En el Monte Blanco se veía una cosa pequeña descender a gran velocidad. Era Tico, que
resignado a su destino, pero feliz de volar, probaba como un niño en pleno juego,
distintas formas de planear. Extendía sus brazos, estiraba su cuerpo, se dejaba caer, y,
sin miedo, veía cómo el suelo se le acercaba con rapidez. Y cerrando los ojos, dijo:
- ¡Gracias!.... ¡Gracias por todo!- como despidiéndose.
Para un gnomo, la vida era digna de agradecerse, y aunque echaría de menos a sus
compañeros, a su Totto, a sus juegos, a sus raíces y a sus piedras, sabía que el tiempo
del espíritu era tan rico como el de la subtierra, y que después de esto, los vería en otra
forma y en otra envoltura. Ni siquiera sentiría el impacto, dado que los gnomos tienen la
particularidad de tornarse etéreos, de convertirse en una especie de seda invisible
voladora, en el momento mismo de dejar de vivir en la tierra. No dejan restos, ni
cuerpos, ni nada físico que se le parezca.
Y allí estaba él, a segundos de su nueva forma. Y en ese mismo instante, en ese preciso
ínfimo espacio entre el aire y la materia, a poco de tocar la superficie y de transformar
su ser en la roca, un pájaro, un curioso enorme pájaro, lo sorprendió tomándolo de sus
pantaloncitos, y elevándolo hacia los cielos nuevamente. Y este pájaro era nada más y
nada menos que un águila, una soberbia águila, que con dos aleteos, ascendía con suma
habilidad y desenvoltura, y cambiaba el curso de lo que él consideraba inevitable.
- ¡Ey! …¿qué haces? …- gritó sorprendido, sin hacer mella en el enorme pájaro…- ¡eh,
tú!, si me rompes los pantalones me vas a hacer enfadar…- amenazó -¿quién te dio
autorización para agarrarme así pajarraco?- protestó…- ¡Soy un gnomo!, ¡un enano!...
¿entiendes? – le gritó... y en poco tiempo estuvo allí, en la punta de la montaña que él
mismo quería alcanzar, y que por sus propios medios le hubiera costado meses
hacerlo…si es que alguna vez llegaba. Y ahí, en la punta, sobre unas ramas y pastos que
hacían de nido a la imponente ave, lo depositó ésta como si fuera una nueva presa y un
nuevo entretenimiento para sus garras.
- Oye…tú…- le dijo Tico mientras el águila lo miraba confundida…- ¡está bien!… ¡está
bien!… te tengo que dar las gracias por haberme salvado… pero si crees que me vas a
meter en esa panza con pelos, ¡estas equivocada! – anunció con voz de Tico
disgustado… y alzando el dedo índice, como había visto a los humanos hacer, avisó…
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- ¡Ni me toques!- pero aún así, con las más graves intimidaciones, este enorme animal
parecía no enterarse y se acercaba e insinuaba tomarlo con sus patas para trasladarlo a
otro lado. – ¡Ey…ey!- continuó Tico- ¡Soy un gnomo!...soy de verdad, pero no lo soy…
¿comprendes?...- insistía …- ¡tal vez me disuelva en tu enorme pico, y no sientas nada!-
expulsó ya como última persuasión, y se corrió para atrás, mientras agarraba un pedazo
de rama del nido y probaba espantar al pájaro…- …Vaya...- dijo en voz alta- hubiera
preferido estamparme en la dura tierra, antes que en esa ¡asquerosa barriga!-
Y cuando ya el pájaro lo tenía acorralado en una roca, cuando el pequeño enano parecía
convertirse en su nuevo juguete o en una especie de muñeco, un inesperado y enérgico
viento azotó tan fuerte la cumbre, que sacudió por los aires el nido del águila, y la hizo
desaparecer en las alturas. Tico atinó a afirmarse en la punta de una roca que sobresalía
allí, pero la intensidad del viento aumentaba cada vez más, y al gnomo ya se le hacía
imposible sujetarse. Y en la urgencia por sostenerse, vio que a unos metros había una
pequeña cueva, un pequeño agujero donde tal vez se podía meter. Entonces pensó en sus
Ticosaltos, en aquellos enormes saltos de los que se solía vanagloriar, y que ejercía
frente a sus compañeros para hacerlos reír. Y con ese envión, aprovechando el viento
que impulsaba para aquel sitio, saltó, saltó tan alto, que pasó de largo unos cuantos
metros. Y en ese mismo lapso otra corriente lo desplazó para el lado contrario, hasta que
una ráfaga lo sopló para un costado, y otra para el otro… y así, un largo rato, osciló
como una viviente bola de ping pong.
