La noche en Avalon, había sido tranquila. Lin recorrió la isla de punta a punta, gracias a
sus compañeras, las Sílfides y las Hadas, que la guiaron aquí y allá. Aún en la belleza de
su paisaje, las hadas de Avalon se mostraban amables con Lin, pero mostraban un
dramatismo poco habitual en ellas y consideraban que sólo un prodigio podía salvar a la
Tierra. Algunas se habían hecho invisibles, incluso para ellas mismas, dada la falta de
agua.
- Sin humedad no podemos mostrar en la tierra nuestro hermoso cuerpo – le dijo el hada
Mada, la más coqueta, a Lin - … es terrible – continuó - pronto tendremos que irnos a
otros planetas, y quién sabe cómo nos tratarán allí – habló con preocupación, y agregó –
ahora debemos irnos a otras islas, si lo deseas, puedes venir con nosotras – le dijo
amablemente.
- No, gracias… ahora debo acompañar a mis amigos – manifestó Lin, y se despidió de
ellas con la promesa de volver a verlas. Y la mañana llegaba, y abrazaba nuevamente la
tierra.
Laura, Trinidad, y Carla se despertaron con el nacimiento de la luz. Sin palabras, fueron
descubriendo con sus ojos el terreno circundante que se elevaba por encima de ellos. Les
sorprendió el silencio. Apenas había niebla, y esto no era normal allí. Los pastos de
Glastonbury eran famosos por la intención de su verde que parecía renovarse día a día,
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sin embargo ahora, tenían un tono amarillento seco que preocupaba. Lo mismo pasaba
con sus árboles de manzanas, reconocidos por la calidad de sus frutos y su constante
producción y que hoy se erguían enjutos y marchitos.
Comieron las últimas provisiones, y salieron hacia un otero, que se veía a varios
kilómetros de allí. Llamaba la atención su forma de elevarse sobre el llano. Aún así no
sabían bien a qué y por qué se dirigían hacia allí, y luego de caminar por un buen rato,
preguntó Trinidad:
- ¿Hacia dónde vamos exactamente?
- No lo sé - contestó preocupado Totto- solo sé que éste es el último lugar.
- ¿Quién dijo esto?, ¿Cómo sabes que no estamos perdiendo el tiempo?- indagó Trinidad
un poco ofuscada, cansada de tanto trajín.
- El tiempo no es un objeto, por lo tanto no se puede perder… ¡nunca se pierde! Aquí
termina y empieza todo, eso nos dicen las raíces milenarias, las aguas subterráneas, los
rayos de sol convertidos en oro, y los seres como Zalom, que van y vienen de Norte a
Sur, de Sur a Norte, de Era en Era, y que traspasan eso que vosotros llamáis tiempo, y
que nosotros conocemos como “Regiones espaciales”- le habló el enano, mientras
observaba todo, absolutamente todo. Tico iba detrás. Hacía mucho que no hablaba y eso
no era normal en él. Cansado de ese extremo silencio, acotó…
- ¡Ni rastros de Throll, ni de gnomo, ni de nada!… ¿no? – y miró el rostro de Totto, que
estaba más concentrado en encontrar alguna señal, que en su fiel amigo Tico, que no
aguantaba tanto mutismo.
- ¡Calla!- le susurró Lin, danzando alrededor de él.
- Ey… ¿dónde está la diversión aquí?... ¡quiero aventura!
- ¿No has tenido bastante ya? – le respondió Totto un poco molesto. Y bastaron estas
palabras para que Tico se callara. Cuando Totto estaba preocupado, no había muchas
salidas. Habían recorrido un buen trayecto ya, y el Otero, a medida que caminaban,
parecía alejarse. Lin le había dicho que todo era muy hermoso, pero Lin no parecía ser
muy objetiva, y ella sólo disfrutaba de la compañía de sus amigas las Sílfides.
Caminaron por horas. Trinidad y Laura se alternaban cargando el cuerpo de Ian, pero
estaban agotadas, y ya no tenían comida. El agua que llevaban se había acabado.
¿Cuánto tiempo más podían aguantar? …- pensaba para sí Trinidad, sin decir nada,
mientras veía los rostros cansados de Laura y Carla. Y así buscaron y buscaron sobre
esas tierras cargadas de una misteriosa luz, durante toda la mañana y parte de la tarde.
Hasta que vieron que el sol comenzaba a apoyarse en el mar y a mojar su cuerpo. Ahí
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Carla no pudo más, y se sentó en una roca al pie del Otero.
- No puedo caminar…- dijo la niña sentándose agotada, debajo de un árbol de manzana
solitario, y todos se dieron vuelta al instante. Sin comida y sin agua, había aguantado
bastante. Tampoco tenían ya fuerzas, ni Laura ni Trinidad, pero lo ocultaban como
podían.
