Por

José Martínez Zuviría

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Capítulo 35: Parzival camino al Grial

Mientras tanto, Laura, Totto y Zalom se adelantaban a los viajeros Kundry, Parzival y
Feirefis, y llegaban antes al castillo del Grial. Y sorprendidos, contemplaban a un
hombre enfermo, acostado en una amplia y lujosa cama. El hombre estaba rodeado de
servidores que lo asistían constantemente. El cuarto, preparado para acoger al más digno
de los representantes del Grial, tenía sus paredes aterciopeladas y decoradas con tapices
franceses. Algunos de ellos eran cambiados cada semana para que el enfermo tuviera
siempre algo nuevo para ver. Vasijas de oro y de plata, adornaban una gran mesa del
mejor mármol, reposada sobre una alfombra bordada en oro y lino. En una esquina del
cuarto, cuya redondez llamaba la atención, un curioso velador cubierto con una seda
blanca, mostraba austero y distinguido unas flores silvestres de color anaranjado
crepuscular, y un maravilloso y raro candelabro de siete velas. Tenía forma de
herradura, y abrazaba el majestuoso cáliz, de donde sobresalían ahora los extraños
visitantes, Zalom, Laura y Totto.
- ¿Qué pasa, dónde estamos ahora? – preguntaba Laura confundida… - ¿dónde están
Parzival y Feirefis y esa mujer-animal?;¿Quién es este pobre hombre que parece sufrir
tanto?
- …Llegamos – contestó Zalom.
- ¿Adónde?
- De aquí partió el Cáliz en el que viajamos…- habló el viejo enigmático…
- Pero…si estaba aquí ¿cómo iba a viajar con nosotros?
- El Cáliz físico quedaba aquí, el Grial-espíritu, la esencia de este Cáliz, recorría con
nosotros… ¡estamos en el mismísimo castillo del Grial,…¡y este viejo es Anfortas! –
habló Zalom asombrándose también.
- ¿Y por qué estamos aquí ahora, y no con Parzival? – inquirió Laura.
- Eso lo veremos seguramente pronto…- dijo él, mientras veían cómo el viejo debilitado
y extenuado se sumía en un doloroso silencio, que hacía el ambiente más dramático.
Silencio que fuera interrumpido por una terrible noticia.
- ¡Parzival ha muerto! – anunciaron los mensajeros del rey.
- ¿Cómo ha sido eso? – preguntó Anfortas al heraldo.
- … Un árabe lo ha vencido, y sin piedad lo ha matado, mi rey… - le dijo éste con sumo
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dolor. Y todo el palacio se estremeció con el informe. Pero sobre todo su hermana
Repanse de Schoyes que lo había asistido con fidelidad extrema durante todo su
lamento.
- ¿Es de buena fuente la información…? – preguntó ella con compungida seriedad .
- Así parece. Se lo ha visto luchar por horas con un extraño hombre gigante de piel
negra y blanca, que le destrozó la espada en mil pedazos…- contestó uno de los que traía
el correo.
- … ¡Pero eso no es verdad ¡- gritó Laura, sin ser escuchada.
- ¡Haz silencio! …- le indicó Totto con sutileza.
- Si es que ha muerto…- le dijo Anfortas a su hermana - ¿por qué me tenéis así
entonces? … ¿cuánto tiempo tendré que soportarlo?- preguntó desesperado, ante la
mirada confusa y resignada de los que poblaban el cuarto. Habían puesto todas las
ilusiones en la venida de Parzival, y ahora todo se derrumbaba de un golpe, y no sabían
qué hacer.
-Ya no quedan esperanzas….- dijo el viejo, y al ver que todos bajaban la cabeza,
impotentes, rogó - ¡Liberadme de este dolor que me carcome! ,¡Por favor, ayudadme!! –
y las damas que lo atendían se desesperaban aún más, y lo cubrían con emplastos de
distintas medicinas que aminoraban un poco el malestar. Y corrían de acá para allá,
porque su padecimiento era más intenso aún. En las noches de luna llena el dolor
aumentaba, y por eso lo llevaban a pescar y airear su cuerpo, de cuya herida salía un olor
pestilente que invadía todo el castillo. Sin embargo ese día, la luna se presentaba
menguante, pero el dolor no mermaba. Y tras la noticia se hacía más agudo aún.
- Si fuerais leales, os apiadaríais de mi sufrimiento – protestaba ahora retorciéndose en
la cama.
