Por

José Martínez Zuviría

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Capítulo 37: ¡Terrible lucha!

En la Colina Alta Craco y Minus, cercados por los Throlls, observaban cómo se venían
todos esos horribles espectros hacia ellos… y sólo atinaron a prepararse para la defensa.
- Me tiemblan las piernas…- dijo Sustus.
. … Terminaremos como esclavos de estos apestosos – afirmó Negatius.
- ¡Ya basta! –ordenó Craco… ¿no escucháis ese ruido?
- Sí… el hermoso ruido de la derrota – concluyó Morbus, y bastante razón parecía tener
este mordaz y sarcástico enano, pues enseguida aparecieron los Throlls y atacaron sin
piedad. Y alzando las espadas en alto, al grito de - ¡por Tuzal! - golpeaban contra los
indefensas armas y brazos de los gnomos de Craco y Minus, que resistían a los golpes
con valentía y honor. Sólo algunos todavía conservaban sus espadas intactas, otros las
tenían quebradas o sin punta, y los demás, sólo contaban con sus flacos brazos como
defensa. Era imposible aguantar semejante arremetida. Una lucha cruel y encarnizada de
miles de Throlls contra cientos de enanos. Atacaban de a diez contra uno, y por más
saltos ágiles que dieran éstos para sortear los golpes, por más vueltas carnero que
confundieran a los enemigos, por más giros en sí mismos que marearan a los monstruos,
un sólo golpe bien hecho en el cuerpo de un enano, lo desplazaba unos cuantos metros
hacia un lado, donde lo recibía otro cachiporrazo, que esta vez sí, lo derrumbaba
inconciente en el suelo. Uno por uno, los soldados de Craco caían como desmayados, y
se convertían en alfombra pisoteada. Apenas algunos resistían en pie, y no por mucho
tiempo. Los valientes Craco y Minus eran sacudidos y vapuleados de un lado al otro sin
contemplaciones, bajo el sonido de risas macabras que lo festejaban. Tanto el uno como
el otro sabían que si se dejaban caer se acercaba el fin de todo, y por esto resistían. Los
dos guías se habían hecho cargo de toda la operación, y se creían con la responsabilidad
de proteger a todos esos gnomos que habían confiado en ellos. Sin embargo los
garrotazos eran tremendos, y apenas podían ver lo que estaba sucediendo. Sólo Craco
pudo ver algo que desde el cielo se avecinaba, pero cuando quiso abrir más sus ojos,
otro golpe certero de Terriblus lo transportó con una fuerza impresionante hacia otro
lado. Lo mismo ocurrió con Minus que quiso sostenerse erguido, pero fue duramente
embestido por un golpazo que lo zarandeó también por los aires. Y ahora sí, ambos
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volaban como trapos por el cielo y caían no muy lejos de allí, abatidos, derrotados, y sin
ninguna resistencia. Y el aire se llenó de un ruido extraño, un zumbido que intranquilizó
a los Throlls ganadores de esa batalla, pero estaban tan aturdidos por el triunfo, que lo
taparon con un grito de júbilo y victoria.
- ¡Gnomos! … ¡enanos, pequeños… idiotas! – dijo Terriblus, y alzando a uno de ellos
que yacía como un saco vacío de arpillera, lo elevó en gesto de triunfo – Esto es lo que
queda de ustedes…- dijo orgulloso, y enseguida se oyeron alaridos aclamando a ¡Tuzal!,
…¡Tuzal!,…¡Tu…! – quisieron alabar, pero se detuvieron al instante. Algo no estaba
bien en su cántico, y esto lo demostraba la mirada fría y severa de su jefe, al escuchar
otro nombre que no era el de él. Ahora Terriblus había logrado la más grande de todas
las victorias, y esto merecía otro escalafón, otro reconocimiento, y ahora sí, tal vez, en el
delirio de grandeza de todo Throll, en la ambición personal de todos los de su especie,
comenzaba a existir la idea de llegar a la máxima graduación: convertirse en rey de los
Throlls, y suplantar al viejo Tuzal. Esto notó la multitud de Throlls, y por ello
decidieron cambiar la alabanza… después de todo, lo más importante era obtener algún
beneficio… ¡y siempre el nuevo ofrecía algo más para ser elegido!
- ¡Te…!- comenzaron a exclamar ellos con cierta duda…- Te…rri…- continuaron…-
Te…te…- esbozaron, hasta por fin culminar con…- ¡Terriblus!... ¡Terriblus!-
Vociferaban con fuerza, y ahora sí, el gesto de aprobación de éste, les confirmó la
exclamación…- ¡Terriblus!,¡ Terriblus! – adulaban, y el cuerpo de Terriblus se
ensanchaba cada vez más de vanidad. Y en ese mismo instante, un ruido ensordecedor
violentó el espacio.