- Pues habrá que descansar, y luego seguir… – dijo la maestra simulando
despreocupación.
- Mis piernas no responden – afirmó Carla ahora llorando de angustia, dolor, miedo y
desesperación. Y ahora sí, la preocupación era conjunta, y todos se acercaron a ella, y la
abrazaron, incluido Tico que se le subió a un hombro y se apoyó en su cabeza. Mientras
Trinidad intentaba rehabilitar sus piernas, Laura recostó a Ian con la espalda sobre una
piedra, que estaba a dos metros del árbol. Era una roca particularmente redonda que
parecía ser muy pesada. Sin embargo, en cuanto se dio vuelta para consolar a la niña, la
piedra comenzó a deslizarse ni bien Ian estuvo apoyado en ella. Y con esto el cuerpo del
niño se iba reclinando sin quererlo sobre la boca de un agujero.
- ¡Ian se está cayendo!- gritó Carla, y la madre alcanzó a tomarle la cabeza que habría
golpeado enseguida sobre el suelo. Y ni bien tomó al niño, escuchó un ruido que la
asombró sobremanera. Y mientras con una mano sostenía la cabeza, con la otra corrió
unos pastos que allí había, y descubrió un hueco, que se iba haciendo más grande a
medida que lo limpiaba. ¡Era un pozo! Enseguida llamó a los otros que se acercaron y
comprobaron que era todavía más grande, mientras Carla asomaba curiosa, su rostro
mojado e hinchado aún de las lágrimas.
¡Estaban ante una fuente cuyo borde era de piedra blanca! Pero todavía había más. En su
interior, un exótico fluido aumentaba su volumen, pulsaba… ¡sí!, latía, brotaba,
surgía,… ¡rojo!, ¡rojo como la sangre! Era espeso, y tenía la forma de un corazón. Y
tanto unos como otros, gnomos y humanos, no podían creer lo que veían. Con
admiración y desconcierto, asomaron sus cabezas bien hacia adentro. Y su sorpresa fue
tan grande que apenas pudieron expresar algo durante un rato. Boquiabiertos y perplejos
se quedaron contemplando la extraña vida de su centro. Y Carla corrió su cuerpo
arrastrando las piernas, y apoyó su cabeza sobre el borde. Y como todo niño que no
teme al experimento ni a sus consecuencias, estiró su mano y mojó sus dedos en el
líquido que ahora se hacía mas espeso aún. Y levantándolo lentamente, miró extrañada
su dedo rojo, y con la vista puesta en él, lo acercó instintivamente al rostro de su
dormido amigo del alma, y le tocó la frente. Primero probó un punto, y luego jugó con él
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dibujando la forma de un ocho, que ahora se empezaba a mover por sí solo.¡Sí, la sangre
circulaba visiblemente en lemniscata en su frente! Y, como si el espíritu del niño
estuviera inserto en ese mágico brebaje, o por el contrario absorbiera de el, despertó a
Ian, entregándolo al mundo de los seres visibles. Y todos se entregaron al encanto del
encuentro, ¡el nuevo encuentro después de todo largo viaje!
Era Ian, ¡por fin!, que abría sus ojos y recorría los espacios descubriendo los admirados
gestos de su madre, la alegría de su amiga, la sonrisa de Tico vestido de Lin, y la
inteligente expresión de su inseparable Totto.
- Hola ma…¡hola todos! ¡Hola Carla!- dijo alegrándose de tenerla ahí al lado, y todos
contestaron a la vez, mientras reían nerviosos el ahora, el momento del momento, el
instante más presente, y el gusto de lo eterno. Y luego de esto, el abrazo, el dilatado
abrazo, el beso y los besos que se remplazaban unos a otros, mientras los enanos
contemplaban el prolongado saludo, y lo completaban con dignidad de enano.
- Hola amigo…- dijeron también con naturalidad. Y el niño se alegró de verlos a todos
allí.
- ¿Dónde estamos?- preguntó al no reconocer el lugar.
- ¿Dónde está Zalom? – preguntó interesado Totto…
- No sé… saltamos juntos del Cáliz en un río, el iba por tierra, me dijo que tenía un largo
viaje, y que yo debía viajar con mi imaginación por otro lado - contestó el niño, mientras
se levantaba – …estaba apurado – continuó – mejor dicho, corría con urgencia, llevaba
el Corazón en sus manos, que estaba como seco, y afirmaba que estaba casi
muerto…¿Dónde estamos? – volvió a preguntar…
- En Avalon – contestó una voz conocida para algunos, que salía precipitada de las
raíces del árbol de manzanas.