– Esto no puede seguir así… - pensaba triste y acongojada su hermana Repanse de
Schoyes - Éste es el fin de todo - le aseguró en voz baja a su servidora, mientras se
retiraba del lugar y se metía en el interior del palacio –… el mensaje sobre Parzival
parece verdadero, y si no viene ahora, es que no vendrá jamás…! - comunicó con
angustia.
La desazón y la desesperación sobrecogió a todos, mientras los quejidos se hacían oír en
toda la residencia, y el eco abrumaba el espacio.
- Ya no quedan más caminos – afirmó ella en dirección a la sala grande, junto a un
séquito de damas que acompañaba su paso - Nuestro hombre deberá morir,… no puedo
verlo sufrir – dijo, y con lágrimas contenidas y un gesto firme pero hondamente
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compasivo, ordenó suprimir la cura de la lanza, que consistía en un ritual diario
ejecutado con suma delicadeza para aplacar su dolencia. Este ritual consistía en
introducir la lanza en el Grial por un buen rato, para luego hundir la punta en su herida,
provocando un efecto revitalizador que lo mantenía vivo. Sin embargo, esto tenía un
resultado limitado, la enfermedad no cesaba nunca, y la agonía se extendía aún más. Por
este motivo Repanse tomó esa dura determinación. ¿Quién más que ella que lo había
acompañado durante toda su mortificación, curándolo, velando día y noche por él,
querría que siguiese vivo? ; ¿ ¿Qué sería de ella, sin su hermano ?; ¿ cuántas esperanzas
se había trazado día a día, sin ningún tipo de mejoría ?. Desde que cayera enfermo ella
no se había separado nunca de él. Sólo había conocido silencio y sacrificio alrededor de
ese hombre, y ya no parecía haber más salidas, y aunque el Grial había dado esos signos
en relación a Parzival, éste no aparecía, y algunos lo creían muerto en la lucha con su
hermanastro.
- Debemos hacer algo por este hombre – gritaba Laura en el cuarto de Anfortas, desde su
humana esencia…
- …Nada podremos hacer… sólo esperar a que las cosas sucedan…- afirmó Zalom
- ¡Vaya, vaya!…- protestó Laura - ¡gnomos, gnomos!... siempre esperan, siempre
esperan… ¡estoy harta de esperar…!- y dicho esto, se subió a la cama de Anfortas, e
invisible, puso su manita pequeña sobre la frente del hombre para calmarlo. Y en ese
mismo momento, un golpe seco y ruidoso hizo saltar de un susto a Laura nuevamente
hacia abajo. Eran las ventanas que comenzaban a ser cerradas por orden de Repanse.
- ¿Qué están haciendo? – preguntó ella desesperada.
- Lo dejarán morir – contestó Zalom.
- Eso es lo que se deja ver- confirmó Totto .
- ¡Alto, alto!- gritaba Laura- ¿vais a dejar las cosas así? – ¡haced algo por el amor de
Dios! ¡Totto, Zalom!... ¿por qué os quedáis parados sin hacer nada?... ¿y Parzival? ¿No
venía él para aquí? ¡Avisadles que sólo es cuestión de tiempo! ¡no tardarán en llegar..! –
les reprochaba, mientras ellos bajaban sus cabezas, y ella corría de un lado a otro,
intentando ser escuchada. Mientras tanto en el interior del palacio, Repanse dictaminaba
por los pasillos:
- La luz no deberá entrar más en este recinto. Si mi hermano muere,… todo morirá con
él. ¡Salid todos de aquí! - ordenó, y con tierna serenidad, le confesó a su dama de
compañía...- Cerraré las compuertas, y ningún extranjero más podrá entrar aquí… Yo
me quedaré con él, y me iré con él – anunció, y la dama lloró,… lloró amargamente, y
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esta vez Repanse, que se había mantenido incólume, se quebró también…y lloró, lloró
junto a su compañera asistente. Ahora todo comenzaba a oscurecer en el castillo, y los
ojos de Anfortas, suaves y doloridos, delicados y pesarosos, comenzaban a cerrarse.
- ¡No os vayáis, por favor no os vayáis!- chillaba Laura…-¡Parzival vendrá! ¡Parzival
vendrá! – y ahora era ella la que lloraba.
La luna afuera comenzaba a mostrar parte de su cara. Laura, subiéndose a la única
ventana pequeña que quedaba abierta, se resistía a que fuese cerrada. Nadie parecía
haberla visto.
- Como queráis, gnomos… ¡yo de aquí, no me voy! – les dijo a los enanos, que miraban
comprensivos la desesperación de Laura. Y en su tozudez por quedarse allí, miró sin
querer hacia fuera, y vio la luna…y algo le pareció significativo. Entonces comenzó a
golpear la ventana, para llamar la atención, y el ruido pareció hacerse realidad, porque
Repanse y su dama fiel inclinaron sus rostros hacia allí, para ver qué era lo que pasaba.
