Mientras tanto, Tico llegaba al Monte Blanco y comenzaba a escalarlo, entusiasmado
con su nueva misión. - …- ¡Por fin algo de riesgo, algo de acción y aventura!- pensaba,
aunque la majestuosidad y la prepotencia de esa enorme empinada lo sobrecogían y le
presentaban un nuevo desafío. El aire no era su elemento, pero sabía manejarse en él con
bastante soltura, algo no tan habitual para un gnomo que desconfiaba de su sustancia.
-Los gnomos necesitamos pisar suelo...- le había dicho una vez Totto a Ian camino a la
escuela...-agarrarnos de la dura tierra, mezclarnos entre sus raíces, y quedarnos en su
regazo. Aun así, disfrutamos del olor del aire como ninguno, y contemplamos todo tipo
de manifestaciones que en él se desarrollan; por eso envidiamos sanamente a la Sílfides,
que pueden pintar con elegancia sobre su invisible forma; por eso nos conmovemos al
ver a las golondrinas volar en multitud, y sentimos el golpe de sus pequeñas alas como si
fuera música; y por eso nos detenemos horas observando la Luna, porque nos asombra
esa postura firme en el aire, esa solidez en lo etéreo, y esa dignidad que la mantiene
dueña y señora de las noches –y afirmó con seguridad el gnomo – …pero lejos estamos
de poder volar, lo único que podemos hacer en la libre atmósfera, es dar saltos
acrobáticos y colgarnos de alguna rama con facilidad, para sentirnos vagar suspendidos
como las aves del cielo... - concluyó aquella vez...
Y con gran impulso y entusiasmo, Tico emprendió los primeros trescientos metros,
cargado de alegría. Y como si tocara el cosmos, extendía los brazos hacia arriba
confundiéndolos con el claro azul frío que lo cubría. Cantaba, gritaba, se descubría en
ecos y sonidos rocosos, se colgaba como un trapecista de circo, bailaba sobre la punta de
las piedras, y chillaba desgañitándose como si estuviera probándose a si mismo,
ensayando la mejor forma de caer en plena diversión. Como un niño descubriendo un
juego nuevo y olvidándose de toda preocupación, disfrutó de su espectáculo durante un
buen rato. Sin embargo escalar el Monte Blanco no era cosa de todos los días, había que
tener una preparación de resistencia previa y un entrenamiento exhaustivo diario durante
meses para llegar a su cumbre. Y Tico no era un gnomo metódico para planificar nada.
Además quería recuperar a Lin a toda costa, ¡y ésta era la oportunidad! Pero el lógico
cansancio se apoderó poco a poco de él, y su impulso primordial empezó a mermar hasta
tener que parar a descansar en algún hueco visible de la cuesta. Y allí se detuvo
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extasiado de tanta imagen suprema frente al espacio. Ya no estaba en la tierra. Ahora
podía mirar desde arriba, y esto no lo había experimentado nunca. Era magnifico
observar esa danza sin suelo que los pájaros realizaban, una y otra vez, siempre con una
nueva intención, como si tuvieran que confirmar su maravilloso arte. Y sentado sobre la
roca abrió los brazos. Y como alas al viento, imitó iluso su pequeño gesto. Y se sintió
volar. ¡Cuánta belleza desplegada!, imaginó y sintió. Y luego de semejante vivencia, se
sintió con fuerzas como para comenzar nuevamente. Y comenzó a subir otra vez con
ganas de llegar. ¡Faltaba mucho todavía! Pero aun así siguió, y siguió..., cien,
doscientos, trescientos y cuatrocientos metros más, con la esperanza sobre su ser. A
pesar de esto, el frío de las alturas podía más que su fervor de búsqueda, y lo empezaba
a disgustar y a incomodar, y comenzaba a estar molesto. La punta del gorro rojo que
tenía casi incorporado a su cabeza, le flameaba de un lado al otro, y esto lo enfadaba. Y
no había nada peor que Tico enojado. Hablaba consigo mismo, y este era el primer
síntoma cuando algo lo sacaba de sí. Como si fueran dos Ticos en uno, comenzaba a
protestar y protestarse a sí mismo por sus torpezas...
