque sus compañeros lo
instaron a brindar por eso, y la gloria se trasladó a un hecho colectivo, que él acompañó
con alegría. Aun así, mientras todos festejaban la gran noticia, él se mantuvo sereno y
pensativo.
Pensó una y otra vez en su madre, y en su sufrimiento por cuidar de él con extrema
intensidad. Pensó en su prima Sigune, sosteniendo el cuerpo muerto de su marido
Schionatulander sobre sus rodillas, y esa representación lo sobrecogió. Y pensó en el
dolor de su tío Anfortas, que él hubiera querido remediar mucho antes. Sin embargo las
luces ahora atravesaban hermosos cristales, y corrían las sombras al lugar en donde se
las pudiese ver sin confundir. Y en esos rayos luminosos, podía percibir la bella imagen
de Herzeloide, sentada sobre un trono dorado, transportando una sonrisa plena a toda la
sala colmada de felicidad. Y podía verse a sí mismo en la misión de cuidar del Santo
Grial, símbolo activo de una profunda cristiandad.
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A la mañana siguiente, salían Parzival, Feirefis y Kundry en dirección al Santo Grial, y
la corte del rey Arturo despedía al caballero con gran júbilo.
Laura, junto a sus compañeros adentro del Grial, sonreía y se mostraba feliz en ese
marco. Parzival había empezado a ser parte de ella. Como a un hijo más de su seno, lo
había adoptado ahora en su espíritu.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
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