- Estos vientos sí que son raros, ¡empujan en sentido contrario!…- pensó…- ¡me están
volviendo loco!- manifestó aturdido, y en ese mismo momento se acordó de la reunión
de los Cuatro Vientos y de la misión que lo había llevado allí,…entonces gritó con toda
su fuerza… -¡Lin!…- ¡Lin! …- en el aire, y lo repitió una y otra vez, mientras los
vientos del Norte, Sur, Este y Oeste, parecían divertirse, primero solos, y después con él,
como si fuera justamente una pelota.
- ¡Lin! ¡Lin! – vociferó más fuerte hasta ver en el medio del aire que soplaba, una forma
pequeña, como de una amarillenta llama de vela. Era ella…. ¡Lin!, que enseguida divisó
a Tico, y se alegró tanto por ello que empezó a querer desprenderse, a estirarse, a
agrandar y achicar su forma, como precisamente lo hace la luz de la vela cuando se
siente atraída por algo.
- ¡Tico!- sollozó – me viniste a buscar – decía y repetía en cada vuelta de viento. Pero
cuando el gnomo la veía pasar, e intentaba pegar el manotazo para tomarla, el viento del
sur le cambiaba la dirección, y le arruinaba todo.
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- No podrás – dijo Lin ahora llorando…
- Eso ya lo veremos…- agregó él, y sabiendo que en algún momento le iban a cambiar la
trayectoria, estiró su cuerpo en el último soplo del viento Norte, y antes que venga el
viento Sur, manoteó a Lin, y enseguida fue llevado por el viento sur hacia el lado
inverso.
¡Cuanto enojo!¡Cuánta cólera acumulada! ¡Sí!... porque el viento Norte notó enseguida
la ausencia de su amada, y clamó por ella, y en cuanto la vio en manos del viento Sur,
fue hacia él, detuvo su marcha y lo retó a un duelo. Y los vientos del Este y el Oeste
hicieron lo mismo. Y todo quedó en una tensa, muy tensa calma, que hizo caer a Tico y
Lin al suelo. Entonces Tico aprovechando la situación, tomó a su amiga, corrió hacia la
diminuta rendija que había allí, se metió adentro con ella y desapareció hacia las
profundidades. Y de nada sirvió que los vientos le explicaran al Norte que el Sur no
había sido, pues éste estaba tan enfurecido que no podía escuchar, y se lanzó al ataque
hacia todos. Y la lucha fue tan intensa que las rocas allí sueltas volaban por los aires.
Hasta las nubes se disipaban y los hielos se rompían. Y Tico y Lin se adentraban más y
más en la montaña y comenzaban a deslizarse por toboganes internos. Primero lo hacían
en forma lenta, pero luego la velocidad se fue intensificando, y ya después iban tan
rápido que se preguntaban cómo iban a poder frenarse. Por suerte las paredes de la
montaña estaban plagadas de ventanas que permitían respirar a Lin, que se afirmaba a su
amigo para no volarse. Mientras tanto los vientos se golpeaban unos a otros. El del Este
y el Oeste se soplaban mutuamente para hacer una especie de muralla y sopesar los
golpes que se propinaban el Norte y el Sur. Hasta que por fin, abatidos y sin fuerzas, se
permitieron un descanso, y el Norte pudo ver que el viento del Sur no tenía a su
enamorada. Y le pidió perdón. Y juntos decidieron ir a buscar a Lin. El del Este por el
este, el del Sur por el sur, el del Oeste por el oeste y el del Norte por el norte. Y se
disiparon nuevamente.
Tico y Lin caían abrazados por adentro de la montaña como dos grandes amigos, hasta
que finalmente llegaron a la superficie, y emprendieron camino a la casa de Laura.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
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