- Me había olvidado de esa ventana que parece estar golpeando contra algo – le dijo
sentida y apenada la fiel asistente a Repanse, y agregó – Ya todos los cortesanos están
preparados para retirarse del castillo…
- Yo la cerraré. Déjame ver la luna… ella ha sido siempre mi inseparable compañeradijo
Repanse mientras se dirigía hacia la ventana. Y llegó allí, y cuando se acercó para
tomarla de su postigo, miró y vio allí la luna, en una extraña forma. Era como una copa
abierta que surgía de una colina, en cuya superficie reposaba una esfera blanca, que
sobresalía soberbia y majestuosa.
- ¡Ven!,… ¡ven pronto!- le ordenó a su dama de compañía…Y juntas vieron aquello,
que no habían visto nunca, y que pintaba un nuevo cuadro, y juntas exclamaron:
- ¡Una hostia sobre un cáliz!- y rápidamente Repanse anunció - ¡Abrid las ventanas,
abrid todo!!
- ¡Ah!- clamó suspirando - … ¡Por fin!, ¡ya era hora de que se dieran cuenta!
- … Has hecho un buen trabajo…- agradecieron los gnomos, y sonrieron.
- ….Claro, claro…- dijo Laura en tono de reproche…- ahora os echáis a reír, ¿qué
hubiera pasado si yo no golpeaba la ventana? ¿Alguien se hubiera dado cuenta?
- … Tal vez sí, tal vez no…- hablaron al unísono, y siguieron riendo.
- …Muy graciosos… - se quejaba ella, e inmediatamente, comenzaban a abrirse todas
las ventanas. Y Repanse y su dama divisaron a lo lejos una caballada que aparecía
galopante con la luna como fondo. Y una figura se reflejaba en ella. Era la estampa de
un caballero con tanta presencia que hasta su sombra se hacía luminosa. ¡Eran Parzival y
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su séquito! con su hermano Feirefis y Kundry. Y Repanse de Schoyes dobló la puerta de
entrada a la habitación y exclamó con vehemencia y excitación:
- Se terminó el sufrimiento y el dolor,… ¡la dicha se acerca!… ¡Parzival viene para aquí,
acompañado de su hermano, como estaba señalado en el Grial! – notificó, y abrió los
brazos hacia arriba con gran júbilo.
Todos suspiraron e inhalaron el aire contenido por años. Y los rostros anteriormente
oscurecidos por la angustia y el padecimiento de Anfortas, se transformaron en amplias
sonrisas y profundas miradas hacia el hombre, como queriendo compartir la felicidad
que él, ahora en su interior, acogía. Y una comitiva anunció la llegada de los nobles
visitantes, que venían acompañados por hermosas damas en su recorrido, hasta la
recámara del viejo Anfortas. Feirefis por respeto se quedó afuera, y Parzival, con la
delicadeza de su estirpe y condición, asomó unos pocos pasos hacia adentro, y luego
otros… Y por fin, en los pies de la cama, tras observar compasivamente al hombre,
recordó su torpeza y su inexperiencia anterior al no haber hecho la pregunta adecuada, y
pensó en todo el tiempo transcurrido desde que él había estado allí la última vez.
¡Cuánto ha sufrido este hombre por mi culpa! –parecía lamentarse. Luego, en una pausa
silenciosa y reservada, acercándose aún más, ante la mirada penetrante de Anfortas, e
inclinándose como signo de perdón y reconocimiento a la vez, preguntó:
- ¿Qué mal te aqueja, buen hombre? – y todo allí se estremeció de gozo, mientras
Anfortas tomaba la mano de Parzival, y con un pequeño apretón le agradecía el gesto. Y
su expresión cambió considerablemente hasta transformar su semblante en algo límpido
y puro. Todo su ser metamorfoseaba vida. El dolor desaparecía.
Luego fueron retirados todos de allí, y llevados a la gran sala, incluyendo a Feirefis, que
esperaba afuera pacientemente.
Anfortas fue aseado con agua de lavanda y caléndula, vestido con las ropas de un rey
que delega su cargo a otro, como lo decía la tradición, y llevado a la sala principal en
donde se iba a realizar la gran ceremonia de asunción de Parzival, como rey del Grial. Y
así ocurrió. Todos se dirigieron a la gran sala, y allí fueron distribuidos en forma de U,
mirando hacia el trono del futuro rey. No tardaron en venir las doncellas, y desfilar.
