Ian marchó los primeros pasos con cautela. Parte de su cuerpo temblaba, pero todavía
conservaba cierta seguridad en el objetivo. Debía llegar lo más pronto posible allí. Su
centro de atención estaba en esos dos tontos custodios que yacían junto a la piedra.
Anduvo unos metros. Caminaba sigiloso, midiendo cada paso con sumo cuidado; luego
fue confiando y aumentando su andar; posteriormente comenzó a trotar, hasta que,
decidido finalmente, echó a correr. Y corrió, corrió precipitadamente, y llegó, llegó, sí…
con el corazón rebotando en su pecho, con los latidos punzantes como pinches en el
cuerpo, hasta el lugar mismo en que estaba la piedra y sus desmayados custodios. La
piedra estaba sobre la loma de una loma, cubierta con un cristal que en su punta estaba
abierto, para que tomara aire. Lentamente observó el Corazón de la Tierra, y apenas se
detuvo a mirar los rostros de esos disparatados seres que acostaban también su destino
en el suelo. Estaba tan lejos y tan cerca. - ¿Cómo es posible que una cosa tan pequeña
contenga la vida de todo el planeta y de todos los seres? – se preguntaba para sí, en ese
tenso e inquietante silencio. Creyó que era ahora o nunca…- En cualquier momento
despiertan – pensó, y sólo trató de no pisarlos. Puso un pie entre brazo y brazo, y apoyó
el otro al costado de la enorme nariz de Nazio. Luego observó detrás de ellos el
majestuoso castillo de Tuzal, que se imponía lúgubre ante él, y volvió su rostro hacia la
gruta, hacia donde estaban sus amigos, ahora cubierta por una humareda que pronto
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divisarían todos. Y con la tranquilidad en sus ojos y los nervios en sus manos, metió la
mano por el agujero del cristal, tomó la piedra y la sacó con cuidado. Luego la puso
contra su pecho, levantó una pierna para esquivar las cabezas, y tambaleó con su pie en
el aire, pero por suerte, volvió a caer entre la nariz enorme de uno y la oreja gigante del
otro. Y con la delicadeza de un acróbata sobre una cuerda, depositó su otro pie ahora
entre mano y mano, y echó a correr, tal vez con más ligereza en la intención que en las
piernas. Y en su prisa no notó su torpeza y golpeó una piedra que golpeó a otra piedra y
produjo un ruido que provocaría otro ruido, hasta despertar a Nazio y asustar a Orejio.
- ¿Qué pasa? – exclamó este último.
-¡Nos roban!- dijo Nazio levantándose y echando a correr - ¡La piedra! – Gritó… ¡La
piedra!- aulló aún más para hacerse oír en la guardia de honor del castillo de Tuzal, y
juntos echaron a correr detrás de Ian. Era curioso verlos. Nazio tenía tanto peso en su
nariz, que iba como inclinado hacia delante, y avanzaba a grandes pasos. Orejio corría
incómodamente torcido hacia su lado derecho, por su enorme oreja, que parecía pesarle.
Ian llevaba la delantera, pero no por mucho tiempo, porque enseguida Nazio lo
empezaba a alcanzar. Y en el castillo, Tuzal salía al balcón que daba al norte para ver
qué pasaba.
- ¡No! – chilló con toda su fuerza, haciendo temblar la tierra una y otra vez …- ¡Idiotas!
¡Qué esperáis!!¡Las flechas!- ordenó, y rápidamente los guardias pusieron en
funcionamiento una especie de catapultas de espinas de acacias, que eran lanzadas sin
piedad, en grandes manojos, hacia donde corría Ian, y hacia sus compañeros Nazio y
Orejio, que hacían zigzag para que no les tocaran. Las espinas-flechas les pasaban a
todos por los costados. Si una de ellas los rozaba con el filo de sus puntas, caerían al
instante en el suelo. Y era imposible que esto no ocurriese, pues cada vez eran más. La
meta de los corredores era el humo, que ahora no sólo despedía olor, sino que se
convertía en una enorme nube blanca, que tapaba toda la gruta. Y a Ian se le hacía cada
vez más lejos. Con la piedra en su mano no podía correr con soltura, por miedo a que se
le cayera. Sentía que ahí llevaba el objeto más delicado que jamás había tenido en sus
manos. Era la vida de la vida misma, el Corazón de la Tierra, madre de todo hecho
viviente. ¡Toda la responsabilidad en sus delicadas manos! ¡Y apenas la sentía! Si latía
como decían que lo hacía, él apenas lo notaba, y esto era una preocupación más. Por fin
Alan, subido arriba de Tómas y viendo el panorama de su amigo Ian, gritó…
- ¡Ve Tómas, ponte en el medio de las flechas!
- ¿Cómo dices? ¿Estás loco?... ¿Quieres que me pinchen? – dijo éste temeroso.
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- ¡Claro, retonto! – le gritó Sébas, a ti te harán menos daño que a Ian… ¿para qué tienes
ese cuerpo tan grande? Yo te acompañaré – dijo éste – súbeme a tu hombro. Y Tómas,
cargado de emoción y miedo, miró al pequeño amigo, lo tomó con su enorme mano y lo
puso sobre su hombro derecho. Ya arriba Sébas dijo con dramatismo:
- Si algo te ha de ocurrir, a mí también –pero Sensato se les interpuso, y les dio una
enorme corteza.