- Si serás flojo, ¡Ticotonto!...-se decía con bronca.
A medida que subía, el viento helado le soplaba en sus orejas con crudeza, y hacía muy
dura la cuesta …cada vez más pronunciada hacia arriba...
-Este frío es para nuestros hermanos del norte y del sur, no para mí...- pensaba y se
angustiaba por ello. Su agilidad y su destreza ya no servían tanto a la hora de resistir, y
el camino se hacía cada vez más peligroso. Tropezaba constantemente, y patinaba con
piedras sueltas que se precipitaban al vacío y se perdían de vista. ¡Eran tantos los cientos
de metros de altura que faltaban para llegar!, y ¡eran tantas las decenas de metros
recorridos, que volver hacia atrás se le hacía también pesado! La cima estaba un poco
más cerca, pero cuanto más ascendía, más parecía alejarse… -¿Cómo voy a llegar?- se
dijo por fin, en voz alta, mientras trepaba, tosco y lerdo y exhausto. Y casi sin mirar,
debilitado y sin energía, estiraba un brazo primero, y otro después. Agarrándose de lo
que podía, le ganaba unos metros al camino ascendente. Suspiraba, gemía, exhalaba,
resoplaba y temblaba en cada movimiento, hasta que por fin, agotado y extenuado, elevó
su mano para agarrase del canto de una roca sobresaliente, y se dispuso a asirla y a
aferrarse a ella. Era casi un último movimiento, para tal vez, descansar un poco; era la
forma de demostrarse a sí mismo que bien valía un esfuerzo más....uno o dos metros tal
vez; y era la sumatoria de tanto empeño. Y la mano agitada y temblorosa alcanzó la
altura deseada. Y paralela, a sólo quizás cinco centímetros, como si estuviera estudiando
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y mirando el borde de la roca para agarrarse firme a ella, se acercó más y más, y
finalmente la tomó con seguridad. Y casi festejó el hecho de haberla conseguido.
- ¡Nada puede contigo!! -… se dijo orgulloso de tal logro, e hizo fuerza para impulsarse
hacia arriba… Pero la piedra no estaba tan firme en su lugar, y se desprendió con la
mano…con el cuerpo… ¡con todo Tico hacia el vacío abierto! … Y Tico caía, caía por
los aires, desparramado en mil gestos desesperados para poder sostenerse, sin otra
opción que la de intentar alzarse sobre la gravedad. Y su cuerpo poco tenía que ver con
ella, - apenas pesaba la mitad de lo que pesa una taza de café grande, y su tamaño era el
de un vaso de agua semialargado- y descendía a gran velocidad como un pájaro más,
pero sin alas. Y la caída lo sorprendió. Y tuvo que aceptarla, porque debajo de él solo
quedaba el vacío… Y en un gesto de resignación y picardía temeraria, extendió los
brazos y rió, rió, como jamás se había escuchado a un gnomo reír…
- ¿Quién te dijo que los gnomos no podemos volar, Totto?…, ¡esto es hermoso!! –
manifestó en pleno vuelo, mientras pasaban las montañas, los picos nevados, los ciervos
asomados en los abismos, los osos corriendo junto a sus pequeños…- ¡esto es magnífico
amigo!… ¡sublime!!... ¡qué lástima que no estemos juntos!... – se lamentó -…Tal vez
algún día te lo pueda contar. Sí…ya sé - le confesaba con dramatismo en pleno vuelo…-
no desapareceré nunca… somos eternos, me has dicho alguna vez… Pasaré a formar
parte de la tierra, y luego me transformaré en otro ser, y podré tocar los astros, y bailar
con las estrellas, y llorar con las nubes sus lágrimas de cielo…- dijo Tico acercándose
cada vez más a la tierra…- pero… debo decirte amigo, con cierta vergüenza, que… ¡me
gustaba el Tico éste que era yo!!...
miércoles, 17 de diciembre de 2008
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