- ¡Por todos los Throlls! ¿Qué es ese ruido insoportable? – dijo Terriblus.
- Allá arriba… ¿veis?… – quiso saber uno de ellos.
- Son pájaros… – dijo otro... Mientras el ruido metálico se hacía cada vez más estridente
y los sorprendía.
- No parecen serlo…- aseguró el de al lado…
- ¡Vienen hacia acá!- dijo el siguiente.
- ¡Agacharse! – gritaron, y al instante se agazaparon y escondieron sus cabezas entre sus
brazos como esperando el gran estruendo. Solo Terriblus, que debía mostrar entereza y
valor, soportó la filosa arremetida. Pero grande fue la sorpresa cuando descubrieron que
esa bandada de falsos pájaros, que esos hierros voladores con punta, que venían de Dios
sabe dónde, terminaban incrustadas entre gnomo y gnomo, entre Throll y Throll, sin
apenas tocarlos.
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- ¡Cobardes! – gritó su jefe con el corazón en la boca y los nervios expulsados de sus
piernas.
¡Espadas!… ¡eso eran! ¡Hermosísimas espadas con su manezuela adornada con
diamantes y piedras preciosas, que brillaban y resplandecían por sí mismas! Eran
cientos de ellas, clavadas en forma perpendicular a los lánguidos cuerpos de los pobres
gnomos. Como grandes faroles adornando la más bella de las esculturas se mostraban
rectas y firmes, y parecían iluminarlos.
- ¿Qué es esto mi señor? – preguntó uno de los Throlls, señalando una de ellas que había
caído pegadita a su cuerpo.
- ¿Qué esto?- disimuló Terriblus con la felicidad de haber encontrado el tesoro más
preciado para un Throll – … esto… esto… Je…Je,… esto…- vaciló… - Ésta es…- dijo
ahora con la respuesta encontrada…- ¡la sorpresa que yo os tenía preparada! – Y
sonriendo por la ocurrencia, siguió - … cada uno de vosotros podrá tomar una de estas
espadas… Es un regalo que yo, ¡Terriblus!, vuestro nuevo jefe, os hago llegar por
vuestro buen trabajo…- concluyó, y miró a todos por encima, esperando una respuesta
de beneplácito…- ¿qué os parece? ¡Tomadlas, son vuestras! – dictaminó. Y rápidamente
se largaron a tomarlas, mientras vociferaban efusivos… - ¡Terriblus, Terriblus!...
Era el premio a su lucha, que ahora, su nuevo líder con delirios de grandeza, les
obsequiaba. Jamás habían tenido una recompensa por su trabajo, y esto los llenaba de
estímulos y les generaba una nueva confianza para con su nuevo jefe Throll Terriblus,
quien con semejante tesoro a su cargo, ya se veía coronado rey. Y con la satisfacción
plena, con la alegría a cuestas, se aferraron a las espadas y comenzaron a tironear de
ellas. Pero la sorpresa fue grande, al ver que no se podían desclavar de la tierra.
- ¿Qué pasa tontos, es que no tenéis fuerza? – protestaba nervioso Terriblus.
- …Es que no se puede, mi jefe…- dijo uno de ellos.
- ¡Cómo que no se puede! ¡Débiles, Inútiles! – se quejó éste, y asiendo una de ellas,
tironeó con toda su fuerza, pero sin ningún éxito. – Maldita sea, qué duras que se han
puesto… - rezongaba Terriblus sonrojado. Estas espadas son de muy buena calidad,
esperad que se ablanden un poco – explicaba ya sofocado - … la…la … la caída las ha
incrustado muy fuerte en la tierra – se justificaba ahora con vergüenza…- ¡Tirad!, ¡Tirad
con fuerza! – mandaba insistente. Y así lo hicieron por un largo rato, y por más que
tiraban, nada podían hacer. Estaban como afirmadas a la tierra.
- ¡Están heladas!- gritó uno, y todos corroboraban semejante acontecimiento, porque de
cada espada empezaba a salir humo congelado, y éstas se iban poniendo blancas. Y ese
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frío de las espadas parecía trasladarse a la tierra, porque los Throlls, comenzaban a
levantar sus pies y a moverlos, y su cuerpo, a tiritar.
- ¡Nos estamos congelando mi señor, ya no podemos más! – gritaron…
- Nadie se va de aquí sin haberlas sacado! – dictaminó con terca ambición. – Con estas
espadas, nadie podrá discutir mi liderazgo – pensaba – ¡Soy rico!… ¡Soy rico!… - se
obsesionaba, y todavía ordenaba histérico – ¡Vamos!, ¡Fuerza! ¡Un Throll nunca se
rinde!... ¡Esto tendrá su recompensa!... - insistía,… y los obedientes monstruos, por
estímulo jerárquico o por codicia individual, se volcaban al esfuerzo, y era tal su
empeño, que les lanzaban patadas y golpes con las mismas espadas que ellos tenían. Se
tiraban con todo su cuerpo encima,… de a uno,….de a dos, y ¡de a tres!,… pero las
espadas clavadas, parecían postes de alguna piedra inmóvil y estática, que apenas quería
moverse. Largas horas estuvieron así, y de a poco, uno a uno fueron sucumbiendo al
desaliento y a la extenuación. La tierra era ya un cubo de hielo.