- ¡Zalom! – gritaron Laura, Totto, Tico e Ian…
- Lo siento, no tengo tiempo para saludar – dijo preocupadamente nervioso, con el
Corazón de la Tierra en las dos manitas - Rápido, ¡un humano! ¡Niño! Mete esto en el
pozo, báñalo en la fuente roja, y sostenlo dentro de tu puño un buen rato…
El niño obedeció al instante. Durante un buen rato, se recostó sobre el suelo, apoyó su
cabeza en el borde, estiró su brazo, y mantuvo su mano bañándose en el rojo de las
curiosas aguas por un largo rato, bajo las miradas de los allí presentes.
- ¿Late? – preguntó Totto después de haber esperado un tiempo considerable.
- No… – dijo él con tristeza.
- ¿Ningún movimiento, cosquilleo, nada? – le preguntó su madre ansiosa..
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- ¡Nada de nada!– dijo él y esperó o esperaron aún más tiempo con el Corazón
sumergido en esa especie de agua roja, o de sangre viva que allí manaba.
- ¿Qué dices niño? – inquirió Tico .
- No… ninguna movilidad, ningún latido, ¡absolutamente nada…! – culminó el niño,
todavía con el Corazón bajo el líquido.
- Estamos perdidos…- aseguró Totto – ¡estamos absolutamente perdidos, ya no hay nada
por hacer! – dijo asumiendo las palabras y las consecuencias de ellas. Y ahora sí, las
primeras lágrimas, el cansancio, y el llanto, el desesperado llanto, se apoderó de los
humanos, desde Carla hasta Trinidad.
- Mi brazo se está durmiendo – dijo Ian mientras lo levantaba del pozo, y sin querer,
dejó caer la piedra azul, el Corazón de la Tierra, adentro de él, siendo absorbido por las
ondas del fluido rojo, que lo balanceaban violentamente de aquí para allá, sin que el niño
pudiera agarrarlo.
- ¡OH! – exclamaron todos, en un grito conjunto. En un instante, la sangre detuvo su
movimiento, relajó su corriente, transformó su fluido en agua, transparente, clara, y
cristalina... y de ahí emergió límpido, puro, digno, suave y majestuoso, ¡el Grial!, ¡el
soberbio Cáliz! con el Corazón de la Tierra en su interior, y se quedó flotando un
instante…
- ¡El Grial! – dijeron.
- ¿Lo cojo? – preguntó Ian.
- ¡No! – contestó Zalom – el agua se está moviendo, hace vibraciones,… late, ¡el
Corazón late, vive! – afirmó Zalom con sonrisa de sabio.
- ¡Si!!!! – gritaron…y se abrazaron todos con felicidad plena. Y de la alegría, Carla
saltaba y festejaba con todos. Saltaron, bailaron, jugaron, corrieron y rieron, hasta ver
cómo la luna nacía creciente, conteniendo en la copa su parte oscura que posaba
semioculta sobre ella, dando la imagen de una gran hostia sobre un gran Cáliz. Y Zalom
observaba calmo, el Cáliz, la hostia y la piedra, y admiraba su belleza, su similitud, su
terrena divinidad, y su divinidad terrena.
Por fin la luna se ocultó, y el Grial se sumergió adentro, bien adentro, con el Corazón de
la Tierra, dejando sólo el ritmo de su impulso y el agua pura en movimiento.
- ¿A dónde se fue el Grial con el Corazón? – preguntó el niño a Zalom.
- A donde pertenecen, al punto de partida de todo nacimiento, de toda vida, al eje
principal de todo origen, al centro de la Tierra, donde por fin, el Grial cuidará del
Corazón por y para siempre. No hay vida sin el Corazón, no hay amor sin el Grial…
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ahora, Grial y Corazón vivirán juntos, y ambos son, nada más y nada menos, que el
depósito del amor y de la vida – dijo ante los enormes ojos de los demás, y concluyó-
…ahora bebed de estas aguas, y mañana comed de esas manzanas que están ya mismo
naciendo, y que temprano serán vuestro alimento. Descansad, que tenéis un largo viaje.
Nosotros partiremos al amanecer- consumó el viejo sabio, y fue a despedirse de Laura,
su compañera de viaje, y de Trinidad. Lo mismo hicieron Totto y Tico con ambas.
- No me gustan las despedidas – dijo una de ellas.
- En las despedidas…- les dijo Totto…- queda guardado el encuentro, y de ellas nos
llevamos todavía más de lo que hemos vivido. Sólo pensad en ello – les aconsejó, y se
inclinó haciendo una reverencia, que ellas mismas devolvieron con otra, no tan discreta.