- Si no toman esto como escudo, son hombres aniquilados – aseguró, y hacia allí
corrieron, con la corteza como protector en su pecho. En pocos pasos estaba Tómas
detrás de Ian, y lo cubría. Y mientras Tómas con una mano sostenía el escudo-corteza y
atajaba las espinas-flechas, que golpeaban en grandes cantidades sobre la madera, con la
otra atrapó a Orejio y Nazio, que pataleaban en su puño, mientras los elevaba hacia
arriba.
- Eso, eso, ¡mi héroe! – gritó Sébas.
- ¡Te quieres poner detrás de mi cuello, antes que te toque una de esta espinas, y
quedarte quieto de una vez! – le ordenó Tómas, y en el mismo instante una espina se le
clavó en la pierna, y luego otra, y otra, y enfurecido como nunca se lo había visto, lanzó
a los pobres Orejio y Nazio por los aires y comenzó a tirar piedras hacia el castillo,
mientras Sébas se sostenía de su pelo como podía. Empezó a tirar piedras pequeñas,
pero luego tomó de las más grandes, hasta agarrar enormes rocas y lanzarlas con toda su
bronca.
- Nunca te he visto tan enfadado, compañero…- le dijo Sébas a Tómas – ¡quieres parar
ya! ¡Ya llegó Ian a la gruta, marchémonos! – le dijo tirándole del pelo. Y Tómas
recapacitó en su bronca, y comenzó a correr, y se perdió junto a Ian en la gigantesca
nube. Y habiendo llegado a la gruta, tomó a Ian que recién llegaba, a Alan y a Sensato,
que estaban esperando allí ansiosos, y se adentró con ellos al interior de ella. Mientras
tanto, las piedras que había tirado Tómas caían sobre el castillo destrozándolo
totalmente. Tuzal y sus guardias debieron salirse rápidamente del interior, y contemplar
con mucha rabia las ruinas del majestuoso castillo que sobresalía en la Meseta Florida.
Al rato, cayeron Nazio y Orejio casi arriba de ellos.
- ¡Rethrolltarados!, Rethrolltarados!- gritaba enfurecido Tuzal– Ahora se van TODOS
en busca de esos humanos – gesticulaba rabioso – ¡TODOS… absolutamente TODOS!-
chilló, y cuando empezaban a correr, un sonido metálico invadió el aire, y los detuvo al
instante.
- ¿Qué es ese ruido? – dijeron al unísono, e inclinaron sus cabezas hacia arriba, y vieron
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con gran sorpresa que una bandada de extraños pájaros rectos, demasiado rectos para ser
pájaros, volaba directo hacia la Colina Alta, donde los Throlls de Terriblus luchaban con
los gnomos de Craco.
- ¿Qué es eso? … ¡En mi vida he visto esas aves!
- ¡No son aves, mi señor, son espadas voladoras!- dijo uno de ellos, titubeando, como
para empezar a perseguir a los ladrones de la piedra.
- ¡Os quedáis aquí! ¡Dejad a esos idiotas!,- protestó, y ante la mirada de aquellos que no
sabían ya a quiénes se dirigía, agregó… - ¡os quedáis todos! – Vociferó - ¡TODOS
absolutamente TODOS!…¡Yo me ocuparé personalmente de esos!... – y al ver que nadie
se iba, chilló otra vez…- ¿qué miráis?… ¡ Se van TODOS!- ordenó histérico.
- ¿A dónde, mi señor?- se animó uno a preguntar.
- … ¡A dónde va a ser, estúpidos! …¡a la Colina Alta!
- ¿Todos… mi señor? – preguntó otro con más miedo que el primero…
- ¡TODOS, absolutamente TODOS!! – Berreó esta vez - ¿por qué preguntan tanto?,
¡tontos! ¿Me contradije yo alguna vez? – increpó autoritario y perturbado.
- No señor…- respondieron temerosos, y marcharon hacia la Colina Alta. Mientras tanto
Tuzal abandonaba por primera vez el castillo, y tomando su mejor espada de las ruinas
de su palacio, corría solo a perseguir a los ladrones del Corazón de la Tierra. Había que
verlo. Gruñía, rabiaba y maldecía a todos los humanos.
- …Qué se creen esos…- exclamaba…- ya verán con quién se meten… no conocen la
maldad de un Throll- decía para sí - ¡No se me escaparán!– se aseguró a sí mismo, y
algo de razón parecía tener, porque la gruta hacia donde habían escapado no tenía salida
hacia adentro, y terminaba en una cueva que cada vez se hacía más oscura.
De su boca salía una espuma verde, y de sus manos colgaban unas especies de
musgos… esa era su transpiración. Todo su cuerpo, de la bronca y el sudor, se iba
convirtiendo en musgo y moho, y de sus pies salía un barro pegajoso que dejaba pesadas huellas sobre el suelo.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
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