Y el cansancio y el agotamiento, sumados al frío helado que despedía el suelo, fueron
sumergiendo a estos desalentados Throlls en un sueño irresistible que apenas podían
controlar. Y uno por uno, se fueron entregando a la gravedad de sus fuerzas, agotando su
enclenque vitalidad, y se durmieron, casi sin quererlo, mientras la tierra se iba haciendo
blanca… ¡tan blanca como la nieve! Hasta el mismo Terriblus se sentía débil, y aunque
era tenaz, testarudo y obstinado, la ley de la vida y de la muerte lo sometió a grandes
pruebas. Y en el intento por mantenerse en pie, vio algo que nunca imaginó que vería:
Nieve. ¡Sí, nieve! … Nieve que, en vez de venir de arriba, salía de la tierra y la iba
cubriendo. Las duras y resistentes espadas de cristal que los Throlls tenían, ya ni se
veían; yacían bajo la nieve, que ahora llegaba hasta a la mitad de los cuerpos acostados.
Y ahora sí, nuestro último Throll se desvaneció, y quedó profundamente dormido.
Era un extraño panorama. Toda la Colina Alta, que tenía la forma de una enorme loma
verde, y que tiempo antes estuviera cargada de violencia y acción, ahora se mostraba de
un límpido blanco, en una insólita calma, y con una incierta paz. Por un lado, los
gnomos, extendidos sin aparente vida, acostaban todo su peso en sus lastimados
cuerpitos. Por el otro, los Throlls acurrucados, recogidos, y con los brazos entre sus
piernas, peleaban inútiles una incómoda lucha.
Nada insinuaba nada. Solo un aire seco resquebrajado, repartía algunos gestos. Silencio
sobre silencio. Pausa. Abismo. ¿Muerte? …
No. Había algo que emitía un algo. Pequeños bosquejos de ruidos. Mutismo
quebrado…y pequeños sonidos.
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Si. El hierro que allí hincaba la tierra, empezaba a humedecerse y a cambiar su color.
Eran como gotas,… pequeñas gotas rojas,… como de sangre. Curiosamente fluían desde
arriba hacia abajo, y se deslizaban por la nieve abriéndose paso, formando un camino
hacia los cuerpos de los gnomos. ¡Cada espada parecía sangrar allí!, y en el flujo de su
recorrido, la sangre tocaba levemente cada cuerpito de esos enanos abatidos. Y ahora
uno de ellos comenzaba a moverse, suavemente, levemente, delicadamente, hasta abrir
paulatinamente los ojos, e inclinar su cabeza hacia un costado. Era Minus, que
empezaba a despertar y a preguntarse qué era lo que había pasado allí. Lo mismo
ocurría con Craco que se levantaba extrañado, junto a los demás gnomos, que iban
tomando forma individual y vertical.
- ¿Qué ha ocurrido? – se preguntaron al ver la nieve, los Throlls desvanecidos, y las
espadas paradas a su lado…
- Dime – le preguntó Sustus a Negatius - ¿Es esto la muerte?
- No… seguramente el camino a ella…- le contestó éste con frialdad…
- … ¡Vaya novedad! Esto es lo que yo llamo frío mortuorio – completó Morbus,
mientras observaba asombrado cómo todos corrían a ver la sangre que fluía de diferentes
lados, se juntaba en un camino, y formaba en lo bajo de la colina dos rostros que
contrastaban con el blanco de la nieve. Un hombre y una mujer. Eran hermosos los dos,
¡profundamente hermosos! Su belleza no era sólo externa…esas caras ahora les
sonreían, como otorgando algo nuevo que todavía no podían percibir, pero creían bueno.
Y luego de observarlas un largo rato, Craco pareció entender, y se dirigió hacia una
espada allí erguida, la agarró, la levantó, y la extrajo de la tierra con total facilidad. Lo
mismo hizo otro, y otro, y otro, y así todos fueron tomando sus espadas. Y uno de ellos
tocó el cuerpo de un Throll que parecía inanimado. Y este cuerpo se empezó a mover.
Entonces todos hicieron lo mismo con sus espadas, apoyándolas sobre los Throlls, que
gradualmente fueron despertando del corto letargo. Se levantaban obligados, sometidos
a su debilidad y al frío, y observaban extrañados a sus adversarios, que con sus nueva
espadas reanimaban a sus antiguos enemigos.

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