Todas vestidas con largos atuendos, de hermosos colores, se trasladaban en suaves y
hermosas curvas y lemniscatas. A la cabeza de esa hilera, ya no venía la lanza, sino el
grial, que era llevado por Repanse de Schoyes, con orgullo y alegría. Feirefis estaba
sentado al lado de Parzival y no podía creer lo que veía. No sólo le impresionaba todo el
cortejo de damas que parecían flotar en el aire, como hermosas hadas, sino también la
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belleza deslumbrante de la que llevaba el Grial. Enseguida se enamoró de ella, y
enseguida se lo transmitió a su hermano, que sonrió al escucharlo. Luego Repanse miró
al futuro rey, y con un ademán le hizo señas para que se dirigiese adelante. Y así lo hizo
Parzival que se paró frente al trono, y al ver a Anfortas se arrodilló. Anfortas se acercó a
él, y con un gesto de satisfacción tomó la corona y la sostuvo en sus manos. Y un canto
empezó a emerger desde lo alto. Parecía venir del cielo. Era una voz suave que entonaba
una hermosísima canción. Al principio no se podía distinguir qué tipo de melodía estaba
surgiendo de ahí, pero al rato sí, una música conocida encontró su espacio.
- ¡Esa música me recuerda a alguien!- dijo Laura sorprendida… ¿De dónde la conozco?
– preguntaba ella, mientras los gnomos ocultaban una sonrisa cómplice…
- ¿Habéis escuchado esta melodía alguna vez? …- insistía..., y al no obtener respuesta
agregó…- ¿os vais a quedar callados todo el tiempo, sin responderme?
- Escucha… - dijo Totto…- escucha bien…Y tras la calma, Laura escuchó atentamente
un buen rato. Y mientras escuchaba, se descubría en una lágrima… y luego en otra, y
éstas parecían emerger de adentro, de las profundidades de su alma. ¿Cómo podía ser
que esta hermosísima canción le diese tanta tristeza y melancolía?, ¿de dónde viene
tanto dolor? – se preguntaba… Y en ese mismo instante de la pregunta misma, en donde
el pecho se repliega en la dolencia, en donde el llanto encuentra su verdadera casa,
descubrió la música de Ian, la que le cantaba el padre de éste cuando era pequeño.
- ¡Ian! – gritó…- ¡Ian! ¿Dónde estás? – se desesperó, y lloró, lloró aún más.
- Pronto vendrá la hora de marchar – le susurró Zalom a Totto – Esto es una señal bien
clara…- aseguró, y la voz de una dama de gran porte, vestida toda de blanco, que
sobresalía erguida por un balcón de mármol elevado a unos cuatro metros de los
huéspedes, empujó aún mas el aire repartiéndose por toda la sala. Su tono era suave y
sereno, pero abarcaba todo el espacio.
- A ti te entrego la más elevada misión de toda la cristiandad, oh, mi nuevo rey – aclamó
Anfortas, elevando la corona hacia arriba y depositándola sobre la cabeza del joven. Un
silencio espacial atravesó las almas de los que allí estaban, y Parzival se levantó y en un
pequeño gran gesto, reverenció al viejo Anfortas.
- ¡Estamos viendo la asunción del rey del Grial! ¿No es esto maravilloso? – exclamó
Totto, mientras miraba con devoción hacia todo.
- ¡Así es!- aseguró Zalom con cierta solemnidad - …. Estamos siendo partícipes de uno
de los enigmas más grandes de la humanidad toda. Hemos venido con el espíritu del
Grial, y ahora estamos en el origen del mismo, en su segundo nacimiento, después de
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haber sido tomado por Jesucristo en la última cena, y tras haber sido llevado por José de
Arimatea por todo el continente…
- ¡Quiero volver a casa! – dijo Laura reconociendo su tiempo y su espacio. Y ni bien
dicho esto, el Grial se elevó por los aires, y se posó sobre ellos, y el viejo Zalom
reconoció el momento y gritó….
- ¡Ahora!- … y tomando a Totto de la mano y éste a Laura, saltaron hacia adentro.
El Cáliz, con los tres adentro, se disipó misterioso, sin hacer ruido. Y otra vez los tres
compañeros de ruta emprendieron un nuevo viaje, y esta vez parecía definitivo.
En el castillo del Grial todo era una fiesta. Kondwiramour llegaba al palacio de su
esposo Parzival, y más tarde le daba dos hijos. Repanse de Schoyes se casaba con
Feirefis, y Parzival se convertía en el gran rey del Grial.

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