Lo mismo hizo Tico…
- Hasta pronto! – les dijo éste – nos veremos en la casa de Laura – y agregó bromista –
pero ni sueñes que iré a vuestra escuela.- Y todos rieron, y la risa se sumergió en sí
misma, y se transformó en algunas lágrimas, que Laura supo disimular en las oscuridad.
Y mientras la noche extendía un nuevo manto sobre la tierra, la luna acostaba su cuerpo
sagrado en el horizonte. Trinidad y Laura se quedaban dormidas. Ian y Carla sólo
guardaban las últimas palabras de Zalom...
- ¿Te irás?...- le preguntó el niño con ojos llorosos a Totto, que estaba junto a Tico y
Lin, parado sobre las raíces del árbol.
- Sí…nos iremos, amigo…Tico y Lin también lo harán – le contestó Totto con cariño –
nuestra misión ha terminado.
- …Pero…- quiso hablar Ian, anticipándose a Carla que quedó con la boca abierta…
- …¡Pero siempre estaremos juntos!. Nuestra unión es indivisible. Nada nos podrá
separar. Nos pertenecemos, como el girasol al sol, como la mariposa a la flor, como las
hojas al viento. Lo hecho, hecho está, y así lo han querido también los supremos seres
creadores – añadió Totto, y las miradas de ambos niños quedaron suspendidas en el aire,
entre la tristeza y la comprensión.
- … Pero… ¿os veremos alguna vez? – interrogó práctica Carla.
- No tenéis más que llamarnos, y allí estaremos.
- ¿Y cómo lo haremos?
- En las noches de Luna llena, veréis nuestras formas dibujadas en ella. Si éstas se
mueven y bailan, es que os hemos escuchado…
- ¿Vendréis a la escuela?
- Yo sí lo haré alguna vez, - afirmó Totto – esa escuela tan curiosa que tenéis,…a mí me
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ha interesado.
- Uhmmm,… ¡aburrida!! – agregó Tico interrumpiendo.
- ….y quisiera seguir aprendiendo las normas de la escritura. Tal vez el trabajo me
permita alguna vez, pasar temporadas allí. Eso sí, ¡la maestra tendrá que tenerme
paciencia!
- ¿Y nosotros podremos visitaros?
- ¡Todos los días!- respondió con seguridad Totto- Vuestra imaginación puede eso, y
mucho más – culminó.
Los niños se quedaron satisfechos con la explicación de Totto, y ambos se quedaron
dormidos. Tico se reclinó sobre el cuello de Carla y estiró su manita sobre su cara;
Totto se acostó sobre el pecho de Ian. Era la última noche en la tierra, y tanto a Totto
como a Tico les había gustado la vida de humano. Lin se iba otra vez a recorrer con sus
amigas las Sílfides y las hadas. Le gustaba mucho el lugar, y creía que se podía quedar a
vivir allí. Sólo le apenaba no ver a su amigo Tico, pero él le había prometido venir a
verla.
Al clarear el día se despertaron todos. Ni Zalom, ni Totto, ni Tico, ni Lin estaban, pero
les habían dejado como regalo un luminoso sol que ascendía glorioso y les ofrecía un
nuevo día. Las praderas vestían de un nuevo verde, con variados estampados floridos.
Los manzanos exhibían sus frutos con orgullo y terminaban de decorar la más hermosa
mañana que jamás alguien había vivido.
- ¡Aleluya! – gritó Laura estirando los brazos .
- ¡Buenos días a todos! – completó Trinidad.
- ¡Qué bello lugar! – sonrió Carla – ¡cómo quisiera que esté la abuela aquí ¡– dijo
nostálgica la niña.
- Cuando sea grande y tenga un barco propio, te traeré aquí con ella…- le prometió Ian,
y todos rieron, y se burlaron el uno al otro, hasta terminar corriendo por los prados
cuesta arriba. Jugaron a la mancha, al quemado, a la guerra civil… y gozaron mucho
aquel día. Laura se dirigió a la capilla donde había estado con José de Arimatea, pero
nada era igual. Tenía razón Totto, ¡eran otros tiempos aquellos!
Al caer la mañana llegó el mismo barco que los había traído, con su simpático capitán.
- ¡Felices Pascuas! – les dijo mientras los recibía adentro – ¡veo que habéis sobrevivido!
-Y hasta ese momento, ninguna se había dado cuenta de que era Domingo de Pascuas, y
se alegraron al saberlo.
- ¡Felices Pascuas capitán! – le contestaron todos juntos.
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El viaje de vuelta fue pura alegría, y a los pocos días estaban en el puerto de Llanes. El
capitán se había hecho muy amigo de los niños, de Laura y de Trinidad, con quien tenía
mucha afinidad. Pronto la visitaría, prometió.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
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